Siete días con Borges – Reportaje

Revista Común Presencia / 24 febrero 2016

Por Antonio Correa Losada

(Fragmento)

Nacido en Buenos Aires el 24 de agosto de 1899 y fallecido en Ginebra el 14 de junio de 1986, es una de las más altas voces de la literatura universal de todos los tiempos. Autor de una treintena de libros en los géneros de ensayo, cuento y poesía; su obra ha sido traducida a cincuenta idiomas y es uno de los escritores más estudiados del mundo, y de los pocos que ha logrado una incisiva influencia sobre la filosofía y el pensamiento crítico, al despertar reflexiones apasionadas de: E.M. Cioran, Foucault, Baudrillard, Blanchot, Derrida, Caillois, Deleuze, Steiner, Bloom, Eco…

Jorge Francisco Isidoro Luis, recibió numerosos premios y condecoraciones entre los que sobresalen: Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores (1944); Premio Formentor (compartido con Samuel Beckett, 1961); Doctorado Honoris Causa de la Universidad de los Andes (Bogotá, 1963); Insignia de Caballero de la Orden del Imperio Británico (1965); Miembro de la Academia de Artes y Ciencias de los Estados Unidos (1968); Premio de Jerusalén (Israel, 1971); Doctor Honoris Causa en Letras Universidad de Oxford  (1971); Premio Internacional Alfonso Reyes (México, 1973); Gran Cruz de la Orden al Mérito Bernardo O´Higgins (Chile, 1976); Doctor Honoris Causa de la Universidad de La Sorbona (París, 1977); Medalla de Oro de la Academia Francesa (1979); Orden al Mérito de la República Federal Alemana (1979); Premio Cervantes (compartido con Gerardo Diego, 1980); Gran Cruz de Alfonso X el Sabio (España, 1983); Orden de la Legión de Honor (Francia, 1981); Rosa de Oro como Símbolo de la Sabiduría (Sicilia, Italia, 1984)…

Autor de los libros de cuentos: Historia universal de la infamia (1935), Ficciones (1944), El Aleph (1949), La muerte y la brújula (1951), El informe de Brodie (1970), El libro de arena (1975) y La memoria de Shakespeare (1983). De los conjuntos de ensayos: Inquisiciones (1925), Evaristo Carriego (1930), Discusión (1932), Historia de la eternidad (1936), Otras inquisiciones (1952), Siete noches (1980), Nueve ensayos dantescos (1982), Atlas (1985). Y de los poemarios: Fervor de Buenos Aires (1923), Luna de enfrente (1925), El hacedor (1960), El otro, el mismo (1964), Para las seis cuerdas (1965), Elogio de la sombra (1969), La rosa profunda (1975), Historia de la noche (1977), La cifra (1981) y Los conjurados (1985).

 La crónica publicada a continuación, escrita exclusivamente para el número 11 de la revista Común Presencia por el poeta colombiano Antonio Correa Losada, quien fuera su lazarillo en Quito durante una inolvidable semana, abandona el esquema usual de las aproximaciones a Borges llevándonos a la intimidad de un ser que iluminaba su cotidianeidad con humorísticos destellos de sabiduría.

* * *

El azar —que podríamos llamar aquí objetivo— me llevó a ser el anfitrión de Jorge Luis Borges a los 28 años en el Ecuador, durante siete días entre noviembre y diciembre de 1978. Esta experiencia asombrosa e inesperada ha estado en mi cabeza como una gota de aceite durante veinte años.

El Borges que conocí

Siendo editor fundador del Círculo de Lectores del Ecuador en 1978, propuse como evento de presentación ante el medio cultural un encuentro de escritores hispanoamericanos, donde una de las figuras fuese Jorge Luis Borges. Esteban Serra Mont y los directivos alemanes acogieron entusiastas la idea, pero en el espacio cultural donde me movía en Quito la propuesta fue recibida como un baldado de agua fría. No era explicable que un joven socialista invitase a una de las figuras representativas de la derecha —en ese momento— símbolo y defensor de las dictaduras. Justamente meses antes Borges había sido recibido en Chile por el dictador Pinochet; encuentro desafortunado que relata García Márquez en una nota de prensa escrita en 1980, en la cual explica que Borges con un discurso ajeno a su literatura magistral saludó a su anfitrión con estas palabras: Honor inmerecido, salvador de la libertad y el orden, etc…, concluyendo el demiurgo de Macondo, que a partir de esta muestra de humor porteño: «Era fácil pensar que tantas barbaridades sucesivas sólo eran posibles para tomarle el pelo a Pinochet».

Es necesario recordar que Latinoamérica estaba inmersa en el debate político de las Izquierdas, retumbaban consignas de la Revolución Cubana y los más recalcitrantes dogmatismos. El Ecuador no era la excepción. En consecuencia me presenté ante los compañeros del Frente Cultural y expuse los motivos para realizar el Encuentro. Fui escuchado sobre una dura algarabía, poco frecuente entre los quiteños que hablan en murmullos. Ante la situación indiqué que cualquiera de los representantes de la Izquierda presentara a Borges como la posibilidad de establecer un debate inédito y enriquecedor. No aceptaron. Comprobé que el conocimiento del Borges de que hablaban estaba basado en el sesgo y la señalización. Me retiré expulsado de la reunión con el apoyo de uno o dos jóvenes escritores.

Además de mi evidente ingenuidad política, mi desconocimiento de Borges era igual al de ellos. Mi única y devota lectura en mi adolescencia sobre el autor había sido El Aleph y Otras inquisiciones. Entonces tomé la más delirante decisión, leerme todo Borges en los días que restaban para su visita. El exceso de libros y la fatiga en las noches me sacaron de tan errático y precipitado método. Un día al amanecer cerré uno a uno los libros que tenía extendidos sobre el escritorio, los ordené con alegría y dije: me interesa conocer —por fortuna— al hombre, a Borges, al individuo.

Borges en Quito

La ciudad estaba dividida en dos regiones, al sur la parte antigua, histórica, que en la década del setenta se movía con la lentitud de la Colonia, iglesias y calles adoquinadas. Al norte la ciudad fluía moderna en un tráfico moderado. También hacia el norte el aeropuerto Mariscal Sucre, a donde fui con Virginia Donmarco para recibir a Jorge Luis Borges y a María Kodama. Ese domingo 25 de noviembre de 1978 era un día soleado y de viento frío.

En la escalerilla del avión Borges erguido en sus 78 años, el cabello blanco de ralos mechones hacia atrás, vestido oscuro de sutiles líneas azules, camisa y corbata a tono le imprimían una sobria elegancia. Al acercarnos vi su rostro levantado, un ojo semicubierto por el párpado y el otro abierto y de mirada neutra. Como saludo las líneas de la boca se distendieron en un apretado murmullo argentino y al soltar nuestras manos el bastón de madera pulida en el antebrazo retornó a su mano derecha. Acompañándolo María Kodama, menuda de rasgos orientales, afable, de cabellera larga y grandes ojos acuciosos.

El primer acto público de Borges fue en la Universidad Católica de Quito. Los estudiantes abarrotaban el auditorio y una calle espontánea y expectante lo condujo hacia la mesa central donde lo acompañamos con el poeta español Juan Luis Panero.

El encargado de las palabras de presentación era un patriarca del periodismo en el Ecuador, ex diplomático en Buenos Aires, donde había conocido a Borges en la Biblioteca Nacional. Ante el largo y erudito discurso Borges me dijo impaciente: «Confío en que termine pronto, estoy fatigado con el inventario de mi vida».

Borges habló con esa lúcida cadena de hechos literarios que sólo su maestría podía hacer. Un tono fluido y suave con algunas interjecciones que llamaba alternadamente: ah, vaguedad, ironía o vanidad, fue iluminando las literaturas, sus formas de escribir, y señaló como su más alto crisol a la poesía. El público en silencio estalló en aplausos. Fue cuando percibí en Borges un secreto movimiento que se traducía al hacer girar con parsimonia su bastón y noté que lloraba.

Un estudiante preguntó: «Maestro, ¿qué diferencia siente usted cuando escribe en español o en inglés?» «Si usted tiene un dolor de muela, ¿cómo siente el dolor, en inglés o en español?», fue la respuesta apoyada en una leve sonrisa.

En la suite del hotel Colón Internacional donde estaba Borges con María Kodama —tenía el privilegio de entrar sin anunciarme— encontré a Borges en la sala principal como si estuviese en visita, y a María con un libro en las manos en sillas separadas. Hablamos de la programación del Encuentro y Borges me pidió poner la hora exacta en su reloj de leontina. Mientras giraba la cuerda pregunté: «¿De dónde es el reloj?» «De Roma, respondió, fue un obsequio de Italia». Confundido miré la luna del reloj, aparecía grabado una humeante locomotora y en letras negras y finas Ferrocarriles Argentinos. Le recordé que en el lobby del hotel lo esperaban los escritores para saludarlo. Se levantó y sin encontrar ningún obstáculo en su ceguera, entró al lavamanos que continuó oscuro con la puerta abierta. Desde la silla en que me encontraba frente al baño, con asombro lo vi enjabonarse el rostro y con la mano abierta palpar y extender meticulosamente la piel de sus mejillas para dar espacio y dirigir la barbera como si se afeitase ante un espejo. Luego fue al closet de su habitación, sacó una corbata azul y preguntó a María: «¿Está bien esta corbata?» María levantó sus ojos del libro, vio la corbata y dijo, «Sí, está bien Borges».

Era el exacto código de comunicación entre Borges y María, en esa exactitud percibí su ternura. Días antes María me había recomendado, nunca le digas maestro o Jorge Luis, dile Borges, es el único nombre que acepta, los demás los detesta.

Nos dirigimos al primer piso, en el ascensor le pregunté: «Cuando habló de Macedonio Fernández lo llamó genio, ¿qué es genio para usted?» Y me respondió: «Ah, aquel que desperdicia la inteligencia».

Se abrió la puerta. Le presenté al escritor colombiano Álvaro Mutis; al saludarlo le preguntó qué hacía —cuento y poesía, respondió Mutis—. «Ah, exclamó, nuestro infortunio, yo también hago lo mismo».

(Versión completa en el libro Grandes entrevistas de Común Presencia. Colección Los Conjurados, Bogotá, Colombia.

Fuente: http://comunpresenciaentrevistas.blogspot.com/2006/11/siete-das-con-borges-reportaje.html?m=1

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