No le pidas un chiste al asesor científico de The Big Bag Theory

etiquetanegra / 9 de Julio 2015

Por María Teresa Hernández

Ilustraciones Héctor Huamán

¿Debe ser cool alguien que sabe cómo funciona el universo? 

Una noche de 2014, durante la grabación de un episodio de la séptima temporada de The big bang theory, en los estudios Warner Bros. de Los Ángeles, los guionistas de la serie le pidieron al físico David Saltzberg que propusiera un chiste científico. La broma sugerida debía hacer reír a millones de personas con un diálogo de Sheldon Cooper, pero la propuesta de Saltzberg fue tan mala que los guionistas decidieron usar sólo el concepto y reescribirla por completo. Para Saltzberg, un hombre que puede detectar partículas invisibles en el Polo Sur, que entiende para qué sirve el Gran Colisionador de

Hadrones y sabe cómo sobrevivir a temperaturas de menos treinta grados, el mecanismo que hace reír a la gente es un misterio. Eso no es algo extraordinario. La mayoría de las personas no sabe contar chistes. Para este científico, sin embargo, esa frustración se resuelve como un problema matemático: cuando a David Saltzberg se le ocurre una broma para un capítulo The big bang theory, toma un plumón de tinta de acetona y escribe ecuaciones sobre un pizarrón blanco.
Para él, la risa no se articula a través de juegos verbales, sino de números, fracciones y letras del alfabeto griego. Aunque trabaja como asesor científico en la comedia número uno de la televisión en Estados Unidos, Saltzberg no sabe cómo hacernos reír. David Saltzberg, el hombre que habla de ciencia a través de la voz de Sheldon Cooper, es un científico tímido de cuarenta y ocho años que se sonroja con facilidad. Hace casi una década que divide sus horas de trabajo entre la física de partículas y su puesto de Consultor de Ciencia en The big bang theory. Sin embargo, su influencia en la serie sobrepasa la corrección de libretos: desde que se unió al equipo de producción ha inspirado el ambiente en el que viven los nerds más populares de la televisión. Como los personajes, Saltzberg pasó su infancia en un sótano con sus amigos para ensamblar cohetes a escala, mezclar ácidos para producir explosiones y utilizar azufre para fabricar bombas de mal olor. Fue un estudiante sobresaliente y un adolescente que dedicaba más tiempo a la resolución de ecuaciones que a las borracheras y fiestas. Es probable, además, que las manías de Sheldon Cooper no sólo sean producto de la imaginación de los guionistas: David Saltzberg es un físico que funciona como una pieza de relojería. Todos los días apaga su despertador a las cinco de la mañana. A las seis y media llega a su oficina en la Universidad de California para verificar que la clase de física que impartirá ese día esté actualizada y también para revisar sus correos electrónicos. Poco antes de las nueve, en jeans, zapatillas y camisa arremangada por debajo de los codos, Saltzberg cruza la universidad empujando un carrito metálico similar al que usan los mensajeros al repartir paquetes. En él carga con lo que necesita para dar clase a sus doscientos estudiantes: libros de texto, laptop y tizas. Sheldon Cooper es un intelectual con el ego del tamaño del Titanic. Cree que los ingenieros son simples obreros de la ciencia. Tiene la certeza de que ganará un Premio Nobel de Física. Piensa que todos —a excepción de gente como Stephen Hawking, Leonard Nimoy y Stan Lee— están por debajo de su capacidad intelectual. En cambio, cuando uno conversa con David Saltzberg siente que podría preguntarle, sin sentirse tonto, por qué el cielo es azul o cuánto vive
una estrella. Saltzberg tiene las respuestas y la disposición de explicarlas con paciencia budista. Es un hombre dulce, un tanto regordete, que no supera el metro sesenta y cinco de estatura. Esta tarde, el profesor de ojos azules y sonrisa cálida saluda a sus alumnos en los pasillos y laboratorios. Grita sus nombres desde lejos y me presenta a todos con el orgullo de un padre que presume a sus hijos. Eric Takasugi —cabeza de cepillo y lentes rectangulares— es un físico de veintiocho años que explica la composición de la materia con ladrillos de Lego. Cursa un doctorado bajo la supervisión de Saltzberg, y dice que lo adora porque no es un profesor convencional: hace un tiempo, cuando viajaron juntos a Suiza para trabajar en la Organización Europea para la Investigación Nuclear,Saltzberg se tomó una tarde para enseñarle a manejar un coche con caja de velocidades.
En el sitio web donde los universitarios despellejan o aplauden a los profesores de su facultad, Saltzberg no se salva de recibir algunas pedradas. «Comete errores y no se da cuenta». «Plantea preguntas demasiado conceptuales en los exámenes». Y aunque algunos de sus alumnos se aburren durante las cuatro horas semanales de clase que imparte, a otros les entusiasma que sea parte esencial de una producción que cada semana mantiene a doce millones de personas pegadas al televisor: «O te acostumbras a su clase o te duermes —escribió uno de sus estudiantes—, pero amo The big bang theory, y él es quien escribe el diálogo científico de la serie. Eso lo hace 10’000,000,000 de veces más cool».

***

La televisión, como el cine, crea mitologías, reinventa a nuestros héroes. No admiraríamos el temple de un mafioso si no fuera por Tony Soprano. La química no sería una ciencia célebre sin Walter White. Si no existiera Don Draper, no veríamos glamour en la publicidad. Antes del estreno de The big bang theory, un laboratorio era percibido como una incubadora de nerds, esos tipos antisociales y excéntricos que podrían formar una secta para alabar a Darth Vader y el señor Spock, pero nunca invitar a una rubia a cenar. Hoy, en cambio, millones de personas son fanáticas de Sheldon Cooper, un físico que viste camisetas estampadas de Flash y presume que su color favorito es el azul de la espada láser de Luke Skywalker. Desde la transmisión de su primer episodio, The big bang theory nos recordó que no se necesita un disfraz de superhéroe para cambiar el mundo y reivindicó a los nerds entre nuestros ídolos.
David Saltzberg se enamoró de la ciencia como millones de personas de The big bang theory: frente a la pantalla de un televisor. A los ocho años se volvió fanático de Space: 1999 y Batt lest ar galactica, shows célebres a fines de los setenta.
Además, era seguidor de Cosmos, serie documental en la que Carl Sagan, un astrofísico y cosmólogo que parecía saberlo todo, coqueteaba con la cámara mientras narraba la historia del universo en sesenta minutos. Por esos días, Saltzberg seguía con euforia los primeros viajes del hombre al espacio en una casa de Nueva Jersey, al noreste de Estados Unidos.
Ahí vivió con su padre —un ingeniero eléctrico—, su madre —un ama de casa que le enseñó a leer— y tres hermanos mayores, dos de los cuales también trabajan en ciencia. Aunque
hoy vive del otro lado del país, Saltzberg dice que no los extraña: vuela para visitarlos varias veces por año y en cada viaje vuelve a dormir en la habitación de su infancia, donde pasaba horas leyendo los textos de divulgación científica de Isaac Asimov, el bioquímico ruso que estableció las Leyes de la Robótica y en sus libros explicaba qué son la electricidad, la luz y el sonido. En las últimas tres décadas, el prestigio de los nerds ha crecido de manera exponencial. En la realidad y en la ficción, la inteligencia ha dejado de ser motivo de burla para provocar fascinación. Bill Gates sería un informático cualquiera de no ser porque el imperio de Microsoft lo convirtió en el hombre más rico del mundo. Mark Zuckerberg sería un programador promedio si Facebook no tuviera más de mil millones de usuarios activos al mes. Y aunque lo pasemos por alto, los personajes de The big bang theory no son los únicos genios ficticios que despiertan suspiros. Barry Allen, el superhéroe veloz que llamamos The Flash, es un científico forense cuando no protege a la humanidad enfundado en su traje de látex rojo. Bruce Banner, quien combate villanos al transformarse en Hulk, experimenta con radiación durante sus ratos libres.
Tony Stark es un ingeniero que vive entre el diseño de armamentos y su vocación por interceptar misiles nucleares disfrazado de Iron Man. Hoy los geeks salvan el mundo, son millonarios y protagonizan películas y series de televisión.

***

La imagen que tenemos de los científicos, como la materia, se transforma. En los siglos XVII y XIX fueron genios solitarios. Casi podríamos pintar un cuadro genérico de físicos como Isaac Newton, quien descubrió la gravedad, o Michael Faraday, que hizo lo propio con el electromagnetismo: hombres canosos, con las narices metidas en los enigmas del mundo, ensimismados detrás de un escritorio bajo la luz de una vela. En nuestra imaginación, un científico es una fotografía de Albert Einstein con los pelos en punta. «Ese modelo heroico ya no existe. Es una percepción romántica
que nos formamos siendo niños, pero desde hace unos cincuenta años ya no hay físicos así», me dice David Saltzberg el día que nos encontramos en UCLA. Viste jeans azul cobalto y camisa vainilla. Sentado en un sillón tan alto que impide que sus zapatillas chocolate toquen el suelo, parece un niño que habla sobre su caricatura favorita. Saltzberg sonríe y agrega que los premios Nobel de ciencias que se han entregado recientemente han sido a dos o tres eruditos que trabajan en equipo. Hoy, dice Saltzberg, la ciencia es colaborativa: el universo es tan grande que no basta un puñado de hombres curiosos para estudiarlo todo.
Quien sólo estudia ciencias en la escuela y de pronto encara el mundo de la Física se siente tan limitado como David Saltzberg cuando alguien le pide que cuente un chiste. Para nosotros, el tiempo es un reloj de pulsera. Lo diminuto es una cabeza de alfiler. La invisibilidad es el superpoder de un personaje de Marvel. Los físicos piensan distinto. Saben que hay una inmensidad que nos rebasa, un submundo que no podemos ver ni tocar. En comparación con nuestra vida dia ria, en física todo puede parecer extremo: extremadamente grande, extremadamente pequeño, extremadamente veloz.
La breve historia del tiempo de Stephen Hawking hace lo que Cosmos, de Carl Sagan: traduce la complejidad de la energía, la materia, el tiempo y The big bang theory se atreve a más: transforma conceptos ininteligibles en comedia. Sin saber qué son o para qué sirven, las ondas de microondas nos hacen reír.
Antes de cumplir veinte años, el mundo de David Saltzberg comenzó a expandirse. Cambió el sótano de la casa de su amigo por el de la Universidad de Princeton, y en esa cámara subterránea realizó sus primeros experimentos universitarios con un acelerador de partículas, un dispositivo que emplea campos electromagnéticos para que diminutos fragmentos de materia, cargados de energía, choquen entre sí. Es casi como encender la mecha de fuegos artificiales. Las colisiones, a su vez, generan partículas más pequeñas, como cuando los objetos pirotécnicos escupen chispas de colores en el cielo de la noche. En un acelerador, la mayor parte de estas chispas- partículas son inestables; desaparecen en menos de un segundo. Otras, en cambio, podrían recorrer la Tierra hasta el fin de los tiempos. A estas últimas se les llama neutrinos, y desde fines de los ochenta son la obsesión de David Saltzberg.
Un neutrino es un neutrón pequeño. No se divide ni transforma.
Rara vez interactúa. Eso quiere decir que atraviesa materiales sin producir efectos secundarios. Si apuntara mi pulgar hacia el sol, cada segundo sería atravesado por seis billones de neutrinos y no habría manera de sentirlos mientras entran y salen de mi piel. David Saltzberg, como otros físicos de partículas, cree que los neutrinos son la base del universo. Contrario a lo que pensamos, el Big Bang no fue una explosión. El concepto alude una expansión que inició hace trece mil millones de años. En aquel entonces no había gravedad ni materia; no existían los átomos ni las partículas que los integran: protones, electrones y neutrones. Sólo había quarks, partículas aún más diminutas que forman protones y neutrones. Por el estado tan caliente en el que se encontraba ese espacio primigenio, el universo comenzó a propagarse como una mancha y un choque entre partículas positivas y negativas provocó una explosión. Un milmillonésimo de segundo después de aquel evento, un tercer grupo de partículas quedó aislado. Saltzberg y sus colegas piensan que algunas de éstas eran neutrinos. Hasta ahora, sólo se tiene certeza de que éstos se unieron para formar protones y neutrones que a su vez originaron galaxias, planetas y estrellas. ¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿Adónde vamos? El cuadro más famoso de Paul Gauguin, el artista francés que abandonó su vida acomodada para dedicarse a pintar, lleva por título estas tres preguntas. Lo que algunos tratan de responderse a través del arte o la filosofía, David Saltzberg lo busca en los neutrinos.
Como todo físico de partículas, sabe que son piezas faltantes de un rompecabezas que permitiría comprender el proceso de formación del universo.

***

Una noche de 2007, durante el segundo episodio de The big bang theory, Sheldon Cooper arruinó el cliché romántico del superhéroe que salva a la dama en peligro con una deducción matemática. En una de las escenas, Penny comenta lo mucho que le gusta la película en la que Lois Lane cae de un helicóptero y Superman vuela como un águila para salvarla.—¿Sabías que esa escena está plagada de imprecisión científica? —le pregunta Cooper, mientras esboza la sonrisa maliciosa del Grinch.—Sí, sí —responde Penny—, ya sé que los hombres no pueden volar.—No, no, asumamos que pueden: Lois Lane está cayendo,acelerando a una velocidad inicial de 9.76 metros por segundo.
Superman se lanza en picada para atraparla con sus brazos de acero. La señorita Lane, quien ahora está viajando a 193 kilómetros por segundo, se estrella contra ellos y su cuerpo se fractura en tres partes iguales.
Fin del argumento. Sheldon se regodea como quien acaba de comprobar que la Tierra no es plana. Penny agacha la mirada como un niño que descubre que el ratón de los dientes no existe. En las gradas del estudio Warner Bros., el público invitado a la grabación estalla en carcajadas y aplausos. Inadvertido entre esa multitud está David Saltzberg, que infla el pecho de orgullo: sabe que fue cómplice de los guionistas para escribir esa broma. Como cada martes, el físico
organiza su día para combinar la ciencia con la televisión.
Saltzberg no está solo en la tribuna del set. Junto a él están sus mejores estudiantes, que aplauden al unísono. Ellos son los ganadores de The Geek of the Week, un programa que Saltzberg inventó para motivar sus estudios, y cuyo premio inicia con un viaje en auto desde Westwood, donde está la universidad, hasta Burbank, una ciudad famosa por sus estudios de cine y televisión.
Eric Takasugi ganó una vez. Dice que fue muy divertido y que varios alumnos de Saltzberg sueñan con hacer ese viaje.
Un maestro promedio solo imparte su clase, asigna exámenes y reparte calificaciones. David Saltzberg invita a sus alumnos a darle la mano a Jim Parsons y Johnny Galecki cuando no interpretan a Sheldon y Leonard en la serie de comedia más lucrativa del canal. Además, gracias a él, pueden conocer a Kaley Cuoco, la rubia con cuerpo de Coca-Cola y sonrisa de anuncio de pasta dental que interpreta a la vecina de los físicos. Saltzberg no es un actor de comedia que gana premios Emmy ni un millón de dólares por episodio al aire, pero entre alumnos, colegas y televidentes es casi una celebridad: gracias a él, un nerd con cuerpo de espagueti puede derrumbar el mito del infalible hombre de acero con un cálculo rápido de física elemental.
David Saltzberg se integró al equipo de producción por curiosidad. Un amigo suyo le comentó que los creadores de la serie buscaban un asesor de física para revisar los guiones, y días después Bill Prady, el productor ejecutivo, lo llamó para saber si alguno de sus estudiantes querría colaborar. Saltzberg le preguntó si habría inconveniente en hacerlo él mismo. Desde entonces, el verdadero Sheldon Cooper tiene dos tareas: verificar el guión de un capítulo terminado o sacar a los guionistas de un apuro mientras escriben. En el primer caso, tiene una semana para pensar; en el segundo, sólo doce horas. Para un científico acostumbrado a que sus experimentos arrojen resultados a cuentagotas, ayudar a pulir guiones es como trabajar a la velocidad de la luz.
En alguna ocasión, Bill Prady dijo que durante el proceso de escritura de los primeros episodios, él y Chuck Lorre, el otro productor ejecutivo de la serie, se quedaban mirando el monitor cuando llegaban a un diálogo sobre ciencia, como si esperaran que un hada madrina fuera a susurrarles una buena idea para llenar ese espacio en blanco. «Podemos quedarnos aquí todo el tiempo que quieras, Chuck. No nos vamos a transformar en físicos y nunca podremos escribir como ellos». Su trabajo se simplificó cuando conocieron a Saltzberg. En uno de los episodios de la segunda temporada, el físico recibió una línea que decía: «Escuché algo acerca de tu último experimento [ciencia por venir]: veinte mil pruebas y ningún resultado». La frase «[ciencia por venir]» es la carta abierta que Saltzberg tiene para proponer conceptos científicos reales y evitar enfurecer a los físicos que ven la serie y podrían notar un error. El científico dice que cuando vio aquel enunciado no sólo propuso un experimento real, sino que cambió un término —porque los físicos de verdad no usan la palabra «prueba» en ese contexto— y al final el diálogo quedó así: «Escuché algo acerca de tu último experimento de desintegración de protones: veinte mil secuencias de datos y ningún resultado significativo». Así, una tarde por semana, frente a la computadora de su pequeña oficina en UCLA, David Saltzberg salva a Sheldon Cooper de parecer tonto frente a la comunidad científica. Los actores y guionistas de la serie han dicho en entrevistas que no tienen idea de lo que significan los términos que Saltzberg escribe en los guiones, pero que jamás han dudado en dejar la precisión de los diálogos de la serie en sus manos. «Confiamos tanto en él —dijo una vez Chuck Lorre—, que podría estar timándonos y no nos daríamos cuenta».

2

***

Antes de grabar el primer capítulo de The big bang theory, un grupo de guionistas y diseñadores de producción visitó a Saltzberg en UCLA. Necesitaban conocer a sus estudiantes para esbozar los rasgos físicos y psicológicos de sus personajes y construir sets inspirados en sus dormitorios. De este modo, como buzos de profundidad, escenógrafos, carpinteros, encargados de vestuario y escritores se sumergieron en la vida cotidiana de los científicos sin superpoderes que quieren cambiar el mundo. Fotografiaron mobiliario, libros y ropa; tomaron nota de su jerga y chistes. La esencia de ese universo se convirtió en imágenes: Sheldon, Leonard, Wolowitz y Raj no son seres ficticios, sino una telaraña que atrapa las obsesiones, manías y fobias de todo el que decide dedicar su vida a entender cómo funciona el universo.
La obsesión de un científico promedio es similar a la de un sabueso que busca una presa: cuando descubre un tema que lo seduce, suele perseguirlo por el resto de su vida. David Saltzberg es distinto: él quiere olfatear y explorar todo a la vez. Trabaja como físico de partículas. Asesora los guiones de The big bang theory. Asiste a Comic-Con —la convención de cómics más importante del mundo— para integrarse a un panel donde los protagonistas de la serie interactúan con sus fans. Además, se ha dado tiempo para aconsejar a los guionistas de Manhatt an, un programa televisivo que retrata el proceso de construcción de la primera bomba atómica. La última vez que hablamos por Skype, Saltzberg estaba en Londres. Era un invitado de Talking Statues, un proyecto británico que responde a la pregunta: ¿Qué historias nos contarían las estatuas si pudieran hablar? En aquella ocasión, Saltzberg estaba a cargo de la voz de Copérnico, el astrónomo que descubrió que la Tierra y los planetas giran alrededor del Sol. Edward Blucher, profesor de física experimental de la Universidad de Chicago, es un hombre delgado como una rama de bambú, y tiene los ojos pequeños y azules. Cuando sonríe y cruza las piernas, es idéntico a Sheldon Cooper. Blucher conoció a Saltzberg cuando éste llegó a la universidad para iniciar su doctorado. Le pregunto qué distingue al asesor de ciencia de The big bang theory de los científicos que conoce.
«Es inusualmente bueno porque es como un niño —dice, sin parpadear— y los niños son los mejores científicos. Sin importar lo que les pongas enfrente, se interesan por todo». Cuando Saltzberg estudiaba en Princeton le entusiasmaba la Física Nuclear. En la Universidad de Chicago fue un pionero en la medición de masa del Bosón W, otra partícula fundamental que sirve para estudiar la materia. Una vez en UCLA, se involucró en un experimento que busca neutrinos en el Polo Sur. Sin embargo, no todos sus colegas lo ovacionan.
En la comunidad científica hay quienes piensan que el trabajo de un físico debe limitarse a clases, publicaciones especializadas y experimentos. «Difundir la ciencia entre grandes audiencias requiere ciertas habilidades que a mí me resultan muy complejas, pero algunos científicos lo ven como un fracaso», me dice Blucher, mientras cruza la pierna como Sheldon Cooper. Además, está el asunto del humor: entre los e-mails que Saltzberg ha recibido desde que es Asesor de Ciencia de The big bang Theory recuerda uno que un colega le envió para reclamar que los actores retrataban a los científicos como nerds.
Ante eso, Saltzberg dice: «¿Qué hay de malo en eso? Hay muchos nerds en el mundo. ¿Por qué no merecen aparecer en televisión? Son personas interesantes y se lo dije a uno de los escritores de la serie: son el grupo más diverso que podrías imaginar. Todos son únicos y hacen lo que quieren,
aunque eso implique nadar a contracorriente. Ser nerd es grandioso».
David Saltzberg se mueve entre dos mundos que parecen tan opuestos como un protón y un electrón. No es un físico que se la pasa recluido en su laboratorio ni baña la ciencia de glamour como Carl Sagan en Cosmos. Saltzberg vive en un punto intermedio: aunque no es una celebridad, podría presumir que algunas de sus hazañas son famosas en televisión.
Una noche de 2009, los fans de The big bang theory fueron testigos del instante en el que Sheldon Cooper y sus tres colegas empacaron sus maletas y partieron rumbo al Polo Norte. El capítulo se tituló The Monopolar Expedition y estuvo inspirado en el viaje que Saltzberg realizó con su equipo al punto opuesto de la Tierra un año atrás. Desde ahí, el físico envió fotos y notas detalladas sobre sus aventuras a los guionistas de la serie. Las chamarras rojas de Sheldon y sus amigos son idénticas a las que Saltzberg y sus cuarenta colegas llevaron al viaje. Gracias a él, los casi diez millones de espectadores que sintonizaron el episodio saben que una cena en la Antártida incluye mantequilla sumergida en una taza de chocolate. De otro modo, el cuerpo humano es incapaz de consumir las cinco mil calorías diarias que requiere para sobrevivir a temperaturas tan extremas.
A pesar de la fama que tiene entre sus alumnos y colegas, David Saltzberg se parece a un neutrino. Pasa desapercibido entre el público que aplaude las irreverencias científicas que sugiere para los diálogos de actores y las ecuaciones que dibuja en los pizarrones blancos de las casas y oficinas de los personajes de la serie. Aprovecha su invisibilidad ante las miradas de quienes no entienden de física o matemáticas para divertirse y dejar mensajes ocultos en las pizarras de la serie. Como los neutrinos, éstos sólo pueden ser detectados por científicos. Una vez escribió las respuestas de un examen que recién había tomado a sus alumnos. Otro día plasmó fórmulas relacionadas a los agujeros negros porque un físico que dedicó su vida a estudiarlos acababa de morir. En una ocasión invitó a George Smoot —Premio Nobel de Física 2006— a la grabación del programa, y en su honor dibujó el diagrama que el equipo del científico usó en el satélite COBE cuando estudió el campo electromagnético que llena el universo. Con esos mensajes secretos también rinde pequeños homenajes a sus amigos.
Lindley Winslow —una profesora que trabajó con Saltzberg hace algunos años en UCLA— cuenta que cuando vio el resultado de su experimento de neutrinos en uno de los episodios de la serie, corrió a comprar el DVD tan pronto salió a la venta. Algunas veces, además, Saltzberg contribuye en materia de utilería: entre los objetos que ha prestado para los sets —y hoy están en la sala del departamento de Sheldon Cooper— hay una pelota de playa que en realidad es un mapa del universo, un contador Geiger que sirve para medir radioactividad y libros escritos
por físicos contemporáneos. En contraparte, la serie también deja huellas en la vida de Saltzberg: él no tiene esposa o hijos, pero en una de las paredes de su oficina hay un retrato —podría decirse— familiar: Sheldon y Penny platican frente a uno de los pizarrones con ecuaciones que él mismo trazó para la serie. Saltzberg dice que en 2008, cuando pasó tres meses fuera de Los Ángeles para dirigir un experimento en la Antártida, «extrañó mucho a los muchachos».
Desde que trabaja en The big bang theory, Saltzberg ha recibido e-mails de físicos dispuestos a discutir las ecuaciones que dibuja en los pizarrones. Uno de ellos le dijo que había cometido un error, y aunque Saltzberg estuvo a punto de sufrir un colapso, al final resultó que todo fue culpa de la mala resolución de la televisión de su colega. Saltzberg dice que en siete años de trabajo sólo se ha equivocado una vez. Confundió los elementos de una ecuación que había formulado un amigo suyo, y cuando éste lo vio en televisión, le escribió para comentárselo. El profesor baja la cabeza y se
hunde en el sillón cuando recuerda el desliz. Es el tipo de detalle que ningún espectador promedio de la serie notaría, pero que Saltzberg y sus colegas detectan como si fueran Sherlock Holmes resolviendo un crimen.
David Saltzberg está convencido de que todo puede enfrentarse como un problema matemático. Si necesita guantes, los compra en línea y se siente confiado al conocer el tiempo exacto que tardará en recibirlos. Si busca neutrinos, sabe qué cantidad de ondas de radio debe emplear para estimularlos y detectarlos a pesar de su invisibilidad.
Por eso The big bang theory lo pone en jaque: como al Sheldon Cooper de la ficción, pedirle a Saltzberg que formule un chiste sin que conozca a ciencia cierta sus efectos es como pedirle que
resuelva un examen sin haber estudiado. Cuando le pregunto qué fue lo que más le sorprendió de trabajar en la serie, no tarda ni un segundo en responder que el humor: nunca imaginó que la revisión de los guiones lo divertiría tanto. Saltzberg sonríe como si estuviera a punto de revelarme todos los secretos del cosmos y me pide que lo piense bien: hay mucha ciencia en el entretenimiento. Un set de filmación es como un laboratorio.
Hay cámaras en lugar de lásers, pero en ambos espacios conviven electricistas y sonidistas; todos trabajan bajo la presión de un deadline para enfrentar un reto en común. Además, la comedia es científica. En física se formulan teorías que luego se confirman o refutan. «En comedia puedes teorizar qué tan graciosa es tu broma, pero como se ejecuta frente a una audiencia en vivo, si la gente no se ríe, no puedes teorizar en torno a eso. Es lo que es». Saltzberg ve el humor como una ecuación: el guión y la interpretación de los actores constituyen el experimento; las carcajadas resultantes son secuencias de datos. «Casi podría asegurar que en el noventa y nueve por ciento de las veces, los guionistas saben si alguien reirá o no». Para David Saltzberg, The big bang theory, la comedia número uno de la televisión, es tan precisa como un reloj suizo.

Fuente: http://etiquetanegra.com.pe/articulos/no-le-pidas-un-chiste-al-asesor-cientifico-de-the-big-bang-theory

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s