Vete de mi hogar

Por Sebastián Ortiz

Vete de mi hogar, cruel espanto de dientes amarillos. Agazapado en la esquina más oscura de mi habitación, hecho bola y agarrado las piernas para que no se resbale un centímetro hacia la claridad. Cabeza calva y dientes purulentos. El hombre se adentra a las nocturnas heladas de su habitación, suenan risitas en cada esquina y las luces juegan en un trinar constante del paso de la corriente. Vete de mi hogar, criatura horrenda que luces temerosa. Sumido en sombras contemplas mi vago andar, revueltas las ideas abundan en tu cabeza, ¿Por qué no me has matado? Vete de mi hogar, sombra castañuela. Mi miedo es la miel de tus vastos deseos, vives del canguelo que resbala por mi frente.

Vete de mi hogar… El viento helado y fragoroso me servía de compañía; las calles vacías y con singular olor abrazaban mis pasos.  Nocturna criatura de dientes afilados me respira a la nuca y de un sobresalto regreso la mirada, —¿Quién anda ahí? Y el engendro burlón y pusilánime huye desmedido. Sigo el camino y un hombre tembloroso con andrajosas ropas se me acerca y estira su mano huesuda; las barbas tiene las puntas amarillentas y los dientes –los dos que le quedan- negros y torcidos, —¿Qué deseas, hombre de la noche? —Necesito tus ojos —me dice, y al verle bien el rostro a la luz de la luna me percato que aquellos hoyos oscuros y profundos le servían como “ojos”. Corro hasta llegar a una tienda esquinera, está cerrada; pero la única bombilla encendida que baila con el viento y se prende y se apaga me sirve de guarida. Se prende y se apaga.

Vete de mi hogar… Me silva la helada y se estremecen hasta los huesos. A pocas cuadras de mi casa empiezo a acelerar el paso. Nunca hay nadie por estas calles vastas de misterio, y ni a los perros se les ocurre recorrerlas. Ahora casi llego y la calle se estira y estrecha, las nubes grisean y el viento claudica. Ya no oigo más su soplido, y eso atemoriza, llego al terreno vecino y bailan las siluetas. Un hombre gigante desprovisto de ojos trepa la pared con sus horribles extremidades retorcidas como las patas de una araña peluda, suenan sus huesos y las uñas sangran al incrustarse al concreto. Una raya mal cocida le sirve de boca y su sonrisa chueca cuelga de cabeza.

Entre los matorrales aparece un hombre, se me hace conocido, es el mismo hombre que me pidió los ojos. Se acerca a una velocidad poco común y se le hincha la cara, camina con manos y pies. Sonríe al verme y estira su mano añadiendo lo siguiente, —Necesito tus ojos, necesito que temas a la muerte, al verme acorralado se me ocurre gritar; pero intento e intento y no suena los alaridos de angustia. Cierro los ojos, y al abrirlos, un rostro con unos ojos enormes abiertos de par en par, sonrisa burlona y gigante, nariz hinchada y rostro rojizo como tomate se me queda viendo.

Pálido e inmóvil el hombre coloca su mano sobre mi rostro y me arranca los ojos de un solo tajo, se escucha un gemido al fondo, uno de esos gemidos que no se escuchan en la normalidad de toda tu vida vivida; un gemido que podría haber salido de lo más profundo del  infierno; una mezcla de llantos con sollozos revientan mi cabeza.

Desde aquella noche no he hecho más que arrinconarme en las esquinas más oscuras de las habitaciones en dónde pernoctan las personas temerosas de la vida. Aquellas personas que temen a la muerte y evitan verla, espero el día en el que una de esas criaturas, aventurada se distraiga, rete a la muerte y arrancarle los ojos de un solo tajo… Vete de mi hogar, muchacho temeroso.

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