Vladimir Nabokov o el ayer perdido

El Telégrafo / 14 diciembre 2015

Por Marcelo Recalde, Catedrático y escritor

El genio no es más que la infancia recuperada a voluntad. Charles Baudelaire

Muy distinto habría sido el destino de Vladimir Nabokov (1899-1977) si a los 20 años, en abril de 1919, los acontecimientos desprendidos de la Revolución bolchevique no lo hubieran obligado a salir de Rusia. Esa distancia con su país, impuesta violentamente, es asumida por el escritor ruso como una afrenta, como un gesto inevitable y alevoso del destino al que, sin duda, es necesario responder: no le arrojan de un país, le arrebatan una vida.

En todas las obras del escritor ruso son algunos los temas, colores y objetos que se repiten y conforman su estilo característico, pero todos ellos (los espejos, los dobles, el ajedrez, las mariposas, etc.) flotan en el gris y nostálgico aire de una infancia rusa maravillosa y distante: el exilio es el color de fondo de todos sus cuadros. “Siempre he pensado que una de las emociones más puras es la del hombre que recuerda su patria”, dice Sebastian Knight, personaje principal de una de sus novelas más perfectas y entrañables.

Sabemos por su libro de entrevistas, Opiniones contundentes, que le inquietaba la idea de regresar alguna vez a su natal Rusia (solía imaginarse regresando a su país “disfrazado” de turista americano y falsificando pasaporte). Sin embargo, también sabemos que cierto tipo de temor le desanimaba: la angustia de que, en el fondo, ese regreso no le devolviera lo anhelado y que, por el contrario, la visita malograra la belleza de sus recuerdos, que solían estar enriquecidos por el tenue resplandor de su ilusión.

En Mira los arlequines, por ejemplo, el autor describe a su protagonista regresando 50 años después a su abandonada Rusia, sin reconocer nada o quizá solo “la fachada de una casa de la calle Herzen”. Y es que lo que había perdido Nabokov, como bien señala el austriaco Gregor Von Rezzori, en su libro Forastero en Lolitalandia, “era mucho más que un punto concreto en el globo… Lo que a Nabokov se le perdió fue la realidad”.

Proveniente de una rica y aristocrática familia rusa, los años de su infancia, según relata en su autobiografía, Habla memoria, fueron muy intensos y por ello inolvidables: “cuanto más se ama un recuerdo más vivo y singular es”.

De hecho en la mayoría de sus novelas siempre existen referencias a esa infancia rica en experiencias, en que los valores familiares de la nobleza rusa son siempre exaltados y defendidos. Los deslumbrantes paseos con su madre para recoger setas en algún rincón de la extensa hacienda de verano; el fascinante estudio de las mariposas, con el que continúa una tradición que también practicaban su abuelo y padre; el aprendizaje del inglés a cargo de simpáticas preceptoras solteronas, sin duda fueron momentos decisivos para el escritor, pues en estos recuerdos Nabokov encontraría la riqueza poética y temática que ha de usar en la mayoría de sus libros.

Bryan Boyd, su biógrafo por excelencia, afirma que Nabokov muy pocas veces se queja de los difíciles años que vive, a partir de 1920, en Berlín. Al contrario de muchos de sus compatriotas exiliados, Nabokov no se obsesiona con el violento cambio de su situación económica: asume el oficio de la escritura como un destino. La pobreza, el exilio, la falta de reconocimiento son, más que obstáculos, acicates de su creación artística. Todas las noches y amaneceres berlineses se vuelca a ese “escritorio desvencijado” en el que compondrá algunas de sus obras más estimulantes (Desesperación y Risa en la oscuridad, son un ejemplo). Años después, ya famoso y renombrado por el éxito de Lolita, dirá con sorna: “En aquellos días, vivía en la indigencia material pero también en el lujo espiritual”.

No obstante, Berlín tampoco sería la última patria del escritor. El fantasma del nazismo lo obliga a dejar esta ciudad para ir a París, pues su esposa Vera es de origen judío. En la ciudad francesa, luego de haber sobornado a un funcionario para obtener los pasaportes y a pocos días de que Hitler se tomara París, los Nabokov —Dimitri ya había nacido— toman un barco para llegar en 1940 a la tierra en la que el autor ruso sería reconocido: los Estados Unidos.

Escritor extraterritorial, como piensa George Steiner, ni en su mismo lenguaje pudo obtener una patria, pues lo más importante de su obra la escribió no en ruso sino en inglés. Destino espectral, Nabokov parece flotar en un abismo, entre las orillas de la realidad y de la ficción, que le impiden tocar tierra sobre ninguno de esos flancos, dejando ese rastro impreciso, fantasmal, que los artistas revelan menos en el vivir que en lo que escriben, pintan o crean.

A él le viene muy bien lo que Flaubert en La educación sentimental concluye: “Cuando todo se ha perdido, entonces se escribe”. Por ello, no ha de ser nada extraño que para un autor como Nabokov, en una actitud muy similar a la de Borges, la “realidad” se presente como un juego, una broma, una artificial parodia construida con hechos precarios de los que el humano, lo mismo que el demiurgo que las creó, no puede sino burlarse. El tono cínico y escéptico de su prosa, por lo demás, no solamente se hizo presente en sus grandes obras de ficción sino en su propia vida. Así, basta leer algunas de sus entrevistas, no solo para “no creerle”, sino para reconocer, por ese rastro de ironía que deja ver en sus palabras, que se está riendo de nuestro amigo de la grabadora, de sí mismo y de nosotros, sus lectores.

No obstante, su fe en el mundo se ha de evidenciar en la tozudez y disciplina que pone en la creación de esas ficciones, que desde los 19 años ha empezado a esbozar, pues es en ellas que echará toda su energía y en las que uno percibirá todas sus desgracias pero también toda su fascinación por la vida. En sus principales novelas, Lolita, Ada o el ardor, Pálido fuego, la infancia queda plasmada con pasmo y deleite porque en las relaciones con esos recuerdos Nabokov actúa “como un niño al que dan una maraña de hilos eléctricos y al que se le exige que cree la maravilla de la luz”.

Detrás de las palabras están sus sombras. Y, efectivamente, la belleza inexplicable de una obra proviene de estas últimas, de esa zona inconsciente que domina el corazón de un artista. Sin embargo, para que esta niebla sublime y desconcertante se proyecte en un escrito, debió existir un instante (esa experiencia que según Balzac define a un novelista) que, como hemos visto en Nabokov empezó aquel día en que, junto a su hermano Serguei, huyó del Ejército rojo diciendo adiós a esos rostros del ayer perdido, rostros que volverían a “aparecer” ya no vivos, sino como reflejos espectrales en el espejo de su literatura.

Fuente: http://www.telegrafo.com.ec/cultura/carton-piedra/item/vladimir-nabokov-o-el-ayer-perdido.html

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