Toñito

Por Geovanny Pangol

Todas las mañanas llegaba quince minutos antes, se ponía su overol azul desteñido, se pasaba la peinilla por sus cabellos negros y lacios. De forma disimulada se persignaba y rogaba a todos los santos por sus hijas, la salud de su padre y el alma de su madre. Durante veinte años realizó la misma rutina, al principio los compañeros de trabajo se burlaban de su puntualidad y fidelidad con la empresa, pero con el paso del tiempo, ya nadie se fijaba en su obsesión.

¿Cómo ha estado tu noche Toñito? –Como siempre– respondía. Sus pocas palabras y su dificultad para conversar habían sido parte de la desgracia de su vida. De pequeño, mientras todos salían corriendo al recreo, Toñito se refugiaba en un aula vieja que servía de bodega de los pupitres destartalados de hacía decenas de años. Como que fuera prófugo se metía dentro del cajón de un escritorio y solo levantaba la cabeza cuando escuchaba que alguien venía, desde allí miraba el techo de zinc y podía ver los rayos de luz cayendo, como chorritos.

Creció en un ambiente de silencio, preso en su soledad; la única posibilidad de compartir con los demás eran los infaltables campeonatos de fútbol. –Eres el mejor Toñito, chuta que haríamos sin nuestro delantero estrella-. No importaba cuántas patadas o puñetes le dieran en los partidos, él en la ducha los miraba orgulloso y acariciaba los moretones, como si fueran heridas de batalla.

En esta época Toñito está más solo que nunca. Su padre, un viejo de 80 años lo acompaña, pero es como si no existiera. Por las noches se sientan en unos sillones de madera, de esos pesados con mangos a los lados, de color rojo vino, que no hace juego con nada de lo que se encuentra a su alrededor. Los dos pasan mucho tiempo sin decir una palabra, ni siquiera se miran. A la hora de dormir, como que estuviera pactado, los dos se levantan y van a sus camas que están juntas. Se ponen sus pijamas. Piensan en algo y se quedan dormidos.

Los domingos se rompe la rutina de la semana, fútbol en la mañana, almuerzo en el kiosco de la esquina y en la tarde a mirar la casa donde viven sus hijas. Cuántas ganas tiene de ir y abrazarlas, pero su timidez no le permite acercarse. Miles de veces ha pensado qué decirles al tenerlas al frente: -Estoy harto de ustedes, por qué maldita sea no me van a visitar. De hoy en adelante van hacer lo que yo diga… Al diablo con su madre.

Luego mira su reloj y corre. Abre la puerta y le grita a su papá, que se encuentra en el sillón de siempre – Hay que ir a misa-. El padre se levanta, pasa la mano por su cabello y sale de la casa. Atrás le sigue Toñito, lo alcanza y van los dos al mismo paso. Su brazo se extiende y va a parar al hombro del viejo. Juntos van al único lugar donde el silencio es su aliado.

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