Quiteñismos

LAPALABRABIERTA/  3 de noviembre 2015

Por Edgar Allan García

Los quiteñismos que, como todo, han ido cambiando a medida que la sociedad se transforma, son por lo general palabras y expresiones provenientes del kichwa, así como reelaboraciones lingüísticas fruto del ingenio y las taras de sus habitantes.

He vivido en Quito por más de cuatro décadas y conozco a fondo las particularidades de ciertos quiteñismos, algunos de los cuales se encuentran en franca vía de extinción. En Quito, por ejemplo, no es lo mismo decirle a alguien “chancho” (irritante cargoso, quisquilloso, molesto), que “puerco” (el que emite gas butano sin importarle los que estén junto a él), o “cochino” (que no se baña casi nunca o que, por el contrario,  habla de temas tabúes con impasible soltura), o “cerdo” (tipejo capaz de vender hasta a su madre por un beneficio para este o de traicionar un ideal sin que se le mueva un pelo).

El kichwa -que es un idioma aglutinante- ha influenciado la forma en que se construyen ciertas frases, pues los quiteños de cepa no dicen “ha sido chismoso”, sino “chismoso ha sido”; no dicen “ha de estar enfermo”, sino “enfermo ha de estar”. O, estirando el “chicle”: “linda ha sabido ser la ciudad, no ve.”

En Quito muchos no dicen “tu mamá está malgenio” sino “tu mamá anda malgenia”, y el adverbio de modo “medio” suele comportarse como adjetivo: “media loca”, dicen, en lugar de “medio loca”, o “la pared está media descascarada” en vez de “la pared está medio descascarada”. Ese uso del “medio” sirve también para atenuar la crítica (“medio ratero ha sido tu taita”) o la alabanza (“medio guapa dizque es su guagua”).

También el leísmo se lo encuentra a pedir de boca: para hacer más suave la frase, un quiteño no dice “lo voy a llamar en la noche” sino “le voy a llamar en la noche”, pero a veces se exagera al punto de decir: “le fui a saludarle“, o echando mano del “laísmo” y el “loísmo”: “la mamá lo habló”, “el profe la pegó”. En los estratos menos favorecidos también es frecuente escuchar una especie de habla infantil que nunca se corrigió y llegaron a la adultez diciendo: “tengo que pagale” en vez de “tengo que pagarle” y “estábanos” en lugar de “estábamos”.

Nunca dejaré de preguntarme cómo fue que el “columpio” devino en “gulumbio”, o si el hermoso “elé” no es más que una forma derivada del “voilá” francés (he ahí, ahí está), así como tampoco dejaré de cuestionar cómo es que las víctimas históricas de la conquista española terminaron convirtiéndose  en “verdugos”: aquí no caben los diminutivos, tan queridos por el pueblo quiteño, sino un arrastre de erres que lleva veneno: veshhdugos.

Y ya que hablamos de los diminutivos, he notado que estos a veces alternan con extraños gerundios (“vente corriendito”) o, por el contrario, se turnan con superlativos inventados, como cuando alguien pasa de un súper diminutivo (“ahoritita mismo voy”) a un superlativo con mucho ingenio (“llegué tardazo”), o (“el Antoño está gordazazaso”… “la Soña está flaquititita”), lo que solo revela que el clima cambiante de la capital influencia a quienes la habitan.

Y es que también las “eñes” han jugado un papel en el habla quiteña: las que le quitan a “companía”, “estrenimiento” o “desenganio”, se la ponen, con mucha gracia, a “demoño”, Soña, o “ñiño”. Y así como muchos costeños no pueden decir “pepsi” sino “pecsi”, a muchos quiteños les cuesta decir “coctel” y prefieren pronunciar “coptel”.

Muchas son las expresiones que tienden a desaparecer, sobre todo en el norte donde los anglicismos y las jergas llegadas de todos lados están creando nuevos códigos. En medio de la marejada, hasta la palabra “longo” se ha re-contextualizado: si durante décadas le ha servido a los mestizos -que se autodenominan “blancos”-, para señalar a los que, pese a su vestimenta “occidental”, se les nota su origen indígena, ahora, en ciertos estratos sociales, “longo” es todo aquel que no sea parte de su grupo exclusivo, tenga o no ojos azules. Es así como “longuear” se ha transformado en una batalla cotidiana en la que ni los “blancos leche” están a salvo.

Mientras en unos sectores, a manera de identificación con “lo autóctono”, intentan continuar con la costumbre de arrastrar las erres (bisibilación que llaman) hasta el punto de convertir “rural” en “rrurral”, en otros sectores sociales, por el contrario, parecen avergonzarse de todo lo que suene a kichwa y en sus filas no se escucha ni un solo “achachay”, “guagua” o “mushpa”, tan común en otros tiempos y espacios (para  no arrastrar las erres, algunos prefieren decir “caro” en vez de “carro”). Sin embargo, entre tantas joyas quiteñas, una expresión ha sobrevivido y promete continuar con fuerza: “se fue a volver”, en lugar del españolísimo “se marchó pero dijo que volvería”.

La sociedad quiteña, con sus nortes “occidentalizados” y sus sures “pueblerinos”, con sus “niños bien” y sus “longos”, con sus “monos” y sus “chagras”, con sus “liguistas” y sus “nachos”, con sus “atatayes” y sus “ananayes” es un mosaico donde están representadas tanto nuestras taras como nuestras particularidades relevantes como pueblo. Entrar en ella a través de su lenguaje, es en entrar a su contradictoria esencia. Ni soy lingüista ni mucho menos semiólogo, no tengo esas desviaciones, por lo que este cuasi-proto-diccionario no pretende ser otra cosa que mi homenaje a la tierra donde nacieron mis hijos.

Fuente: http://lapalabrabierta.blogspot.com/2015/11/quitenismos.html

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