“La literatura debe ser violenta”

Ñ / 16 diciembre 2015

Por Diego Erlan

Entrevista. Frederika Finkelstein habla sobre su novela “El olvido”, elogiada por J. M. G. Le Clézio.

En su reciente libro Sortilegios de la memoria y el olvido, Hugo Bauzá recuerda que Harald Weinrich tiene un libro (Leteo. Arte y crítica del olvido) en el que se pregunta si no sería razonable concebir un ars oblivionalis del mismo modo que, en la tradición occidental, existe un arte de la memoria; en ese aspecto, el problema radicaría en ver qué porcentaje de olvido necesita o admite una cultura para poder desarrollarse “de manera saludable”. Weinrich recorre la historia de la filosofía para abordar esta relación entre memoria y olvido (ateniéndose particularmente en la segunda de las Consideraciones intempestivas de Nietzsche), a la vez que especula sobre el deseo –e incluso la necesidad– de olvidar, pero sin que ello excluya una crítica de lo que debe olvidarse. Una advertencia clave, entiende Bauzá, a la hora de juzgar un siglo XX sacudido por genocidios.

Esa relación (más bien esa disputa) entre memoria y olvido es la que se dirime en las noches de insomnio de Alma, la protagonista de El olvido, la primera novela de Frederika Amalia Finkelstein. Alma lo dice sin vergüenza: “Quiero anular esa infame Shoa de mi memoria y extraerla como un tumor de mi cerebro. Quiero que el abismo de la Historia la sepulte para siempre.” Su abuelo fue un sobreviviente de Auschwitz y ella, por eso, también es una especie de víctima. Siente bronca. Asco. Le molesta que Hitler se haya convertido en mito del mismo modo que Jesucristo o Michael Jackson mientras que las víctimas del horror se convirtieron en un cúmulo de cifras. Nada más. A pesar de eso, la novela de Finkelstein no pretende bajar línea. Entre el ensayo y el monólogo interior, entre el Sartre de La náusea y una versión esperanzadora de Houellebecq, el discurso donde suena en loop One more time de Daft Punk coquetea con el cinismo para reflejar la profundidad de un pensamiento en riesgo (“hay que purificar el cerebro de los horrores que lo colman, como huellas de excrementos bajo las suelas de las zapatillas”).

De familia argentina, Finkelstein nació en París. Escribió El olvido a los veintitrés años, mientras estudiaba Filosofía en la Sorbona. Habla en voz baja, con una timidez inversamente proporcional a la violencia que exhibe en su escritura. Los colectivos que circulan por Defensa hacen temblar las paredes del Bar Británico pero ella no tiembla al decir que es cierto, que su novela es un poco violenta.

–¿Cuál fue el punto de partida para escribirla?
–La de mi abuelo era una historia secreta en mi familia. Quise saber más sobre el origen de mi familia y al conocerla me di cuenta de que estaba ligada a la cosa más horrible del siglo XX. Mi origen estaba ahí. De alguna manera yo estaba ligada a lo peor.

–Partís de un secreto de tu abuelo pero, a la vez, escribís un libro en el que retratás tus propios miedos y tu bronca y tu odio sobre ese horror.
–Sí. No es un libro sobre mi abuelo, pero buscaba una necesidad para tener una necesidad para escribir. Y ese tema candente me abrió los ojos y me permitió escribir a partir de esa violencia.

–A pesar de tu juventud, hay bastante madurez en el libro. ¿Cómo te formaste para conseguir esa vehemencia en la escritura?
–Leo mucho. Para mí, un escritor es alguien que lee. Y yo leí mucho desde los quince años y en ese momento me marcaron las Memorias de ultratumba de Chateaubriand. O los libros de Faulkner, Bataille, Salinger. La Biblia es una obra maestra. Además, para mí la literatura es una ciencia. Como la matemática o como la historia. Pero es una ciencia particular porque hay una parte lógica y otra que se escapa: eso es arte. Leí mucho para aprender cómo escribir una frase. Para entender cómo se construyen los libros. Estudio filosofía porque funciona muy bien para ser escritora. Estudiar literatura sería una pérdida de tiempo. Hay que leer, leer todo el tiempo, pero nadie puede enseñarte a escribir.

–Además de encontrar una relación con Sartre, observo una afinidad con la alt-lit, esa nueva narrativa estadounidense en el nihilismo. ¿Pretendías hablar de tu época?
–Quise hablar de mi época, pero desde un punto de vista que fuera clásico. Como si mi novela fuera atemporal. Para mí eso fue muy importante. Muchas cosas contemporáneas que leo me parecen viejas. Tienen fecha de vencimiento. Y lo que quería hacer era escribir una novela contemporánea pero que fuera eterna.

–Es un tema complicado y hay frases incómodas. ¿Te sentías incómoda al escribirlas?
–Para mí, la literatura debe ser un golpe. Debe ser violenta. Y fue muy difícil escribirla. Me costó. Además fue extremadamente difícil reponerme de ese libro. Pero creo que fue necesario.

–¿Por qué era necesario?
–No puedo responder a esa pregunta, porque no lo sé. De manera más contingente: yo pensaba que faltaba un libro así en el paisaje contemporáneo. Y me pareció que yo debía escribirlo.

–¿Creés que el olvido es un derecho?
–Creo que es una necesidad. No creo que sea un derecho en el sentido de que el olvido sea natural. El destino del ser humano es olvidar. Y es más que un derecho: es una fatalidad. Pero también es una suerte. Porque puedes ser más libre.

–Planteás que Hitler quedó en la memoria y, al quedar como mito, él ganó. ¿Tu novela El olvido es un canto de la derrota?
–No, porque el libro no es un fracaso, no es una derrota. La victoria es el libro, el objeto. La contradicción de todo esto es que yo hablo de la desesperanza pero la salvación está en el objeto que se produjo. En la literatura.

–También puede ser una novela sobre la pérdida de inocencia. ¿En qué momento uno la pierde?
–Cuando te enfrentás a la pérdida de las personas que uno quiere. Por muerte o por lo que sea. De ese modo uno descubre la soledad. Y la soledad es el encuentro con la muerte. Y la muerte es el nihilismo, que es la sensación más exacerbada de la muerte.

–¿Considerás que esta es una novela nihilista?
–No, creo que es una novela de su tiempo y, de esa manera, no puede no ser nihilista pero, a la vez, se escapa del nihilismo.

–¿Cómo se articula esa contradicción?
–Por amor al estilo. Esa es la belleza. La belleza, para mí, es antinihilista. Y algunas veces, cuando leo algunas novelas contemporáneas, me siento mal. Me siento sucia. Espero que haya en este libro una forma de belleza.

–¿El estilo es la lucha contra el nihilismo?
–Exacto. Es una lucha silenciosa.

–¿Cómo puede superarse esa falta de sensación que experimenta Alma con respecto al Holocausto?
–“La ausencia de solución no es expresable”, dijo Bataille. Pienso que no hay solución para esa pérdida pero el libro es una forma de solución. No hay una solución, sólo hay momentos de salvación. Para mí siempre hay algo para hacer. Creo que por eso escribimos. Si no hubiera mirado mi biblioteca y me hubiera dicho que no vale la pena escribir, la literatura se detenía en ese instante. Y quizás, si hiciéramos eso, no tendríamos nunca más un momento de paz.

Fuente: http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/Frederika-Finkelstein-literatura-debe-violenta_0_1484251580.html

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Un comentario sobre ““La literatura debe ser violenta”

  1. Sólo diría que la literatura tiene que ser violenta cuando….tiene que ser violenta. Pero puede ser tierna, puede ser alegre, puede estar cargada de buen humor, de socarronería. Claro que al escribir una novela o un poema sobre el calentamiento global y el apocalipsis que se aproxima, o sobre el holocausto que perpetraron los nazis o el que reeditan, anora, los sionistas contra sus hermanos, tiene que ser violenta, y dura y aun cruel. Cínica también, si ello es preciso. Pero si te planteas los amores de seres que sobreviven a las durezas, puede haber ternura y alegría y esperanza.

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