La segunda memoria o el síndrome de la abstinencia

Por Freddy Ayala Plazarte / Poeta y profesor universitario

Fotografía Francisco Carrillo

 

  1. La primera impresión es la que vale 

Podría, por un instante, ponerme a pensar en lo que hice hace una semana a esta misma hora –podrían ustedes lectores en este momento recordar lo que hacían, o decían (mucho menos escuchaban) hace un año, o semana atrás–, y acaso tratar de dibujarlo con un lápiz en una amplia terraza de arena. O si es el caso de escribirlo en una página. A veces, sucede que, quien lee, imagina cómo era quien escribía en una página, o cómo dibujaba en alguna planicie, que contempla, o también ha imaginado cómo emitía, un músico, aquel inquietante sonido que se reitera como sonido (imaginario) en su mente.

Lo cierto es que algo queda grabado en la pantalla de los sentidos, alguna forma que se cruzó por nuestro pensamiento, nos anuncia que hemos sido y, que además, volveremos a reconocernos, en la medida que podamos repetir, lo que consideramos como irrepetible. Porque también tenemos, no obstante, la imperiosa necesidad de hallarnos en lo que asumimos como diferente, y de involucrarnos en el imago de lo parecido. Pero, ¿qué implica ocupar el espacio con el cuerpo y con el pensamiento, en un mundo hecho para lo instantáneo o lo perdurable? Para lo cual, me he planteado abordar en torno a lo que se repite (o ya no se repite) en nosotros, sea una ‘primera memoria’, y una ‘segunda memoria’, como dos circunstancias que caracterizan el lugar de los pensamientos de un individuo.

En el caso de una primera memoria, la pienso como una forma mucho más recurrente y del orden común, es decir, una forma de pensar en lo más reciente e instantáneo, una percepción de lo cercano a nuestros ojos. Aquí también vale señalar que llevamos tantas memorias en nuestro pensamiento, pero solo representan un minúsculo instante, una pequeña escena sucedida en el universo. A medida que transcurre el tiempo empezamos a engrandecer a ciertas memorias y a darles una debida importancia.

Al anclar el diálogo de una ‘primera memoria’ me pregunto: ¿qué sucede cuando lo instantáneo, lo reciente, lo más próximo, ocupan un lugar representativo en nuestro pensamiento? Exploramos cosas más comunes con la primera memoria: una fotografía digital, un acontecimiento espectacular, una discordia o un episodio violento, un fenómeno de lo mediático, y hasta un ruido que solo produjo ruido en nosotros. Pero si se toma en cuenta que un ruido es un ruido, se estaría restando espacio para una mayor profundidad de construir sentido, de comprender el ruido como otra forma de sentir el mundo. El ruido, sin duda, también ocupa un tiempo y un espacio en nosotros.

Frente a esto, acaso se desborda ante nuestro imaginario lo mediático, es decir, lo más instantáneo que sucede en nuestras vidas, como un síndrome de que llevamos una ‘primera memoria’, por la sucesión de cosas que involucran a pensar en lo reciente, lejos de pensar que hay identidades olvidadas, y que están en el trayecto más extenso, donde nuestros ojos no pueden acceder, al pensamiento no se accede con los ojos.

Es un hecho evidente, la sucesión de cosas que acaecen en nuestro entorno, ya no podemos enumerarlas, más bien quedan inscritas como sensaciones antes que como pensamientos reflexivos. Tenemos, mayoritariamente, sensaciones de las cosas y nociones de lo instantáneo, y hasta disfrutamos más mientras algo suceda a algo, y no sea solo una cosa la que veamos, sino varias cosas a la vez, a fin de no tener que concentrarnos en algo, pensar menos y mirar más lo externo a nosotros. Entonces, ¿qué sería detenernos a mirar lo profundo o desconocido de nosotros en el sonido, acaso en una melodía prolongada? ¿Qué sería pensarnos lejos de los números, que nos indican una fecha de nacimiento?

Será que vivimos una abstinencia de la memoria, no nos atrevemos, en ocasiones, a desempolvar los archivos de nuestras edades. Hemos sido únicos en el nacimiento, en el sutil cuidado maternal, cuando se endurecía la mollera, hemos sido únicos cuando todavía no adquiríamos memoria. Ciertamente, hemos querido enunciarnos como únicos, porque de lo contrario, no preguntaríamos a nuestros antepasados por nuestro olvido, como una forma de retornar al olvido, después de habernos olvidado. ¿Será que dejamos de ser únicos cuando ya tuvimos memoria? Mis pensamientos dejaron der únicos porque se hicieron en el mundo, con el mundo, por el mundo, y para el mundo. Pero, sin embargo, creemos ser únicos por un instante que lo consideramos irrepetible, cuando más bien, esa repetición de lo que consideramos único, simboliza precisamente detallarlo como único. Necesitamos repetir lo irrepetible, y necesitamos repetirnos más veces en lo repetible.

En realidad, el sol no regresa, la noche se pierde en el amanecer, las personas desaparecieron, en esa fecha, en aquel día, esa palabra dicha o silenciada, ya no está en este día, se quedó en aquel día, se quedó en mi memoria. Retornaremos a ese lugar para volver a aquel día, y si no retornamos físicamente a ese lugar, lo haremos en la memoria, para sentirnos en aquel día. Necesitamos volver para sentirnos por un instante ‘únicos’ en lo repetible.

Por su parte, una ‘primera memoria’ en el marco del mundo contemporáneo –me refiero a todo lo que se visualiza y se manifiesta en el espacio urbano– se caracteriza por impresionar. De hecho, la impresión juega un rol protagónico, porque lo que nos impresiona genera interés o atención masiva, la sensibilidad está ligada a lo espectacular, ya que, de lo contrario, si no impresiona, no existe, se pierde por el nudillo del cielo. Impresiona menos, por tanto, que una piedra no se parezca a otra piedra, o que el horizonte cada día tome distintos matices. Impresiona más, por ejemplo, la portada de una revista, o la realidad que proyecta una pantalla.

¿Habrá pensamiento en esos mundos? ¿Podrá el ser humano mirarse, al margen de una pantalla, desde una piedra o un horizonte? ¿O será que en un espejo puede explicar su condición humana? ¿Será que su imagen lo aleja de sus pensamientos? No obstante, resulta familiar, en este punto, citar el refrán popular que dice: “La primera impresión es la que vale”, de ahí que me plantee reflexionar una ‘primera memoria’. Pues, el mundo contemporáneo nos ha preparado para impresionar, asumiendo que habitamos en un entorno de estéticas, manifestadas, sobre todo en las ciudades.

Estéticas que adornan el cuerpo, donde desparece alguna posibilidad de cifrar lo que habita atrás del ojo, estéticas alejadas de interactuar con la memoria; ese mundo aparte del sentido (visual). Un encuentro de estéticas, comúnmente, representa transitar la avenida de la ciudad, véase cuántos trajes, cuánto calzado, cuánta ropa confeccionada, cuánta materialidad, cuánto colorido se impone sobre el cuerpo: necesaria manifestación para justificar que somos ‘modernos’, porque quedarnos en el pasado no solo implica retraso, en el mundo occidental, sino que es una amenaza para nuestras relaciones sociales, seremos negados si no llegamos a la convención de lo que ilusoriamente se entiende como ‘moderno’, para justificar nuestra supuesta ‘armonía’.

En cierta medida, adquiere rango de importancia impresionar en la sociedad contemporánea, para ser aceptado, bajo la consigna de dejar una huella de lo que creemos ser, o proyectamos ante el mundo, de ahí que ponga en cuestión una ‘primera memoria’. ¿Cuántas veces nos hemos quedado en el ayer de las cosas? ¿Cuántas formas hemos tenido que adoptar para desmitificar lo borroso de nuestra propia identidad? ¿Cuántas identidades atravesamos desde el inicio de nuestros días para llegar al rostro que miramos ante un espejo? ¿Habremos, acaso, dejado pendientes otras identidades, otras estéticas, que para nada tienen que ver con la impresión?

2. La segunda memoria, a contraluz de la mirada

La ‘primera memoria’, como lo he venido proponiendo, se adscribe a una sociedad en donde se prioriza los instantáneo, lo que causa impresión. Muy distante de la memoria histórica –donde se revelan los discursos oficiales y relevantes de un colectivo social–. Pero, qué sucede cuando empezamos a preguntarnos por nuestras propias identidades, aquellas que se fundan en el nacimiento, o ya sea identidades que buscamos en la genética (mucho más allá de los años que cumple un cuerpo), que en ocasiones ni nuestros abuelos o ancestros nos pueden relatar.

            Es una tarea compleja adentrarse en los vericuetos del pasado. Recoger vestigios de lo que nos han relatado y armar nuestros rompecabezas genealógicos. Así hemos querido explicarnos, buscando fórmulas, en ocasiones, alejándonos de la materialidad para mirarnos ancestralmente. A pesar de que el presente me muestre edificios, galerías, shopping center, miradas a plena luz artificial, yo continúo mirando a contraluz la ciudad, telúricamente sus montañas, consciente de que a espaldas de ese mundo materializado hubo un horizonte primigenio, un ancestro que se pasó largas horas intentando hacer fuego con la madera o la paja.

            Busco en el ruido urbano una ‘segunda memoria’, años y milenios podría costar encontrar más respuestas, pero ahí está la imaginación para despojar también lo sucio de la realidad. La imaginación no es cuestión de milenios, es cuestión de espontaneidad. Un niño puede imaginar sin haber pasado un curso de imaginación, él solo traspasa su imaginación a las cosas. No hay que ser un doctor en imaginación para encontrarla. Vivimos, además, a costa de la imaginación importada, de afuera nos dan imaginando, y por eso no nos atrevemos a imaginar más en nuestro ‘lugar de origen’ y de nuestro ‘lugar de origen’. Ahí empieza otra era del pensamiento para nuestros cuerpos.

No es, en definitiva, el presente que toco el único espacio de permanencia en el mundo,

por ello pensar en ‘segunda memoria’ es una estrategia para desmitificar lo urgente, lo que a menudo se nos muestra como “importante”; correr al trabajo, evitar el atraso, contestar un mensaje. Desmitificar lo común es otra forma de sensibilizar, juntando ese otro que fuimos (y desconocemos) con ese otro que somos (y que no terminamos de conocerlo).

            En mi caso, cuando niño, creía tener una memoria a blanco y negro, la televisión de dos colores, un claroscuro por donde entendí el mundo ilusorio, al cual todavía no he llegado a conocer, pero existía porque lo veía, aunque no lo tocaba. La realidad de una pantalla construyó en mí una memoria a blanco y negro.

            A diferencia de lo señalado, he comprendido que tengo una ‘segunda memoria’, pues el origen de una palabra, de un sonido, de la misma genética, no está dado en la imagen de una pantalla. Está más bien, en las imágenes que aún no he terminado de comprenderlas, aquellas (imágenes) que se han grabado en mi imaginario. Mientras he preguntado a mi madre, con precisión, por mi hora y fecha de nacimiento, para tan solo imaginar cómo pudo haber sido ese momento, perdurable para ella, olvidado por mí. Abstinencia de no haber preguntado hace años, y preocuparme por hacerlo cuando me he visto envuelto en el pasado.

            En algún momento, despertamos del síndrome de la abstinencia, y queremos salir a encontrar aquellas imágenes que se diluyeron en el ayer. Para ello, creamos nuestros propios rituales o modos de conectarnos con ese mundo opuesto al presente que nos rodea. Sentir que pertenecemos al camino perdido es el paso necesario de la memoria.

            ¿Cuántos han retornado al lugar de la infancia? Muchos han retornado con nostalgia en una fotografía, en el álbum familiar, en lo que nos contaron, pero lejos de esa imagen hay otra infancia que nos espera. El lector, podría imaginar la ciudad en la que vive; cómo fue antes de lo que se muestra, y también podría preguntarse cómo fuimos antes de tener conciencia, seguramente a espaldas de la ciudad o de una montaña estaría la infancia de las cosas y del mundo.

Pisar el patio de polvo donde trazaba la rayuela, imaginar aquel lugar de las apuestas, donde la hierba consumió la tierra, en el cual, hace muchos años, hacía un agujero para jugar con canicas. O también, quedarme en la sonoridad del viento, en la mata de carrizos (para fabricar cometas), intacta todavía, a pesar de los años. Volver a pisar la infancia no tanto de uno, sino volver a pisar la infancia del mundo para ratificar nuestro sentido de pertenencia, es una segunda posibilidad de mirarnos en el mundo, una segunda forma de concebir la memoria.

            De alguna manera, mantenerme a contraluz de mi propia mirada implica alejarme por un instante de lo que estoy haciendo a cada instante, de lo que permito que ingrese por mis ojos, por tanto, tomar distancia para reconfigurar el mundo que vivo y el mundo que aún no he comprendido (el mundo del pasado), me permite entender la realidad externa e interna. No es lo mismo mirar la montaña desde un edificio, que estar en la montaña.

Caminar por la ciudad es una experiencia abierta a los sentidos. Cuando la transito, no solo pienso en la ciudad de los mendigos, de los turistas, de los vendedores ambulantes, de los oficinistas, de los estudiantes, de los restaurantes, de los monumentos, hay otras memorias en ese espacio, hay una infancia perdida, que anhelo encontrar en sus calles, hubieron ancestros antes que mí, debo reconocerlo, el tiempo se ha llevado sus huellas, pero fueron parte de ese lugar en el cual habito. En sus pasajes o avenidas sufro un desencuentro, ¿ciudad de edificios y monumentos, de héroes y batallas, ¿dónde quedaron tus otros hijos de la tierra?, ¿dónde estarán ellos?

Quién, por ejemplo, se detiene a mirar el zumbido que emite un trébol solitario en algún matorral, o se concentra en una gota de agua que cae lentamente en el madero hasta que perfora un agujero en la tierra. Pasa desapercibido el sonido del viento en una lata que es llevada a un orificio de una avenida. Como también pasa inadvertido el cabello blanco que se enreda en el sombrero de un anciano, porque son tantos cabellos, que preferimos mirarlo en conjunto. Minimalistas podrían sonar este tipo de imágenes, elocuentes modos de conocer nuestra memoria en el mundo.

Por tanto, ¿qué implica mirarnos hacia atrás? ¿Cuándo empezamos a rearmar el nacimiento de un instante o de un pensamiento? Habría también la posibilidad de pensarnos como auténticas formas de lo que se ha estancado a nuestras espaldas, esa forma menos explorada, una ‘segunda memoria’, en oposición a la ‘primera memoria’, con un alto grado de imaginación más que de verificación. Es impensable volver con precisión al pasado de las cosas y de los instantes, eso sería poseer una memoria eidética. Pues, prefiero quedarme en el nacimiento de las cosas, en el nacimiento de las imágenes, que aún no he habitado, las que han marcado un episodio de mi cotidianidad.

 

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