Soy

Alejandro Velasco

Vine con las palabras más abyectas,
con las alondras
y los alcatraces;

traje los barcos,
los farallones
y las olas;

yo le traje a Dios
hasta la orilla;

le dibujé la sombra a los sonidos,
le grite a las tormentas,
dije malas palabras,
verbos tiernos,
que palpitaban,
que temblaban como pájaros heridos,
como hojas muertas;

yo vine con las montañas
y las golondrinas;

cada piedra del mar
fue puesta por mi mano,
cada peldaño fue esculpido
con mi aliento;

yo le puse el nombre
a cada grano de arena,
le bauticé a las olas,
dibuje a las nubes,
canté en los aguaceros,
pisé los charcos;

puse a la luna
y al café
del mismo lado,
para que no discutieran,
para que no se mezclaran
con la lluvia;

llegué con las madrugadas
trayendo el pan,
los besos
y las despedidas;

subí a cada montaña
con mi páramo a cuestas,
con mi neblina,
con el frío;

puse a cada pajonal
sus aguaceros,
sus conejos y el azul
con el que nacen los ojos del cóndor
y de los jaguares,
las plumas de las guacamayas
y una que otra angustia atiborrada.

Yo que llegué con mi hueso de cristal,
mi flauta de agua,
mi sonido de barro,
a cantarle a las putas
en plena eucaristía,
en cada orgasmo;

traje conmigo
a los dioses de piedra,
a la mandrágora,
a la peste;

me acompañó la cruz,
los buenos ladrones,
el que jugó a los dados;

vine con las drogas,
el alcohol,
el sueño de los mayas,
de los que levantaron Chichen Itzá;

vine con la epifanía de la bestia
que guarda las leyendas del norte;

me robé de los bosques
los hongos
y los puse a hervir;

vendí peyotes,
san pedros,
marihuana;

tuve sexo
en los sitios más oscuros,
en camas,
autos,
ascensores,
escritorios,
sillones,
en donde me ofrecieran
la bella y olorosa flor de los placeres,
en donde me dieran besos y tragedias,
maldiciones, heridas y traiciones;

he mentido millones de veces
mientras dormía en los portales,
mientras asaltaba a los transeúntes
de la madrugada;

quise llegar al Océano Pacífico
y acariciarle a cada pez
en su parte más agreste y única;

fui por los río putrefactos,
por las laderas repletas de basura,
por los nidos de las palomas,
por mi angustia;

yo que pude conocer a los venados
antes de que desaparezcan,
a los armadillos,
a los osos de anteojos,
a la víbora y su prole
antes de que los alcatraces
devoraran sus huevos;

llegué a ver
al zorro y al colibrí,
llegué a tocar a la mantarraya,
rozar al tiburón,
ver a la fiera;

yo que pude ver a Moscú
en plena noche,
resbalarme en la nieve
de sus muertos;

he bailado en la fiebre
de las borracheras,
en el frenesí,
en el aquelarre;

me embriagué hasta morir,
grité en Helsinki,
me conmoví en San Petesburgo,
con las narices más rojas
que he visto nunca;

he rozado sin pudor
y con una pobreza inexpugnable,
las nalgas de una mujer hermosa
en el tren que volvía de Miami
a un cuartito de migrante en Hollywood
de la Florida,
con una tristeza inmensa,
sin un centavo y con el alma en huesos;

yo que soy el destinatario del olvido,
la bestia humana
que suspiró en Bogotá
mientras ella dormía;

soy el que quiso fumar en Amsterdam
y se emborrachó en Peskí,
el que vio una luna inmensa
en el Puente del Humilladero,
mientras besaba a una guerrillera de las FARC;

yo soy tu piel,
tus lágrimas,
tu aceite;

el que no supo nunca como amarte,
el que se perdió en tu cuerpo
y todavía
no sabe como salir,
yo que soy una muestra gratis del mar,
el que anduvo por el Chimborazo,
el que tembló de amor en Guayaquil,
el que se atravesó por tus caminos
una tarde de Quito,
soy el que no pudo cantar,
el que no escribió más que en el viento;

pobre pelafustán,
gallinazo podrido,
incendio triste,
ahora me voy
sin nada ni nadie,
calladito,
con mis bártulos
y mi especie humana,
en silencio,
desnudo,
sin ti,
por la puerta de atrás
por la sombrita;

me voy,
justo cuando empezaron los asombros,
sin despedidas, hermano,
sin penas,
que para eso estamos
quienes no pasaremos a la historia,
los que no alcanzamos a llenarnos de mundo,
quienes recién habíamos aprendido a querer
a las mujeres,
no a comprenderlas,
que eso es otra historia;

me voy,
despídeme de los árboles,
de las lagunas,
de los glaciares
y de las muchachas;

diles que no me pude quedar
a las gotas de escarcha,
a la niebla,
a los guijarros
y a los matorrales;

a ella,
a ella no le digas nada,
mi hermano,
demasiado hizo con tratar
de quererme un poquito,
dale un respiro de silencio;

yo que le traje a Dios,
por estos basurales,
me dejo ir
por debajo de la tierra,
como cualquier
semilla.

Fuente : https://halejandrovelasco.wordpress.com/

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