La Fascinación de lo invisible*

Por Roberto Calle Barreto

 

nunca el mundo es un objeto ante nosotros que se pueda mirar

Martin Heidegger (1958, p. 75)

En las anteriores jornadas sobre Arte, Tecnología y Sociedad, convocadas por esta Facultad y Flacso, se mencionó, con mucha razón, que la tecnología tiene una relación muy antigua con el arte pues desde la aplicación de pigmentos rudimentarios, hasta el uso de soportes como la Internet involucran un conjunto de conocimientos y técnicas específicas que permiten un aprovechamiento práctico concreto. Los conocimientos y las técnicas evolucionan y son consecuentes con el desarrollo histórico y particular de las culturas: en  las pinturas de Altamira, “la Capilla Sixtina del arte paleolítico”, los arqueólogos han encontrado evidencia de un alto grado de sofisticación del conocimiento y la especialización de las técnicas, materiales y herramientas usadas en su ejecución. Se presume que algunas de sus pinturas rupestres fueron realizadas usando herramientas especializadas de silex para marcar un relieve en los contornos, los cuales se pintaron de negro con carbón vegetal en un solo trazo, no hay evidencia de repisados o correcciones, el interior de las figuras fue coloreado posiblemente mediante el uso de huesos huecos, a través de los cuales se soplaba el pigmento algo así como un aerógrafo primitivo. La tecnología está, no sólo en los instrumentos utilizados para aplicar el color o grabar la roca, sino también en los conocimientos y la experiencia necesarios para poner a trabajar esos instrumentos al servicio de la representación. A pesar de la innegable presencia de la tecnología, lo que nos maravilla en Altamira es mucho más que huesos, piedras y pigmentos. Lo que realmente nos “deslumbra”, son esos vigorosos bisontes pastando apacibles en medio de una oscuridad sin tiempo… un prodigio, sin duda.

Y es que el papel de la tecnología en el arte es el ser invisible, el quedar oculta tras lo que ha ayudado a construir. El primer pensamiento ante una obra de arte no va dedicado al pincel que hizo un trazo o a la amoladora que desbastó la piedra. El primer pensamiento le pertenece al “mundo” que plantea la obra que se está apreciando. Empleo aquí la idea de “mundo” de Heidegger, quien sostiene que en la obra de arte conviven dos elementos. El primero es la “tierra”, que en el ejemplo de las pinturas de Altamira, serían los colores, las formas, los pigmentos, los relieves en la piedra, la piedra en sí misma, elementos objetivos y perceptibles. El segundo elemento es el “mundo”, que es aquello que aparece en nuestra mente a partir de la percepción de la “tierra”, en el ejemplo aquí utilizado, más que las figuras de los bisontes serían los bisontes mismos, es decir, los animales nuevamente vivos en la imaginación del espectador y junto con ellos, los autores paleolíticos que, al pintarlos, nos han llevado a un mundo remoto ya inexistente.

No obstante la riqueza del “mundo”, el arte no está en el, ni en su descubrimiento, advierte Heidegger, sino en el acontecer de la lucha entre aquello que quiere ocultarse (la tierra) y lo que busca mostrarse (el mundo), ese proceso dialéctico produce “como por arte de magia”, la apertura de algo vivo, a partir de algo cerrado y muerto. En la obra de arte, el mundo no existe sin la tierra y viceversa. Lo interesante de esta definición es que aunque la tierraes lo objetivo y perceptible, lo que brilla es justamente lo que no se ve: el mundo.

Para explicar la naturaleza dialéctica del arte, Heidegger recurre a la idea de los “utensilios”, cuya definición se se puede extender a la tecnología en general, en la medida que ambos son de naturaleza instrumental. Para Heidegger, la razón de ser del utensilio está en su utilidad, y su cualidad material desaparece bajo ella, en otras palabras, en cuanto es un medio, el utensilio no es importante en si mismo, sino en tanto éste ayude a la consecución de un fin. En este sentido, la tecnología no tiene presencia propia, su ausencia está compensada en su uso exitoso. No se piensa en la sartén cuando se degusta un plato, ni tampoco en el lutier cuando escuchamos un concierto de guitarra, a lo sumo, quizás se piense en él si el instrumento falla y, en ese caso, sobresaldría la guitarra y su defecto, más que la pieza musical. La tecnología, en cuanto es exitosa, mantiene un bajo perfil y con mucha mayor razón en el arte, donde la consecución de su fin implica la deslumbrante presencia de la lucha entre lo que quiere permanecer oculto y lo que quiere develarse. Visto así, el notar algún protagonismo de la tecnología implicaría el fracaso en la consecución de su fin y al mismo tiempo la pérdida de su “esencia tecnológica”, lo cual, convertiría al utensilio en una cosa cualquiera.

Por otro lado, podría parecer que el arte siempre se ha expresado por medio de alguna tecnología, sin embargo, es bueno recordar que existen artes que no utilizan tecnología en absoluto, y no solo es que siempre han existido, sino que posiblemente sean las primeras artes desarrolladas por la cultura humana. Tales son, los cantos y danzas primitivos, las dramatizaciones y ciertamente a los relatos orales que aunque previos a la tecnología de la escritura son el antecedente de la literatura. Estas artes no emplean dispositivos externos para expresarse, su medio, en primera instancia, es el mismo cuerpo del artista y en segunda son los sonidos, movimientos y palabras; aplicando el concepto de Heidegger, el cuerpo, el movimiento, el sonido y las palabras constituyen la tierra y la interrelación de ideas y sensaciones que surgen a partir de las percepciones que ella produce serían elmundo. Visto de esta manera, resulta impreciso decir que el arte siempre ha estado acompañado de la tecnología pero mucho más importante, queda claro que se puede prescindir de la tecnología en el arte.

Si por un lado, la naturaleza de la tecnología obliga a su invisibilidad, y por otro, sabemos que no es indispensable su presencia para el arte, ¿cuál es la razón de discutir el papel de la tecnología en relación al arte?. Para responder esta pregunta invito a reparar en una similitud entre ambas, y es que, tanto el arte como la tecnología, tienen la capacidad de producir fascinación. Sí, tanto el arte como la tecnología maravillan, incluso sería posible afirmar que, en este sentido, el arte se va quedando “a la saga”. Y es que, la tecnología ha hecho reales las ilusiones de los magos: objetos pesados que se sostienen en el aire a su antojo; artilugios más pequeños que una bola de cristal que permiten la comunicación remota y que, cual oráculos de bolsillo, pueden aclarar inquietudes sobre cualquier tema. No se trata de subestimar las virtudes del arte, simplemente es posible admitir que, en la búsqueda de la seducción, puede más el asombro por “el último” prodigio de la tecnología, que las epifanías artísticas.

Día a día la tecnología sorprende con novedades en la medicina, las comunicaciones o la industria; en la tecnología parece cumplirse la promesa ilustrada de que el conocimiento racional vencerá, de ser necesario, a la misma naturaleza. Ante tal capacidad para cambiar la cotidianidad, no es de extrañarse que, apenas empezado el siglo XX, los futuristas hayan afirmado que “la magnificencia del mundo se ha enriquecido con una nueva belleza, la belleza de la velocidad…” (Marinetti, 1909) y que “un automóvil rugiente, que parece correr sobre la ráfaga, es más bello que la Victoria de Samotracia”.  La tecnología, para la sociedad de hoy, lejos de ser invisible se ha vuelto su protagonista.

En mi opinión, no es el momento de discutir cuán necesaria es la tecnología en el arte o cuánto la tecnología se ha vuelto un signo de su contemporaneidad. La relación más importante del arte con la tecnología, no está en el uso que hace la primera de la segunda, sino en el hecho de que ambas se disputan un mismo espacio de satisfacción de ciertas necesidades humanas y como hemos dicho antes, el arte está a la saga. Los futuristas lo vieron con claridad, en el campo de la fascinación humana, la tecnología es mucho más que su utilidad. En el camino por la consecución de fines prácticos, la tecnología generó un mundo propio que se renueva constantemente y se justifica en sí mismo. Un mundo que produce belleza, magia, placer y seducción. Curiosamente, lo mismo que el arte.

Trabajos citados

Heidegger, M. (1958). Arte y Poesía. México: Fondo de Cultura Económica.
Marinetti, F. (20 de febrero de 1909). Le futurisme. Le Figaro.

*Ponencia dictada en las Jornadas de Arte y Tecnología organizadas por la Facultad de Artes de la Universidad Central del Ecuador, junio 2014.

Fuente:https://lluviadecatsos.wordpress.com/2016/02/10/la-fascinacion-de-lo-invisible/

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