QUIÉN LE TEME A AURORA VENTURINI

“Nosotros no éramos normales. En casa todas mis hermanas eran retardadas. Y yo también.”

Gatopardo / septiembre 2012

Por Leila Guerrero / Fotografía Diego Sampere

El padre de Aurora Venturini era un militante del partido radical que, en los años treinta, fue detenido por motivos políticos y trasladado al penal de la ciudad de Ushuaia, de donde nunca regresó.

El padre de Aurora Venturini era un militante radical a quien su propio partido envió a trabajar al penal de la ciudad de Ushuaia, cosa que hizo con éxito.

El padre de Aurora Venturini era un militante radical a quien su propio partido envió a trabajar al penal de la ciudad de Ushuaia pero, al enterarse de que su hija mayor se había afiliado al partido peronista, regresó a La Plata, de donde era oriundo, sólo para echarla de su casa y volver a partir.

El padre de Aurora Venturini era aficionado a las carreras de caballos y, después de perderlo todo en las apuestas, abandonó la ciudad de La Plata, de la que era oriundo, pero, al enterarse de que su hija mayor se había afiliado al partido peronista, regresó, sólo para echarla de su casa y volver a partir.

El padre de Aurora Venturini desapareció de su casa de la ciudad de La Plata, de la que era oriundo, un día indeterminado de un año indeterminado y no regresó jamás.

El padre de Aurora Venturini se llamaba Juan.

El padre de Aurora Venturini no tiene nombre.

Aurora Venturini no tiene padre: tiene versiones.

Aurora Venturini vive en la ciudad de La Plata, a sesenta kilómetros de Buenos Aires. Es escritora y publicó cuarenta libros en editoriales pequeñas y en ediciones pagadas por ella misma hasta que, en el año 2007, un jurado integrado por, entre otros, los argentinos Alan Pauls, Rodrigo Fresán y Juan Forn, leyó el libro que ella, con el título Las primas y bajo el seudónimo Beatriz Poltrinari, había enviado a la primera edición del Premio Nueva Novela organizado por el periódico argentino Página/12 y, deslumbrados por ese estilo que tanto podía enredarse en las lianas de la lírica como chapotear entre insultos de borracho, le dieron el primer premio. Cuando abrieron el sobre que contenía sus datos descubrieron que quien había contado la historia de una familia disfuncional en la que convivían una joven pintora algo retrasada, una demente sin control de esfínteres y una prima tenebrosa, con un estilo que imitaba los retorcijones barrocos de una lombriz herida, era una mujer llamada Aurora Venturini que tenía ochenta y cinco años.

Aurora Venturini está de pie en el comedor de su casa de la Calle 37, en la ciudad de La Plata, un departamento identificado con el número uno, en una planta baja, al fondo de un pasillo estrecho. Tiene las manos —afectadas por alguna dolencia de las articulaciones— apoyadas en una mesa redonda cubierta de papeles y libros. A un costado, sobre una repisa, hay un teléfono rojo. Todas la paredes son de color blanco, excepto una, color rosa viejo, y están repletas de retratos, adornos, diplomas y premios que se multiplican en profusión botánica: un diploma de honor de la Asociación de Escritoras y Escritores Católicos, de 1969; otro del Fondo Nacional de las Artes, de 1990; otro de la Sociedad Argentina de Escritores; un retrato de Eva Perón; un angelote del que pende un rosario; una imagen de Cristo; una foto de Aurora Venturini en Nápoles, en la que el viento, una falda larga y un par de zoquetes con zapatillas le dan aspecto de turista desquiciada.

—Buenas tardes. Qué puntual.

Usa una camisola de hilo color crudo, un pantalón haciendo juego, zapatillas de lona azul con cordones blancos. Mide un metro setenta, pesa cincuenta kilos, lleva el pelo castaño, corto, los labios pintados de rosa suave, rubor sobre los pómulos marcados por huesos importantes. Las gafas sin montura, con tres brillantes en los bordes exteriores de los lentes, contagian transparencia al rostro y hacen que la piel blanca, casi sin arrugas, parezca más tersa, como si estuviera hecha de vidrio.
—Sentate, por favor.

Espera a que su visita se siente y entonces ella misma se deja caer, sin dificultad, en su silla de ruedas.

En un artículo publicado en 2007 en el suplemento Radar, del periódico argentinoPágina/12, la periodista Liliana Viola, encargada de anunciarle a Aurora Venturini que estaba entre los diez finalistas del Premio Nueva Novela, recuerda la conversación que tuvieron por teléfono:

—¿Usted se presentó con el seudónimo Beatriz Poltrinari al concurso Nueva Novela dePágina/12?
—Sí, señorita, me presenté con Las primas.
—¿Sabe que está entre las diez finalistas?
—No. ¡Ay! Sería muy importante que esta novela ganara. ¿Sabe por qué? Porque Las primassoy yo. […], señorita, es mi familia. Nosotros no éramos normales. En casa todas mis hermanas eran retardadas. Y yo también.

Fuente:  http://www.gatopardo.com/ReportajesGP.php?R=157
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