Umberto Eco y la cultura

24 febrero 2016

Por Ileana Almeida

En mis años de profesora de Semiótica de la Cultura, dos libros de Umberto Eco eran imprescindibles para el estudio de la Semiótica de la Cultura y el análisis del texto: La estructura ausente y El nombre de la rosa. En el primer capítulo de la primera obra,  resume el campo semiótico y descubre la esencia del signo, su carácter insustituible para la comunicación y su capacidad de abstracción y expresión de la realidad.  Asimismo, que la cultura -que es el mundo de los signos- con sus sentidos evidentes se escapa muchas veces a la perspicacia de quienes la observan o la practican. La pasión de Eco siempre fue entender la cultura y explicarla a los demás.

En este campo, enumera su  diversidad e integralidad. Las abejas danzan para comunicar y lo hacen con su propio código. Los perfumes, los sabores, los sonidos, los colores emiten señales codificadas. Los movimientos del cuerpo humano se elevan a la dignidad del signo. La risa es un signo momentáneo, pero la sonrisa es eterna. Los jeroglíficos mayas están codificados tantas veces que se vuelven acertijos, y nadie niega su mensaje estético.

El pensamiento de Eco está imbuido de humanismo, filosofía dentro de la cual caben el sensualismo y la armonía de la estructura. ¿Para qué encontrar la estructura y la articulación que revelan los lenguajes, si al final la estructura está ausente? ¿Por qué escuchar la radio, leer el periódico o el twitter, o ver la televisión, si los medios generan a la par certezas y desconfianza? Porque, de acuerdo a Eco, la fijeza de los códigos es momentánea y los signos se rebelan contra la quietud y la pasividad.  ¿Acaso el Romanticismo no derivó en prejuicios y decadencia, cuando no en cursilería?

En El nombre de la rosa la teoría del código  siempre  está presente.   Cuando le preguntaron a su autor si la novela versaba sobre la Edad Media, contestó que no, que la había escrito desde la Edad Media, poniendo en evidencia su idea central  de código, es decir, respetando  lo más estrictamente posible  lo establecido socialmente en aquella época. Así su texto describe con rigor la arquitectura de las abadías, las  normativas del comportamiento monacal y humano, las relaciones convulsas propias del miedo y los impedimentos de entonces.

La perfección de la novela es el resultado del método semiótico observado en su construcción. De comienzo a fin, una serie de signos estructuran la trama, un indicio tras otro nos lleva desde la muerte del primer monje  a dar con el asesino y descubrir la causa de tanto asesinato: ciertas pisadas, unos dedos amoratados. La iglesia, el cuervo, los hábitos monacales, el tañido de las campanas cobran significado simbólico Moría quien intentaba leer la Poética de Aristóteles, pues en aquellos tiempos se la tenía como un atentado a la fe, como un símbolo diabólico y pecaminoso, y el filósofo griego afirmaba que la risa puede acercarnos a Dios…

Eco presenta la rosa como un mensaje poético que provoca emoción;  por su forma y contenido le parece que es un ejemplo de esteticidad. Cita a Gertrude Stein: “Una rosa es una rosa, es una rosa, es una rosa…” Tal vez tanta emotividad le condujo a titular su más célebre novela aludiendo a la pureza del amor de Adso, el joven monje que narra el texto.

Siempre se recordará a Umberto Eco porque su pensamiento brilla con destellos de genialidad.

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