Cuando suceda

Por Alejandro Velasco

Cuando llegue a pasar, pongamos que me voy despacio; pongamos que me relajo, que no cobro mis haberes, que no doy propina al sepulturero ni dádivas al que pinta las criptas ni al que canta; pongamos que me voy calladamente por entre los espejos, que me bajo en el próximo cielo, que voy al fútbol, que maldigo callado, que me trago la lengua.

Cuando caiga el sol, cuando llegue a suceder, tienen que colgar mis palabras en los avisperos, han de guardar al silencio en su cajita. Para mis hijos: que canten los colibríes, que les abrace el agua, que les acaricie el viento; les dejo mi camisa tinturada de amores, les heredo mi sol, les regalo mi aliento, mis caminos. No tengo otra cosa que mis palabras viejas, no me queda más que mis historias. Les dejo mi sangre, mi piel, mis campanarios. Han de ponerse mis viudas muy contentas de saber en donde estoy, qué estoy haciendo; no vendrá la señora que vende los periódicos en el parque ni se darán los responsos más célebres y obtusos.

No voy a mancillar tu lengua que abrió tantos caminos, no iré marcando los árboles porque no intento regresar; no ensuciaré tu sombra ni tu nombre ni tus gritos; me voy como cualquier animal que viaja herido; no voy a pronunciar tu piel ni tus dedos ni tu estambre, caminaré desde hoy desprevenido, solo, por esas calles que se han torcido tanto.

Hoy, se retrasó la sombra, los brazos de cada quien se soltaron en vilo, la mano no toca a la mano, el pie no da con el trillo ni con la senda ni con las quebradas; la voz no encuentra el sonido, la oreja no capta; hoy, se adormeció el pecho sin espigas, se dobló el torrente, se interpuso el latido, se desdobló la quijada mi jamelgo, se hizo pedacitos oscuros el verbo que no cesa; hoy, el ombligo te nombra sin respuesta; hoy, te fuiste como hace tanto tiempo, con tus preguntas, con tus falsedades, con cada centímetro de olvido; la frente se cayó, los ojos, todo.

Que cuando me vaya sea por la tarde, así todos terminan con sus labores, con sus chismes acérrimos, con su café y se vienen a visitarme en comandita, como nunca, a contar chistes, a entibiar las bancas, a saludarse entre ellos, ya sin mi peso, sin esa presión en el pecho que les ardía, que les causaba mala impresión. Que sea entrando a la noche, pero sin lluvia, que llueva después de que todos se hayan ido, para que no se mojen, para que no me culpen de su atraso, para que no me den con el adiós en las narices.

Solo por esa vez, se quebrarán las piedras en columpios, los cristales se desharán del brillo, las nubes se caerán con estruendo soberano; el cielo va a seguir en donde está, pero manchado, sucio de dolor, partido en sus tres partes; el perro ladrará a su perra y la hierba crecerá, pero no tanto.

Que me dejen solo por la madrugada, cuando hace frío sin consuelo. Que pongan los dedos en la llaga, que saquen a sus gatos, que se laman los muñones, que se dejen crecer la pena hasta más abajo de la cintura. Que no se olviden de regar las plantas, de comprarle pan a la vecina, de sacar sus mugres y abalorios, de olvidarme. Que no se olviden de olvidarme.

Han de cortar los hilos con los dientes, para que se resbale esa sombra que se aferra a la pared; que sea despacio, sin dolor para mis amigos, sin angustia para ellas, sin deudas para mis deudos, que quedemos a mano, que nadie se quede sin su credo, que nadie se vaya sin su café, sin su hambre.

El sol comenzará a caer distinto desde mañana, los verdes han de subirse las pestañas con el rocío; la lluvia se encharcará en sus ojos, la mañana ha de festejar al aire que se ha abierto entre sus dedos; el amanecer nos va a encontrar dormidos, solitarios, con una sed inmensa; el sábado ha de ser un día necesario, el pájaro renunciará a su pájara, el agua traicionará a su río, el rojo ha de subirse a las montañas y va a gritar con desconsuelo; las ramas se han de quebrar, los nidos se han de caer y llegará la tarde con un fardo lleno de viento y de alaridos.

Con tierra taparan la tierra, el musgo crecerá, hacia el norte esta vez, para que refresque al sur, en donde tengo mi corazón de mal herido, de mal tratado, de mal querido, de aturdido, deshecho, acobardado; mi corazón que se quedó a dormir, justo cuando andaba dándole de pedradas a la duda.

¿Cómo será ese guijarro pedestre? Ha de estarse a la vuelta de cualquier esquina, silbando, bebiendo, trasnochando. Ha de volver después de tanto tiempo como vuelve el polvo a posarse en los hombros de cualquier abrigo, para viajar de gratis, para visitar a la familia. ¿Qué tendrá esa campana de barro? Suerte perra.

Hoy anduve por sus orillas y palpé unos vértigos tremendos, de esos que nacen de unos ojos que blasfeman tráfagos azules, terremotos; hoy me quedé en silencio junto a su silencio y miramos las montañas y perdimos al gris; hoy perdimos los dos, nos devolvimos los cuerpos, nos rasgamos el alma, nos despellejamos lo poco que quedaba y colgamos en la pared cada quien su olvido, cada cual su despedida.

El matarife ha de decir que se acabó como una manzana, como el trigo cuando se da a puñadas, a mansalva. Cada quien volverá por su cauce, cada cual se replegará, se hará un ovillo, un remolino, un tizne; con cada uno se atravesará la sangre, que antes fue compartida y alegre y cantarina; hoy, la neblina se ha vestido de luto y hace mucho frío.

Me iré con la canción más vieja, con los quejidos, con mis enfermedades y su suerte; me iré de perfil y menos roto. Solos nos vamos, cada cual con su atadito, con su suerte, con su pedazo de cartón, sus alcachofas y con un silencio que cala como cuchillo en vivo, matando.

Y nosotros que dijimos que íbamos a trazar el destino, a no sufrirlo nunca más, da de resultas que no pudimos vencer este trancón, este silbido. ¿Qué pasará con Dios si yo me voy? ¿Quién cuidará del perro y su ladrido lento? Han de poner geranios en las ventanas, plazas justo en donde están las plazas y las cosas que escribí las echarán a la suerte, como se hace con lo que es de todos: viento.

Si llega a pasar antes de que me de cuenta, les ruego tender sobre cordeles unas hojas en blanco; les suplico que ya no intenten Babilonias, que nadie quiera matar a la muerte, que se acuerden que el olvido existe y que hay que comer chocolate y guayabas en la oscuridad, que hay que amar a las mujeres y a su absurda manera de querernos; que hay que meterse los dedos en las narices, despotricar contra el odio, sumergirse en los charcos, olerse el dedo y darse cuenta que nadie huele igual todos los días. Que no duela pensar, eso es mentira.

Y, para los demás, que coman lo que les de la regalada gana cuando puedan, que no les crean a los médicos geriatras, ni a los sicoanalistas ni a las monjas, todos ellos están emasculados, son una porción de terciopelos, que raspan como lija en la entre pierna.

No nos vamos a engañar, nadie va empezar de nuevo, como la vida hace con las hojas muertas, como la muerte hace con las semillas, como el olvido hace con cada uno de nosotros. Nadie, excepto la excepción, ha vuelto nunca. Tienes un solo lance, una batalla, en la que libras lo que quieres ser y lo que eres.

En fin, que en la mañana nadie se quede a barrer después que me haya ido.

 

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