GONZÁLEZ IÑÁRRITU CON ACENTOS

“No hay posibilidad de llegar a un entendimiento, de llegar al verdadero sentido de la vida, sin amor”

Gatopardo / diciembre 2015

POR EILEEN TRUAX / FOTOGRAFÍAS DE LUIS GARCÍA
Hugh Glass está a punto de morir. Lleva días caminando por el bosque nevado, tratando de cobijarse con una piel de oso. Es el mismo oso que lo atacó, que casi lo mata: las garras enormes rasgaron y perforaron su abdomen, la espalda, el cuello. Hugh Glass sobrevivió para caminar durante días, semanas, sufriendo frío, hambre, sed. Tiene los ojos azules, un brillo extraño en la mirada afilada; por lo demás, está casi muerto. Un casi muerto que, antes de terminar de morir, busca venganza.

La palabra revenant significa “el que regresa de la muerte o de una larga ausencia”. Pero esta vez Alejandro González Iñárritu no necesitó mucho tiempo para volver con fuerza. En febrero de este año recibió el Oscar a la mejor película porBirdman, y menos de un año después llega a la pantalla con The Revenant, la épica historia de Glass, un cazador de pieles de principios del siglo XIX interpretado por Leonardo DiCaprio, que durante una expedición es atacado por un oso salvaje y abandonado a su suerte por sus compañeros. Tras sobreponerse al ataque, busca volver a la civilización para vengarse de quienes lo traicionaron.

Basada en una historia real y en algunos aspectos de la novela de Michael Punke, con un guión escrito por Iñárritu y Mark L. Smith, The Revenant ofrece imágenes estremecedoras, que conmueven,  que recuerdan la fragilidad del ser humano y la fortaleza de su espíritu: el lienzo blanco, imponente, de un bosque nevado; un hombre diminuto que a pesar de todo avanza. Una aldea devastada invadida por jabalíes. Una imponente manada de búfalos inesperadamente atacada por lobos. Una percusión rítmica de fondo, que podría ser un tambor de guerra o el latido de un corazón. Un hombre que respira agitado, que deja la vida a cada paso. The Revenant lanza al rostro del espectador todas las posibilidades del espíritu humano. Con la historia de un hombre casi muerto, Alejandro González Iñárritu demuestra que está más lleno de vida que nunca.

—Hugh Glass es un personaje de leyenda, en el Middle West americano, y lo único que se sabe de él es que después del ataque del oso, que lo deja prácticamente destrozado, es abandonado por quienes se supone que debían cuidarlo, seguros de que iba a morir —cuenta González Iñárritu un miércoles por la mañana, durante una entrevista telefónica desde la ciudad de Santa Mónica—. Él sobrevive y, por un instinto de venganza, recorre más de 300 kilómetros solo durante dos, tres meses. Eso es todo lo que se sabe de él. En realidad lo único que la película extrae del libro es eso, la espina, la anécdota, que es poderosa porque abre muchas puertas para explorar la resistencia humana, el instinto y qué es lo que hace al hombre sobrevivir.

Aunque el mito de Hugh Glass dibuja a un hombre que enfrenta todos los obstáculos para poder confrontar a quien lo traicionó, la concepción de Iñárritu al hacer esta película iba más allá: buscaba crear un personaje que, al explorar sus emociones, pudiera encontrar su propia trascendencia.

—La venganza es un instinto que forma parte de nuestro ADN; está implícito en las emociones, sucede en la realidad. Pero en lo personal yo siempre he sentido que  la venganza, aun cuando se logra, siempre tiene un vacío. La venganza, aun ejecutándose, nunca traerá de regreso lo que uno ha perdido. Cuando el sentido de la vida de alguien es la venganza, ¿qué queda una vez que ésta se concreta? No queda absolutamente nada. Ésa es la pregunta que a mí me parecía importante sobre este personaje: si a lo largo de estos renacimientos, de esta experiencia transformadora a través de la naturaleza, con sus otoños, con sus profundos inviernos, y quizá con la entrada de la primavera, era posible que la transformación física transmutara a lo emocional, que hubiera un entendimiento de algo más profundo. Hay una gran mentira en loswesterns que terminan con la venganza como un gran éxito; yo creo que es lo contrario. Creo que es un tema relevante en el mundo en que vivimos hoy, donde vemos que pagar violencia con violencia y venganza con venganza no lleva absolutamente a nada. Es un vacío que no se llena, es un barril sin fondo, y ésa me parecía una importante reflexión en la película.

La charla con González Iñárritu tiene lugar cinco días después de los atentados terroristas del viernes 13 de noviembre en París. Son días en los que la palabra venganza parece haberse instalado en el aire; pero el director asegura que hoy, como hace dos siglos, la solución no puede ser la Ley del Talión.

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