“¿Se acuerda de mí?, maestra Gómez”

Por Elena Vásconez / 8 Junio 2016

“Tiene una semana para largarse de aquí, a donde no le lleguen ni los rayos del sol”, salió gritando enfurecida la inspectora Gómez. Cerrándome la puerta en plena cara. Horas más tarde, cuando corrieron lista, ya nadie me nombró, aunque yo seguía en el pupitre de siempre esbozando a lápiz la forma del anciano con alas enormes encontrado en el patio de Pelayo. El ángel cautivo que alborotó, sin darse cuenta, a todo el vecindario.

Después de recreo, la inspectora Gómez volvió a buscarme. Esta vez junto a cinco maestras que apenas había visto pasar por ahí con regla en mano y gritos destemplados. El batallón del terror interrumpió la clase de sociales que iniciaba y me llevó, casi de un brazo y otro, a un aula apartada. Cerraron la puerta con doble seguro. Me sentaron en medio. Por la cercanía, percibí una mezcla extraña de olores. El aroma penetrante del perfume caro que utilizan las señoras versus el casi imperceptible dulzor de la colonia “Mujercitas” que me regaló mi abuela el día de la primera comunión.

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Al inicio, el regaño fue por la apariencia. Así que, mientras la retahíla de acusaciones fluía y entraban en calor, sobre todo ellas, porque yo estaba más fría que una lagartija, fui retirando las cascaritas de esmalte azul metálico de mis uñas y, con la manga del saco, me limpié, al apuro, el brillo de labios sabor a naranja. Yo se fregó, dije calladito. Empezó el dolor de estómago.   

Las maestras venían con el mensaje que la rectora mandó a decir. “Por orden de la autoridad y por la gravedad de su falta, el colegio le hace extensiva la siguiente solicitud”:

(Resumiendo)

Retirar la documentación personal sin dejar huella en los archivos de la institución; desocupar, con carácter urgente, un cancel viejo donde guardaba cuadernos, esferos de color con escarcha y golosinas; además, si alguien hacía preguntas, tenía la obligación de responder que me iba por motivo de viaje. “Usted invéntese a dónde”, insinuaron. A España, al Medio Oriente o a la Antártida. Mientras más lejos mejor.

¿Puedo decir que me voy a morir? –pregunté-.

Se miraron unas a otras.

Como sentí que me querían borrar del mapa…

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“A ver, le aclaro que esta no es una expulsión. El colegio no es lugar para las adolescentes que van a ser madres y han fracasado. Mejor quédese en la casa. En esas condiciones, por usted nadie dará un solo centavo”, argumentó la inspectora Gómez concluyendo la frase con un “le deseamos suerte” medio desabrido y desconcertado, quizá porque se vio a sí misma varios años antes de ser inspectora.

“Hay unos cursos de tejido y cocina. Eso le puede servir para que le haga unas chambritas a su hijo o hija y para que se adapte a la nueva vida que usted misma escogió”- me aconsejó otra maestra-.

“Oiga, ¿se va a casar? ¿Quién es pues el padre del guagua?”  -preguntaron-.

“Yo creo que puede estudiar belleza, aunque con un hijo y el marido le veo complicado…” -dijo alguien más-.

“Lo que sí mijita, quedarse sola no es bueno. De las madres solteras siempre hablan y no vale andar en boca de todo mundo. Usted tan feita no es, así que, de no ser con el padre del guagua, busque a alguien y pídale el favor” -Todas asintieron-.

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¿En qué nos parecíamos el viejo con alas enormes y yo? Mientras los vecinos de ese cuento que tanto amé hacían toda clase de conjeturas sobre el futuro del viejo con alas enormes, sobre mi vida las maestras auguraban lo propio.

No se podía esperar más de una muchacha que hizo cosas de grandes. “Eso le pasa por andar de loca y en la calle”. “Con uno y con otro ha de ver estado”. “No ha de saber ni quién es el padre” murmuraban a mis espaldas. En ese tiempo ningún decreto prohibía la expulsión de las alumnas embarazadas. Había la libertad de juzgar y cerrar las puertas de los colegios a las madres adolescentes y a sus hijos. Lavándose las manos hipócritamente.

¿Y si la embarazada fuera su hija? – qué ganas de decirlo, pero no-.

Como repitieron hasta el cansancio que la juventud no tiene valores, regresé al aula, guardé las cosas en mi mochila y quise salir de inmediato. Casi sin regresar a ver. No por falso orgullo sino por miedo, por pánico frente al hecho de no saber qué hacer ni a dónde ir. A la final, cuando intenté atravesar el portón grande nadie me detuvo.

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Por primera vez corrí como un animalito salvaje y libre, sintiendo ansias de largarme en serio y no volver nunca más. Maldiciendo, triste a la vez. Las lágrimas se perdieron entre lo que no pude decir para defenderme. En la reunión inquisidora, las maestras hablaron por tres horas seguidas. Yo solo pedí disculpas e hice una pregunta. Nada más.

Durante los nueve meses siguientes soñé con la sentencia de la inspectora Gómez. Eso de “por ti nadie dará un centavo” me causaba pesadillas y hasta creí que era verdad. Sin embargo, al poco tiempo, un colegio nocturno, por el que nadie daba un solo centavo, me abrió las puertas con mi hija en brazos y con mis ganas de continuar. Ser parte de la gente a la que nadie le tiene fe me hizo cabrear tanto que un día dije ¡Se jodieron!

En cierta ocasión, volví al colegio del que me expulsaron. Antes, lo pensé varias veces. Eso de dejar pendientes no es lo mío. En fin, el lugar aún olía a tinta de esfero y sonaba la radio en la conserjería. Entre los pasillos caminaba la inspectora Gómez. Volví a los 16 y de nuevo tuve ganas de salir corriendo. ¡Piensa, cabecita y detente corazón!  Han pasado diez años. ¡Esta vez no te expulses tú! ¡Qué carajos!

-“¿Se acuerda de mí?, maestra Gómez” – al inicio le costó-.

-¿Cómo te fue? ¿Qué hiciste de tu vida?- dijo un tanto nerviosa-.

-Sabe, nunca fui a la Antártida, aunque me hubiese encantado -respondí-.

-En ese momento no supe cómo actuar con las alumnas embarazadas. Yo quise, yo pensé que lo mejor era…-.

-Profesora Gómez, sólo quería agradecerle. Su frase del centavito fue una sentencia y un aprendizaje-.

-Estas flores son para usted-.

De ahí en adelante pude cantar sin culpas “cinco centavitos de felicidad”, a propósito de…

 

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