El género del cuento o el milagro de la intuición

La República / 6 diciembre 2015

Por Miguel Molina Díaz

Sostiene Augusto Monterroso que en realidad nadie sabe cómo debe ser un cuento y que el escritor que lo sabe es, en realidad, un mal cuentista.

Ese genial narrador, admirado precisamente por sus cuentos, desconfiaba del saber y de la seguridad como ingredientes para lograr piezas que valgan la pena dentro de este sofisticado género de la literatura.

Muy a su pesar, mucho se ha escrito sobre la teoría del cuento desde la experiencia pura y dura así como desde la academia. Hemos escuchado, como una suerte de onceavo mandamiento, la teoría del Iceberg de Hemingway y todas sus interpretaciones. También la teoría del knok-out de Cortázar. No hace tanto salió el señor Ricardo Piglia, a quien le entusiasma tanto el arte de teorizar y lo hace bien, para dictarnos que el cuento siempre cuenta dos historias, la segunda de las cuales permanece oculta en los intersticios de la primera.

En realidad Ecuador y Bolivia son territorios herederos de una de las más vastas y genuinas tradiciones de este género. La literatura latinoamericana –a diferencia de la española– ha cultivado el cuento con genialidad y obsesión. Cuentos que, desde sus inicios, hasta sus momentos de mayor éxtasis, han estado en permanente diálogo con otras ricas tradiciones. En efecto, La novia robada del señor Juan Carlos Onetti es un preciso y bello homenaje a Una rosa para Emily del señor William Faulkner, su maestro.

Los escritores latinoamericanos, de alguna manera, estamos llamados a escribir cuentos y a explorar las posibilidades de ese género. Pero si ese llamado en verdad existe –yo quiero pensar que es así–, no será posible cumplirlo sin reinventar el género o por lo menos ampliar sus alcances. Eso ha sido posible con la novela: desde que Cervantes la fundó hasta nuestros días con ella se han realizado exploraciones peligrosas pero fascinantes a lo largo y ancho de las regiones ocultas del lenguaje y de la condición humana.

El cuento, en ese sentido, no puede quedarse atrás. Las teorías que intentan explicar este género –incluso las de Hemingway, Cortázar y Piglia–, deben constituir una luz que oriente a los cuentistas a pisar con cierta seguridad el terreno fangoso de su exploración, pero bajo ningún concepto pueden establecerse como una barrera que impida la experimentación e innovación dentro de esta geografía, ni su asimilación con otros géneros. Por eso es que las palabras del señor Monterroso están revestidas de tanta lucidez y pertinencia. Él no se guiaba por modelos o normas taxativas, fue su intuición y su peregrina valentía de explorador lo que le permitió llegar a nuevas posibilidades de ese milagro al que los humanos llamamos cuento.

En el fondo, la literatura –en especial el cuento– es una historia que sigue la principal premisa del arte: sorprender. El objetivo es que el lector sienta eso inexplicable que al autor le lanzó, desesperadamente, a la escritura de ese texto. Se trata de causarle al lector una catarsis, un íntimo extrañamiento o un golpe que le

permita reflexionar sobre sí mismo con una nueva mirada. Lograr una historia que sorprenda, ya sea por el horror, el amor, la muerte o el tema que fuere. Esa es la misión del cuento.

En el cumplimiento de esa misión hay una dificultad o pregunta gigantesca, que el cuentista debe vencer si quiere permanecer vivo en el terreno de la escritura. Su única arma, insisto, es la intuición. La pregunta es: ¿qué contar y que dejar oculto? Los señores Franz Kafka o Pablo Palacio no utilizaron manuales de narratología o teoría literaria para escribir sus cuentos. Fueron seres que con el conjunto de sus emociones y de su inteligencia supieron sortear las dudas e inferir la estructura del argumento, la trama y el final presunto de sus historias.

Toda historia es un mundo. El cuentista debe deducir los detalles más esenciales de ese mundo para traducirlo en palabras y consignarlo en papel. Y ese mundo vasto, con todos sus infinitos detalles, permanecerá temblando debajo de las palabras escritas. Todo lo callado estará presente y con intensidad. La labor del cuentista consiste en mencionar sólo lo esencial, ofrecer al lector algunas pistas e indicarle el rumbo que ha de seguir, pero la historia que se esconde bifurcada entre las palabras –esa historia total, con toda su fuerza y conmoción– sólo podrá ser descubierta por el lector cuando éste escarbe en su más íntima intuición. Es decir, el cuento se arma únicamente alrededor de una anécdota. Y de algún modo, es esa tensión en la cual una simple anécdota revela la existencia de un mundo oculto lo que todas las teorías del cuento pretenden explicar.

Con cuentos cortos y con un alto cuidado de la forma, la escritora Solange Rodríguez Pappe lo ha logrado. Las de ella, ya lo verán, son pequeñas historias revestidas de una mirada femenina que propone repensar las subjetividades del cuerpo de la mujer. Un texto que también medita sobre lo femenino es, ya en versión de cuento mediano, el de Lourdes Saavedra Berbetty.

Los relatos –con la excepción de Rodríguez Pappe– son de extensión mediana y, el último, larga. Sus autores nos ofrecen una gran diversidad temática, lo cual indica los nuevos rumbos argumentativos que explora la actual literatura latinoamericana. Cecilia Romero Mérida nos entrega un cuento elaborado con mucho rigor para someternos al terror literario, en donde el misterio es en realidad el corazón delator de la historia. Walter Jimpo, por su parte, nos ofrece un cuento que baila con elegante sutileza en las posibilidades del horror.

Todos los cuentos de Una espuma de música flota requieren eso en lo que he insistido como elemento indispensable del proceso de creación: la intuición, en este caso del lector. En tal virtud Christian J. Kanahuaty apela a la memoria y sus laberintos. Sandra Araya, con un lenguaje limpio y exacto, investiga el perverso binarismo del amor. Santiago Vizcaíno comparte un cuento que se detiene en la creación poética y que constituye, es probable, su declaración de principios estéticos. Por último, Paúl Tellería rinde un homenaje al cuento Putas asesinas de Roberto Bolaño.

Pienso que esta antología es una prueba fehaciente de que el cuento está vivo, quizá más vivo que nunca y que sigue iluminando el camino de los escritores

latinoamericanos. Ecuador y Bolivia durante décadas vivieron en el ostracismo respecto del contexto de la literatura del continente y en la marginación de lo que fue el ‘boom’ de nuestras letras. Hoy, los nuevos senderos de la exploración estética permiten prever que literatura de alta calidad se está gestando en los países andinos, sin los lastres del compromiso político ni los nacionalismos extremos y payasos. La literatura que hoy producen varios escritores de Ecuador y Bolivia, como los de esta antología, pertenecen sobre todo a una tradición universal que se ve reflejada en la autonomía y originalidad de sus cuentos.

Es preciso aventurar una última idea sobre el proceso de creación del cuento. Estoy convencido de que muchas veces es la escritura, en su dimensión más descarnada, lo que nos revela a los autores la forma que han de tener nuestros relatos. Es decir, Monterroso estaba en lo cierto: escribimos cuentos desde el desconocimiento y al terminarlos hay algo, inexplicable pero diáfano, que hemos aprendido. Eso innombrable es el corazón palpitante de este arte narrativo. Borges explicó, sobre el proceso de elaboración de El Zahir, que se propuso lograr que algo común como una moneda sea inolvidable. Empresa difícil la del tal Borges, pues las monedas son de uso común en todas las sociedades del mundo y las hay por millones. ¿Qué era entonces lo que iba a lograr que una sola moneda, escogida por un escritor argentino, sea inolvidable? La revelación de ese misterio es lo que los lectores deben buscar al leer Una espuma de música flota.

* Prólogo a “Una espuma de música flota”, antología de cuentos de autores ecuatorianos y bolivianos publicada por Cristian López Talavera.

Fuente: http://www.larepublica.ec/blog/opinion/2015/12/06/el-genero-del-cuento-o-el-milagro-de-la-intuicion/

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