Kurt Cobain: el último disparo en París

David Fricke, quizás el crítico más respetado en la historia del rock, dijo que Kurt Cobain era lo más cercano a John Lennon que había existido en su tiempo. Con su muerte, a los veintisiete años, toda una generación quedó sacudida y huérfana. Mundo Diners habló en exclusiva con el fotógrafo que tomó las últimas fotos de Cobain y su banda, fotos que ahora se ven como una especie de presagio maldito.

Dinners / 2 febrero 2015

Por Santiago Rosero

Nirvana, la banda de rock más importante de los años noventa, arrancó a inicios de 1994 una gira europea para promocionar In Utero, su tercer y último álbum de estudio. El grupo dio seis conciertos en Francia y, durante esos días, hizo de París su base de operaciones. Cada vez que el cronograma le regaló tiempo libre, Kurt Cobain, cantante, guitarrista y compositor de la banda, fue a visitar a un amigo: el fotógrafo francés Youri Lenquette.

El estudio de Lenquette, un galpón de paredes crudas pintadas de azul, arrinconado en el número 102 del bulevar de la Villete, al norte de la ciudad, fue el refugio de Cobain. Allí gastó varias horas rasgando una guitarra, escuchando discos de bandas que no conocía, maravillándose con las fotos de las ruinas de Angkor que el fotógrafo tenía colgadas en una pared de su oficina. Así, por ejemplo, transcurrió la tarde del 15 de febrero de ese año, un día después de la presentación del grupo en la mítica sala Le Zenith, a la que los medios llamaron “memorable”. Solo por tratarse del día de San Valentín, Nirvana incluyó en su repertorio el tema Where Did You Sleep Last Night? en una versión “superior” a la ya magistral con que, en noviembre de 1993, cerró el legendario concierto Unplugged de la cadena MTV.

“Eran más o menos las cuatro de la tarde —dice el fotógrafo— y de pronto Kurt me dijo: ‘mira, si quieres, hoy podemos hacer una sesión, porque no tenemos buenas fotos con Pat Smear, el nuevo integrante del grupo’, pero yo realmente no le creí porque sabía que a él no le gustaba que le tomaran fotos”. Cobain se fue a su hotel. Lenquette, convencido de que la propuesta no era seria, despachó a su asistente y a la maquillista, y se fue a su casa a descansar. El teléfono sonó hacia las ocho de la noche, cuando se acomodaba en el sofá para ver la televisión. Era Cobain. Llamaba para avisarle que estaba por tomar un taxi, con el grupo completo, para ir al estudio.

Lenquette y Cobain se conocieron en diciembre de 1991 en el Festival Transmusicales, en la ciudad de Rennes, al noroeste de Francia. Encomendado por la legendaria revista francesa de rock Best, el fotógrafo fue hasta allá para convencerlo de que le permitiera documentar la gira que Nirvana iba a realizar en Australia a inicios del año siguiente. Y lo logró. En febrero de 1992, Lenquette voló a Sidney para ir detrás del grupo pero con la consigna de seguirle la pista muy de cerca al cantante. Renuente como era a los reflectores de la prensa, Kurt Cobain canceló varias veces las citas para hacer retratos, y con frecuencia dijo que no cuando Lenquette lo tenía ya encuadrado en una situación, digamos, casual.

El fotógrafo fue paciente, tomó su distancia, extendió su estadía junto al grupo y, aunque durante las tres semanas que pasó en Australia, apenas pudo hacer unos cuantos disparos, su prudencia logró acercarlo al cantante. “Yo tenía 35 años, él veinticinco; me convertí en una especie de hermano mayor para él —dice el fotógrafo—. Simpatizamos de entrada porque teníamos los mismos gustos musicales. Yo estaba enganchado con el garage punk y escuchaba casetes en mi cuarto de hotel. Él, que tenía insomnio, vino una noche a golpear mi puerta porque le llamó la atención la música. Le encantaba descubrir cosas nuevas. Hablábamos de todo y de nada, de la vida. En la intimidad, él era muy abierto, divertido, pero también se cuestionaba muchísimo. En público, se encerraba en sí mismo”.

Cuando la banda estaba por ir al aeropuerto de Sidney para tomar su vuelo de regreso a Estados Unidos, Cobain le dio a Lenquette diez minutos y fueron por detrás del hotel para que hiciera las fotografías. Finalmente, esas imágenes no se publicaron porque llegaron a Francia luego del cierre de la edición de la revista. “Por esa experiencia —dice el fotógrafo—, yo no le creí a Kurt cuando esa tarde en mi estudio me dijo que hiciéramos la sesión, pero luego entendí que era verdad y tuve que improvisar todo”.

Eran las diez de la noche, Lenquette no disponía del tipo de película que utilizaba habitualmente y tuvo que usar una que casi no conocía. Llamó a un amigo fotógrafo para que lo ayudara con el montaje de la pequeña producción y le pidió a su novia que trajera su estuche de maquillaje. Kurt Cobain estaba demacrado, tenía eczema y parte de su cara estaba cubierta por llagas rojas.

Aunque angustiado por lo imprevisto de la sesión, Lenquette logró montar el set y a eso de las once de la noche empezó a disparar su cámara Hasselblad. Primero, las fotos con la banda completa: planos abiertos, medios y cerrados. Los muchachos jugaron con el vestuario, se divirtieron. Luego, Kurt Cobain le pidió a Lenquette que le hiciera retratos solamente a él. “Fue ahí cuando sacó de un bolso una pistola .22 Long Rifle y empezó a posar con ella. Me pareció un poco raro, pero como yo seguía preocupado porque salieran las fotos, no pensé siquiera en preguntarle cómo la había conseguido, y tampoco si estaba cargada”.

Kurt Cobain había tomado el hábito de llevar la pistola consigo. “Luego supe que, dos días antes de la sesión, Kurt hizo un escándalo en una pizzería de la avenida de los Campos Elíseos. Parece que se enojó porque no quisieron atenderlo y entonces sacó la pistola y dio algunos tiros al techo”, dice Lenquette. Cobain logró huir y se embotelló en su habitación del Hotel Warwick, que quedaba a pocos metros. 48 horas después —Converse negros de caña baja, Levi’s clásico ajustado por encima del ombligo, suéter de lana verde raído a la altura del cuello y de la cintura— posaba frente a su amigo apuntándose en la sien y por dentro de la boca. También hizo el ademán de apuntar a la cámara y sopló el humo de un cigarrillo al cañón estrecho de la pistola. “Luego de cinco o seis fotos con el arma, le dije que ya era suficiente —dice Lenquette—, y que si quería podíamos cambiar de accesorio. Entonces tomó una corona de plumas negras que yo había traído de Zimbabue y se la puso, pero no soltó la pistola, se pasó la mayor parte de esa sesión jugueteando con ella”.

Cobain parecía divertirse, pero estaba destrozado. Según sus biógrafos, ya a estas alturas su condición maniaco-depresiva era evidente y se había potenciado con el consumo de drogas. En esas condiciones, el peso de aquella gira sobrepasaba su resistencia emocional y física: el mánager del grupo había cronometrado, para menos de dos meses, 38 conciertos en 16 países. “Kurt estaba muy deprimido —dice Lenquette—, tenía mucha paranoia, creía que sus compañeros de grupo lo despreciaban. Yo no creo que era así, pero era muy difícil hacerle cambiar de percepción. Estaba pensando en separarse de la banda”.

Los únicos alivios que encontraba Cobain, breves y alucinados, sucedían cuando tenía la aguja de una jeringa clavada en el brazo. Una de las tardes que gastó en el estudio fotográfico, le pidió a Lenquette que le consiguiera un contacto para comprar heroína. El fotógrafo se rehusó e intentó disuadirlo a su manera. “Él quedó fascinado con las fotos de las ruinas de Angkor que yo había tomado en Camboya y que tenía colgadas en el estudio, y por eso, le propuse que al final de la gira nos fuéramos de viaje allá. Le dije que siempre que las cosas se habían puesto difíciles para mí, la mejor cura había sido comprar un pasaje e irme a un lugar desconocido”. A Cobain le gustó la idea, la vio como un proyecto, pero eso era el futuro; aplacar su ansiedad, en cambio, era urgente. No le insistió a Lenquette, pero le preguntó dónde podía encontrar punks y dónde quedaba Stalingrad, una zona turbia del norte de París, no muy lejos del estudio. Lenquette no pudo detenerlo y le mostró el camino, pero al cabo de unos minutos reaccionó imaginando lo que podía pasar si Cobain iba a buscar droga por su cuenta. Fue tras él y lo encontró a pocas cuadras, aturdido por el síndrome de abstinencia. Lenquette lo calmó y le ofreció llamar a un conocido suyo que también era adicto. “Ya que era inevitable —dice el fotógrafo—, lo mejor era asegurarse de que la droga fuera de buena calidad”. Gabriel D., el contacto de Lenquette, se convirtió en el proveedor de Cobain durante su estadía en Francia: se vieron cinco o seis veces y Cobain pagó siempre por las dosis de ambos.

El cantante pudo calmar su desesperación, pero seguía hundiéndose. “La primera vez que Kurt compró —dice Lenquette—, tenía suficiente para una semana, pero se la acabó en una sola noche”. Con encerronas en el hotel rehusándose a salir para los conciertos, con atisbos de sobredosis, con muestras de paranoia por un mundo que sentía venírsele encima, Kurt Cobain viviría en Francia la antesala del desastre.

Nirvana haría finalmente solo quince de los 38 conciertos pactados para esa gira. El último de ellos, el 1 de marzo, en Munich, duró poco más de una hora. Cobain sufría una bronquitis crónica y una laringitis aguda. Había perdido la voz, así como la fuerza. El 3 de marzo intentó suicidarse en la habitación de un hotel en Roma mezclando champaña con una fuerte dosis de un sedante llamado Rohypnol. Casi un mes después, el 8 de abril de 1994, apareció muerto en su casa a las afueras de Seattle. El informe de la policía señaló que Cobain se había suicidado disparando un tiro de rifle dentro de su boca, pero también que en su sangre habían 225 miligramos de heroína, una cantidad tres veces superior a la dosis letal. Según expertos, esa cantidad dejaría a cualquier persona totalmente incapacitada para disparar un arma. Por otro lado, como indica Lenquette, Cobain solía inyectarse dosis elevadas de heroína, evidentemente, su cuerpo había desarrollado tolerancia a la droga, quizás lo justo para que alcanzara a halar el gatillo. En todo caso, de no haberlo hecho, habría muerto de sobredosis.

En marzo de 1994, Youri Lenquette puso a disposición de su agencia las fotografías de aquella sesión, pero por un instinto de precaución conservó para sí las más sensibles, aquellas en las que su amigo se apuntaba a la cabeza. “Al ver esas fotos, pensé que tenían un lado un poco mórbido —dice Lenquette—, y como tenía bastantes más, guardé esas para mostrárselas a Kurt y asegurarme de que estuviera de acuerdo en que yo las vendiera”. Pero sus agentes habían visto esas fotografías y apenas la muerte de Cobain se volvió noticia, quisieron que las pusiera a circular. “Mi agencia me puso mucha presión para que vendiera las fotos. Había mucho dinero de por medio, alrededor de 80 mil dólares, pero yo sabía que esa plata solo podía venir del tipo de prensa de la que Kurt siempre quiso escapar, la prensa que no estaba interesada en Nirvana ni en la música, sino en el morbo de la noticia. Vender las fotos no hubiera sido bueno para la memoria de Kurt ni para mi carrera; no podía comprometer mi ética y el respeto que me había ganado como fotógrafo de músicos. Por último, también pensé en que, si un niño se mataba por imitar a su ídolo, quizás al frente de una foto mía, yo tendría que vivir con eso por el resto de mi vida, y creo que no hay dinero que pueda curar esa vergüenza”.

Las imágenes menos dramáticas de esa sesión circularían en diversos medios, pero las más trágicas acompañarían el duelo de Lenquette archivadas en un armario. Al cumplirse diez años de la muerte de Cobain, en 2004, las sacó por primera vez y vendió dos de ellas a una revista estadounidense. “Me convencieron de que iban a hacer un artículo muy respetuoso, pero al final hicieron algo un poco escandaloso. Me sentí traicionado, por eso nunca más le vendí a la prensa las fotos en las que Kurt aparece apuntándose”.

La historia se archivó por otra década, hasta que el año pasado, al cumplirse el vigésimo aniversario de la muerte del cantante, Lenquette encontró la forma de liberarse de ellas. En la galería Addict, de París, montó la exposición The Last Shooting. “Pensé que, para no tener que publicarlas en la prensa —dice el fotógrafo—, una exhibición sería la mejor manera de mostrarle esas fotos a la gente. Sabía que quien fuera a verlas iría porque estaba interesado en Kurt Cobain y en Nirvana, no en el escándalo”.

La muerte de Kurt Cobain provocó un cisma en la vida de Lenquette. “Después de lo que pasó —dice—, se produjo un cambio dentro de mí. Sentí la necesidad de aprender de música con otra energía. Yo soy un hijo del rock and roll y vivía fascinado con la mitología de ese mundo, pero luego de ver a ese joven matarse en condiciones tan estúpidas, esa magia se rompió. Al año siguiente, empecé a escuchar música latina y africana, y prácticamente empecé una nueva carrera”.

Lenquette dejó de fotografiar el universo del rock, pero no le fue fácil desprenderse de la etiqueta el-último-fotógrafo-que-retrató-a-Nirvana. “En mis veinticinco años de carrera, he trabajado con varios artistas y he hecho, creo, cosas interesantes; pero las fotos de Nirvana, por haber sido la última sesión de ellos, por la importancia que tuvo Kurt Cobain para tanta gente, por el aspecto supuestamente premonitorio de lo que pasó después, se volvieron más grandes que yo mismo”.

Durante su carrera, Kurt Cobain posó varias veces llevándose un arma a la cabeza, pero las fotos de Lenquette que lo muestran así, al haber sido tomadas apenas dos meses antes de la muerte del cantante, sirvieron para despertar conjeturas de las que el-último-fotógrafo-que-retrató-a-Nirvana también ha tenido que hacerse cargo, aunque sea para desestimarlas. “Yo creo que fue solo una triste coincidencia —dice Lenquette—. Si fueran un mensaje, serían la prueba de que él era una persona cínica. Si vas a utilizar a un amigo tuyo para hacer eso y no se lo dices, debes ser un completo manipulador, y él no era nada de eso. Él era completamente verdadero y eso explica su éxito. Si veinte años después de su muerte la música de Nirvana todavía le habla a la gente, es porque esa música tiene algo muy verdadero. La otra razón que me hace pensar que no se trató de un mensaje es que él estaba muy interesado en conocer las ruinas de Angkor. Lo último que me dijo, cuando ya estaba por irse en un taxi luego de aquella sesión de fotos, es que cuando regresara a Estados Unidos iba a averiguar todo sobre la visa para ir a Camboya, y que me iba a llamar”.

Fuente: http://www.revistamundodiners.com/?p=4559

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