Un erotismo esquilmado: Tabús y transgresiones del cine ecuatoriano

El Telégrafo / 15 febrero 2016

Por Christian León

En una escena de Tiag: Lo que aún existe y es inagotable (1987), documental emblemático de Gustavo e Igor Guayasamín, se pone en escena una bellísima imagen de sexo entre personas indígenas. Empieza con unas colinas brumosas, en donde poco a poco aparecen los miembros de una familia. La cámara se acerca hasta encuadrar una serie de imágenes al interior de una choza en penumbra. A contraluz del fogón ardiente —donde se prepara la comida— se vislumbra a una niña y una pareja de adultos. En algún momento, casi en oscuridad total, se escucha: “Longuita tentadora, acompáñame, ya vamos. Escondiditos dentro de la paja, la pierna hemos de acariciar. Mi pajarito se levanta”. Esta escena es una de las pocas imágenes que el cine ecuatoriano ha producido sobre el erotismo en el mundo indígena. Su mérito acrecienta si consideramos que partiendo de una serie de planos documentales se construye una escena que alude y elude la sexualidad indígena y hace el tránsito del mundo social al mundo íntimo. Esto me lleva a dos cuestionamientos fundamentales: el primero, sobre la ausencia de imágenes de sexo entre personas indígenas; el segundo, sobre la dificultad que ha tenido históricamente el cine ecuatoriano para abordar el erotismo. En los imaginarios coloniales se representó a los indígenas como seres infantiles, por tanto, asexuados. Esos imaginarios, que aún perviven en el cine, han hecho de la sexualidad indígena un tabú de difícil de representación. Por otro lado, el realismo social, que ha caracterizado al cine nacional, implicó que por mucho tiempo prevaleciera la representación de las relaciones que se dan en el espacio público, y que la intimidad permaneciera omitida en su complejidad. Repasando las películas nacionales que he visto, me queda la impresión de que el sexo ha sido un tema secundario, representado visualmente a partir de elipsis, encubrimiento o metáforas y a partir de una serie de prohibiciones morales, sociales, culturales, así como a través de reglas estrictas para la relación entre los sexos. Mi hipótesis es que el cine nacional, sea por su herencia colonial, su estética social o para no meterse en problemas, ha representado al sexo con timidez, muchas veces de forma encubierta, como una realidad tortuosa, y de forma poco plural. Maticemos un poco el argumento. La puesta en escena del acto sexual es una de las tareas más complejas que puede tener un cineasta: el sexo en sí mismo es el espacio de lo inenarrable. Sabemos, gracias a Georges Bataille, que el erotismo rima con la muerte, es el umbral de lo social, de ahí que el filósofo francés llame al orgasmo le petit morte. Cómo filmar entonces aquel acto inenarrable que implica una afección pura, el desfallecimiento de las acciones y la suspensión de lo social. Tanto el porno como el cine erótico ensayaron una respuesta. Los grandes autores, desde Pasolini a Catherine Breillat, pusieron poesía al sexo explícito. Por otro lado —como es bien conocido— todo deseo se articula desde una subjetividad que inevitablemente está atravesada por tabús de género y sexualidad pero también por prohibiciones generacionales, de clase y etnicidad. Por esta razón, el cine ha sido un escenario en disputa para el posicionamiento de distintas formas de erotismo y sexualidad. En el medio ecuatoriano, donde el cine está dirigido a un espectador masculino, de clase media, urbano, blanco y fundamentalmente juvenil, es arriesgado exponer demasiado la sexualidad. La censura, el moralismo, el bien cívico y una serie de herencias coloniales han esquilmado la presencia de un erotismo diverso y transgresor. No todas las películas deben apelar al erotismo, y la sexualidad tampoco se limita al acto sexual, pero es llamativa la escasa y poco diversa sexualidad en el cine nacional. La mayoría de películas donde se narra o representa, permanecen prisioneras de una mirada androcéntrica, heteronormada que (elipsis mediante) limita la presencia de cuerpos desnudos y las muestras de placer sexual. En Dos para el camino (Jaime Cuesta y Alfonso Naranjo, 1980); Sueños en la mitad del mundo (Carlos Naranjo, 1999); Ratas, ratones y rateros (Sebastián Cordero, 1999), y Cuando me toque a mí (Víctor Arregui, 2008), el sexo directamente es ocluido de la historia. Sus personajes centrales no se relacionan sexualmente por inocencia, candor o dolor. Aunque el deseo entre personas de distintas regiones, clases y generaciones está presente, este permanece latente y nunca llega a realizarse en la historia o a visibilizarse en el encuadre. Filmes como A tus espaldas (Tito Jara, 2011); Pescador (Sebastián Cordero, 2012), y Mejor no hablar (de ciertas cosas) (Xavier Andrade, 2013), representan al sexo como un acto tortuoso, asociado al desencuentro entre distintos estamentos sociales. En estas películas se aprecia una especie de tabú que prohíbe las relaciones sexuales entre distintas clases y las castiga un trágico final. Cosa parecida puede decirse de las películas Cara o cruz (Camilo Luzuriaga, 2003), e Impulso (Mateo Herrera, 2009), que presentan elaboradas y hermosas imágenes eróticas que son la antesala al desencanto y la crisis afectiva en las clases medias. Realmente son escasas las escenas donde el acto sexual sea celebrado, plural y libre, más allá de los tabús morales, sexuales, clasistas y étnicos. Aunque en muchas películas ecuatorianas existen escenas de alcoba y relaciones sexuales entre sus personajes, pocas hacen del erotismo o la sexualidad su eje narrativo. Podría mencionar entre estos a La Tigra (Camilo Luzuriaga, 1989); A tus espaldas; Sin otoño, sin primavera (Iván Mora, 2012); Sexy Montañita (Alberto Pablo Rivera, 2013); La viuda del Tejar (Jorge Bastidas Zea, 2013), entre otras. En estos filmes, el sexo entre los personajes tiene un rol protagónico y es el detonante de la acción; en todos prevalece la mirada masculina que, como recuerda Laura Mulvey, se sostiene sobre la pulsión escópica que vuelve al cuerpo femenino su objeto de deseo. La atracción sexual se construye en una relación binaria entre hombres y mujeres que excluye las múltiples orientaciones del deseo. Se puede sostener que el cine ecuatoriano ha permanecido atado a un esquema heteronormado, que apenas hace poco empezó a cuestionarse. De estos filmes, La Tigra, de ambientación costumbrista, marcó un hito: fue el primero en explotar directamente el erotismo. Basado en el cuento homónimo de José de la Cuadra, reconstruye la historia de una mujer rural, indómita y salvaje que será aniquilada para establecer el orden civilizatorio. Narra con un sentido trágico la desintegración de un mundo primitivo mágico y mítico gobernado por los poderes sensuales y femeninos de la naturaleza. Si bien el imaginario de la salvaje devoradora de hombres es un fantasma masculino, la película tiene el mérito de introducir una mujer fuerte, activa y deseante, como pocas en la filmografía nacional. Después de La Tigra han sido pocas las novedades e innovaciones en el tratamiento de la sexualidad y el erotismo. El cine nacional continúa con una serie de representaciones bastante estandarizadas y algo timoratas. El sexo es representado como una realidad masculina, tortuosa y trágica. Habrá que esperar hasta bien entrado el nuevo siglo para hallar diversificación en los personajes, una pluralidad de deseos y un sentido gozoso de la sexualidad. Un hito en ese sentido es Sin otoño, sin primavera, que relata con un montaje no lineal la historia de varios jóvenes de la clase media guayaquileña: sus amores, desamores y crisis generacional. Triángulos amorosos, humillaciones sexuales, crisis matrimonial, y traición son la tónica de varias historias que se entrecruzan. El filme es crítico con instituciones como el matrimonio y la pareja. Sin embargo, trabaja una noción de erotismo atada a parámetros clasistas que reflejan la concepción de felicidad y placer de las élites blancas guayaquileñas. En medio del caos afectivo, la película construye personajes femeninos fuertes que toman las riendas de sus vidas, frente a masculinidades en crisis y declive. Frente a las representaciones del acto sexual sumarias y tortuosas a las que nos tenía acostumbrados el cine nacional, la película tiene al menos una escena de sexo celebratorio y gozoso. El cine ha trabajado poco el deseo femenino. Solo a partir de los noventa surgieron películas en América y Europa que tematizaron en toda su complejidad el erotismo femenino. Ecuador no escapa a esa tendencia androcéntrica. En primer lugar, hay pocas películas con protagonistas femeninas. En segundo, poquísimos filmes dirigidos por mujeres tienen una protagonista mujer. Qué tan lejos (Tania Hermida, 2006) y No robarás… (a menos que sea necesario) (Viviana Cordero, 2013), plantean un avance en la representación de roles de género: presentan mujeres con iniciativa; sin embargo, nos dan pocos elementos para imaginar un erotismo femenino. Ambas películas representan a las mujeres como seres poco sexuados. Por eso llama la atención una película comercial y tradicional como Retazos de vida (Viviana Cordero, 2008), en que desde el punto de vista de una clase alta, blanca y heterosexual, el cuerpo masculino se hace objeto del deseo de la mirada femenina. Cosa similar se puede decir en el caso de la representación de las diversidades sexuales. En filmes como Cuando me toque a mí; Sin otoño… y Mejor no hablar… muestran homosexuales de clase media y alta como personajes secundarios. Sin embrago, estos se construyen desde una mirada exterior que no se permite indagar sobre el deseo homoerótico. Solo recientemente, el cine nacional ha abierto los caminos para la representación de gais y lesbianas como personajes principales en un cuestionamiento abierto a la heteronormatividad. Feriado (Diego Araujo, 2013), El secreto de Magdalena (Josué Miranda, 2015) y UIO: sácame a pasear (Micaela Rueda, 2016) trabajan el homoerotismo desde un registro intimista que desafía la tradición androcéntrica del cine nacional. Estas cintas pueden entenderse como una especie de bildungsroman de adolescencia y conquista de una identidad. Mención aparte merece Feriado, un filme que aun sin mostrar las relaciones sexuales entre sus personajes, es pionera en centrar su argumento en una relación homoerótica (suficiente para ser censurada con una calificación para mayores de 18 años). La película narra la historia de Juan Pablo, chico sensible y delicado de clase alta que se siente atraído por un joven mecánico fanático del heavy metal llamado Juano. Araujo plantea con mucha delicadeza el encuentro y la atracción entre estos dos mundos y sus sensibilidades distintas. El filme es una poderosa crítica a los estereotipos sobre la masculinidad y los roles de clase: plantea la transgresión del tabú heterosexual (las historias amorosas solo pueden darse entre hombres y mujeres) y el tabú de clase (las relaciones sexuales deben producirse solo entre personas del mismo estamento social). Pese a este sentido crítico, la narración se focaliza en el deseo del joven acomodado, quien a pesar de su carácter introvertido asume un papel activo y protagónico. En una escena, los dos jóvenes se bañan en una cascada, y Juan Pablo recorre con los ojos el cuerpo de Juano. Por vez primera en el cine ecuatoriano el cuerpo del muchacho es objeto de deseo de la mirada masculina. Es curioso: ni en Feriado ni en Sin otoño… se consuman las relaciones entre personas del mismo sexo. Creo que en ambos casos existe aún un tabú sexual, como si las relaciones amorosas entre personas del mismo sexo fueran permitidas, pero sus relaciones sexuales no. En Sin otoño… es más evidente, ya que el tratamiento transgresor y desenfadado que tienen las historias entre personajes heterosexuales no es el mismo cuando del deseo lésbico se trata. Si los besos entre personas del mismo sexo aún causan escándalo, no se diga el sexo homosexual. Habrá que esperar a ver qué sucede con una película como UIO: sácame a pasear, que está por estrenarse este año. Tras este breve repaso por las transgresiones y los límites de la representación de la sexualidad y el erotismo de nuestro cine: quedan aún tabús por derrumbar antes construir una filmografía abierta al placer, a las diversas formas de la sexualidad, que nos permita comprender mejor cómo somos y deseamos

Fuente: http://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/carton-piedra/34/un-erotismo-esquilmado-tabus-y-transgresiones-del-cine-ecuatoriano

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