¿Cómo el piropo callejero se convirtió en una forma de acoso?

La comunicadora social caleña Sofía Carvajal Ríos. El libro fue impreso por la editorial Poemia y la Universidad Andina Simón Bolívar de Ecuador.
Foto: Gloria Hurtado | Especial para El País

El País / 17 febrero 2016

Hace solo unos años, Sofía Carvajal Ríos era una estudiante universitaria de comunicación social  a quien le gustaba caminar  por Cali pese a que – siempre pasaba– recibía todo tipo de comentarios sobre su cuerpo. En casa le habían enseñado que  la mejor manera de blindarse era ignorar aquello, seguir de largo, como si no ocurriera nada. Aunque ocurre, por supuesto.

Sin embargo, un día cualquiera, Sofía tuvo temor de un acto tan aparentemente sencillo como atravesar un puente. Dos hombres conversaban allí, y lo mínimo que le podía pasar, pensó, era escuchar de nuevo un piropo lascivo. Así que decidió dar la vuelta y tomar otro camino, mientras pensaba en un asunto: una práctica  supuestamente inofensiva como los piropos limitaba su acceso a la ciudad.

El tema lo conversó con otra mujeres que pasaban por lo mismo y Sofía vio la necesidad de nombrar  el problema, investigarlo. El resultado es ‘El piropo callejero, acción política y ciudadana’, un libro en el que, entre otras cosas, intenta resolver una pregunta:  ¿Cómo el piropo callejero se convirtió en un problema social al que es necesario reaccionar?

Sofía, en el libro cuentas que tuviste una primera aproximación al tema en 2008, cuando investigaste el piropo en Cali. ¿Hay alguna manera de diferenciar  el piropo caleño del de otras ciudades?

El piropo callejero se presenta en distintos países  y aunque tenga elementos comunes, cada ciudad aporta sus propios matices. En el caso de Cali, lo que arrojó mi investigación  era la influencia de imaginarios como el de la belleza de las mujeres caleñas y una necesaria actitud galante por parte de los hombres como forma de identidad. En cambio, en ciudades como Quito, el piropo gravita más sobre ideas como “la sal quiteña”, es decir el humor con picardía y si te vas a Cartagena o a Santiago pues serán otras las características.

Sin embargo, las consecuencias nocivas que tienen para las mujeres una práctica como esta, son las mismas en todas las ciudades.

En la investigación planteas que no se debe diferenciar un piropo callejero de un insulto. ¿Por qué? 

Con la palabra piropo solemos nombrar ideas antagónicas. Si bien le decimos piropo a lo que nos dice un desconocido en la calle, también lo hacemos para referirnos a un halago de nuestra pareja. Así que es común que lo usemos como un sinónimo de cortesía cuando en la calle suele ser un acto muy ofensivo y esto trae muchas confusiones, incluso resistencias al hecho de pensarlo como una forma de acoso.

El piropo callejero es una expresión de acoso al ser una valoración no consentida, regularmente muy agresiva y sexual, de nuestro cuerpo, que se hace desde el anonimato y con muy poca posibilidad de interacción. Que un piropo (callejero) sea bonito es algo realmente poco común; esta idea suele darse al mezclarlo con el cumplido, que sí es una forma de cortesía.

El piropo viene del teatro, de los trovadores, tiene raíces en la Colonia, y en ese entonces, era otra cosa a lo que es hoy.  ¿Por qué se convirtió, como lo plantea el libro, en  un problema social? ¿En qué momento nos confundimos?  

No nos confundimos, cambiamos la mirada sobre una práctica. La idea de que los piropos de antes sí eran bonitos y que los de hoy no lo son es bastante común y errada. Algo así “como todo tiempo pasado fue mejor”.

Desde la literatura, investigadores han podido identificar cómo el piropo callejero ha sido siempre objeto de rechazo para las mujeres. Lo que sucede es que antes estaba asociado a un tema de clase social.

En cambio, la interpelación actual se hace desde la defensa de los derechos. Las formas de usar el lenguaje en el siglo XIX seguro eran diferentes a las que se usan hoy, pero generaba también agresión para las mujeres. Así que la práctica, en esencia, no ha cambiado, lo que se transformó fue la mirada que le damos y las circunstancias históricas y políticas en las que nos encontramos y lo que estas nos permiten.

 ¿Cuál es tu concepto de lo que viene sucediendo en Cali con respecto a la mujer y  las múltiples formas de acoso? 

Considero que en Cali como en toda América Latina hay un despertar de conciencia y acción sobre el tema que viene principalmente de los movimientos de mujeres. No es solo el piropo callejero, es toda la visibilización de las formas de violencia contra las mujeres. No es solo Cali, es Quito, Bogotá, Lima, Santiago, Buenos Aires, Nueva York, Querétaro… que se están cuestionando lo que parecía incuestionable: ¿un piropo? Y que usan la tecnología para ello, que muestran los testimonios de mujeres, que mapean los sitios de acoso, que piden protocolos de atención para las mujeres  que sufren agresión en espacio público.
Sin embargo, creo que hay todavía mucho por hacer. Es necesario comprender que es un tema que debe ser trabajado de forma integral como ciudades, como sociedad. El acoso había estado identificado siempre en espacios domésticos o escolares, ahora también se reconoce en el espacio público e incluso organismos como Naciones Unidas llaman la atención de los Estados sobre esto. Hay mucho movimiento sobre este tema pero las ciudades siguen siendo espacios de violencia intensa contra nosotras.
¿Cómo afecta a la mujer este tipo de manifestaciones fugaces y anónimas?
 Nos afecta al ubicarnos en una situación de subordinación. Es decir, alguien que no conocemos y tal vez nunca más volveremos a ver, comenta sobre nuestro cuerpo o qué haría él con nuestro cuerpo y nosotras nos sentimos agredidas pero, en la mayoría de los casos, no respondemos para protegernos (de una agresión mayor) y así todos los días de la vida mientras vamos por la calle. Esta práctica suele hacer que tengamos accesos condicionados o reducidos en la ciudad y que se mantenga una estatus de privilegio de lo masculino sobre lo femenino como algo normal.
Desde que se sale a tomar el bus para la escuela o el trabajo, hasta que se regresa a casa en la noche, el espacio público se hace hostil mientras decenas de desconocidos opinan sobre tus senos.
¿Qué debe hacer Cali y el país para frenar este tipo de acoso?
Es necesaria la generación de conciencia sobre una problemática. Es decir, hay que nombrarlo, las mamás, hijas, papás, abuelas, tíos, primos, amigas, hermanas, tenemos que saber que esto está mal. Hay que cuestionar ideas que se han mantenido intactas por mucho tiempo como que el piropo callejero es algo positivo. Hay que dejar de enseñarles a los niños que hacer comentarios sobre el cuerpo de  las niñas hace parte de su identidad.
Las niñas deben saber que no está bien que alguien evalúe sus cuerpos; hay que saber que nadie busca enamorar con un piropo en la calle.  Es necesario que sepamos que es un tema de ciudad, que nos involucra no solo a las mujeres, sino a todas las personas que la habitamos. Se requiere un trabajo ciudadano muy fuerte, el apoyo de la academia y el compromiso del Estado. En mi caso trabajo sobre el piropo para que las ciudades puedan, de verdad, ser espacios también femeninos.
Fuente: http://www.elpais.com.co/elpais/cali/noticias/como-piropo-callejero-convirtio-forma-acoso

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