El hombre que vino del futuro

El Telégrafo / 1 febrero 2016

Por Christian J. Kanahuaty

Todos lo conocimos como Kelver Ax, pero nos faltó tiempo para entenderlo en realidad. No había forma de lograrlo. Al menos no en mi caso, que solo lo conocí durante un año. La poesía nos puso del mismo lado, aunque yo aún veía con cierta extrañeza la que se escribe en Ecuador. Lo que se hace aquí es tan distinto a lo que se realiza en mi país natal, y al mismo tiempo más fuerte y conmovedor, por ello con Kelver la conexión fue inmediata, como lo fue también el silencio.

Supongo que fue un error no decirle que su poesía me parecía, entre otras cosas, un anuncio. Una forma de decir aquello que yo había deseado exteriorizar.

Para este momento ya tengo demasiados amigos que se han marchado por voluntad propia. Y sí, al principio es el desconcierto, luego aparece la confusión, que da paso a la rabia. Pero en realidad, todo eso no es sino parte de algo más grande: impotencia. Uno dice que podría ser suficiente con que la persona que se marchó hubiera logrado saber, antes de irse, que los demás lo queríamos; que lo admirábamos, pero no, no es suficiente. Al que se va eso no le sirve, porque ya lo sabe. Él sabe lo que vale. Y en el caso de Kelver creo que su arte, sus pinturas, sobre todo, son el reflejo de un hombre que ya sabía lo que era y que había logrado condensar, en unos trazos de aparente simpleza, todo un cosmos que de seguro nosotros no podremos ver mientras estemos vivos.

Kelver venía desde otro lado. Desde el lugar en el que todo está por nombrarse. Y eso me atraía de él. Es un error, pero cuando alguien me agrada de verdad suelo ser muy tímido y lo oculto de la peor forma: no dejo de hablar.

Con Kelver pasó exactamente eso. Las veces que lo encontré hablé más de lo que él habló. Pero había algo más. No era solo la apabullante catarata de cosas medio estúpidas que decía para llamar su atención. Lo que noté fue que él estaba feliz, y no hablo de esa felicidad de la infancia, donde todo da risa, porque todo es nuevo. No era eso. Lo que había en Kelver era más bien la felicidad de estar en paz. O al menos eso me parecía. Su silencio no era a causa de mis palabras. Su silencio era el reflejo de algo que latía por dentro; era su forma de decirnos que ya todo estaba hecho. Seguridad. Sí, y eso evitaba que hablara de su obra.

Recuerdo una conversación con Daniel Rojas Pachas, Cristian López Talavera, Juan Romero y Juan José Rodríguez —luego de un festival de poesía organizado por Andrés Villalba—. Alguien le preguntó si estaba trabajando en algo nuevo. Él dijo que sí, pero que no publicaría nada. “Aún falta. Esas cosas se hacen con calma”, y luego de un momento, agregó: “No hay apuro. Hay tiempo”. Para mí, que he cometido el abuso sobre el tiempo, pensando que siempre es esquivo y que se va de las manos, esas palabras me generaron vértigo. Me daba vergüenza sentir que yo quería publicarlo todo. Pero él no. Él solo quería esperar, porque cada cosa tiene su tiempo. Me gusta pensarlo de ese modo.

Ahora puedo saber que él tenía razón. Hay tiempo para todo, incluso para la muerte. Y es extraño porque creo mucho en conexiones ocultas, en sentidos comunes y generacionales, quizá por eso me siento tan cómodo entre los escritores (sobre todo los poetas quiteños): porque hay cierta familiaridad en nuestras pulsaciones. Villalba publicó un libro con uno de los títulos más lindos —casi perfecto— de la literatura de nuestra región: No te mueras joven, todavía queda gente a quien decepcionar. Estas palabras me parecen un mensaje ahora. Quizás Kelver las leyó y supo su verdadero sentido.

Sí, son palabras en contra del suicidio, pero también es una declaración de principios sobre nuestro camino en la vida. Estamos aquí hasta lograr algo. Kelver quizá ya lo sabía mucho antes. Sabía que no era cuestión de edad, ni de lo que se hacía. Pensaba, creo, que lo importante era más bien la intensidad en la entrega: darse al ciento por ciento en una labor que sería más grande que la propia vida. La obra. El oficio. El silencio. Esas cosas eran las importantes. La decepción, el miedo, la frustración sí podían estar presentes, pero no eran determinantes; y aunque nunca sabremos qué pasaba por su mente cuando hizo lo que hizo, sí podemos pensar que fue algo distinto al miedo y a la desolación lo que lo orilló a ejecutar el acto de mayor libertad sobre uno mismo. Quiero creer que solo estaba abriendo una puerta más. Que sí, pudo existir miedo y rabia, porque no había dinero o trabajo o algo más, pero también llegó a sentir que entre todas las cosas era más importante su vida.

Quienes nos hemos ido muchas veces de un lugar a otro, y empezado desde cero, es probable que entendamos un poco esa sensación. Lo que dejamos atrás no es tan valioso como lo que encontraremos al otro lado.

Nos duele un poco abandonar lo que hemos conseguido. Ya sea material o no. Las cosas, los objetos, nuestros libros. Todo eso es importante porque es nuestra opción de vida; es aquello a lo que nos entregamos por libre elección. Pero cuando nos vamos, la elección se hace más profunda. Más fuerte. Es un acto de agradecimiento con nosotros mismos. Kelver sabía que hasta ahí había llegado. Alguien que no está seguro pide ayuda, da señales. Y lo que Kelver hizo, dejándonos ciertas canciones en el muro de su Facebook, me parece que no fueron gritos desesperados pidiendo auxilio. Nos estaba pidiendo tranquilidad. Que lo entendiéramos.

Sus últimas palabras escritas, hasta donde sabemos, son esa serie de fórmulas que nos llaman al silencio: “shshshsshshshshshshs”. Alguien que nos pide silencio y que nos arrulla con él. No son palabras de alguien por quien debemos sentir rabia tras haber decidido irse. Debemos tratar de entenderlo, de acompañarlo en la distancia, en el silencio, porque ya sabemos que cuando uno de los nuestros se va, algo de nosotros se va con él. Pero es mejor que se vaya lo mejor, porque él era el mejor de nosotros. Sus pocas palabras sobre su propio oficio lo confirman. Esa es la verdadera seguridad. Es un acto de certeza absoluta, de claridad meridiana que te hace ser capaz de controlar lo que haces, y saber que dentro de ti está la tempestad. Y cuando se alza la mano para realizar la apertura de la puerta al más allá, eso no es más que la afirmación última por poner orden al caos. Venir del futuro no debe ser fácil. No en países como los nuestros, donde los convencionalismos y lo normal se aceptan y las rupturas no son bien vistas sino hasta después de la muerte del artista.

A Kelver quizás eso no le importaba demasiado. Él ya venía de otro lado, de más allá de las fronteras, y por eso la poesía anclada en su libro no es otra cosa que un diálogo sincero, tranquilo, pausado y meditado con la muerte, con su muerte y con su transformación. Por eso el título de su libro inédito: Taquión. El taquión es una partícula atómica que supera en velocidad a la de la luz. Esquemáticamente se sabe que la energía del taquión disminuye cuando su velocidad aumenta, y el valor mínimo del momento lineal es ínfimo cuando su velocidad es infinita; es decir, el taquión es tanto más estable cuanto mayor es su velocidad, con el límite en infinito. Esto podría resumir la vida de alguien como Kelver, que se volvió estable para nosotros conforme iba más deprisa. Se adelantó en todo. Pero no porque haya querido correr. No. Lo hizo porque esa era su naturaleza. No podía hacer más que rebasar los límites y convertirse en luz.

Fuente: http://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/carton-piedra/34/el-hombre-que-vino-del-futuro

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