El mito de las calificaciones universitarias

A finales de la década del noventa e inicios del dos mil –años de descalabro de la economía ecuatoriana, donde el proyecto neoliberal se consolidaba a través de la dolarización y de un estilo de vida en general–, se configuró uno de los tantos mitos que envuelven a la universidad, uno que tendía a explicar la forma de evaluación de los profesores a los estudiantes.

El mito decía más o menos lo siguiente:

Como casi todos los semestres, a unos quince días de terminar el ciclo, una buena parte de los profesores (con salvadas excepciones, o más bien dicho, “coincidencialmente” los de contrato[1], porque los otros, los acomodados y con nombramiento de por vida afirmaban el mito), en su mayoría hombres, pedían a todo el alumnado que realizase un pequeño ensayo, entre 6 y 8 hojas, para mirar el desempeño académico. Solicitaban escribir sobre algún tema desarrollado en las clases impartidas durante todo el semestre. Valga decir que las horas clase podían ser contadas con los dedos de las manos, así que los temas eran tan limitados como el mismo número de clases. En el ensayo se debía utilizar la bibliografía que la/el alumno creyera más pertinente, no había la exigencia de citar a un número determinado de autores porque ni syllabus había, así que era, “literalmente”, libre.

El profesor justo a los quince días, incluso unos días más, recogía los ensayos. Los recopilaba, almacenaba y los amontonaba en un cancel. Era un número más o menos considerable de ensayos, quizá unos 100 o 150. Esto dependía del tiempo de dedicación de cada profesor y de las materias impartidas, a veces 2, a veces 3. Todo dependía de la relación laboral del profesor con la universidad.

Luego de esto, más o menos a los quince días de haber terminado el período para colocar las notas del semestre, el profesor se llevaba todos los ensayos a la casa. Ahí empezaba un segundo momento del mito, iniciaba un espectáculo clandestino, íntimo entre los ensayos y el profesor. Cada profesor, después de tomarse un buen descanso, tomaba todos los ensayos, se los llevaba a la cama, los miraba, los pesaba, “bastantes son”, como quien tasa los naipes de la partida ganada del cuarenta, se subía a su cama, se paraba de frente a la pared y empezaba a lanzarlos cual ramos de rosas de los recién casados. Todos iban el techo del cuarto. Los exámenes se esparcían por todo el lugar, parecía una lluvia de papeles blancos convertidos en una alfombra parcelada por el A4 de cada hoja. En todo este acto el profesor no se tardaba mucho, eran pocos segundos, justo como tarda el ramo de rosas de los matrimonios, paradójicamente el profesor se demoraba más amontonando todos los ensayos en el cancel de su oficina.

Posterior a esto se cerraba el círculo del mito. Si los exámenes caían con la cara hacia arriba, mostrándole el frente al profesor, éste colocaba una nota, si caían hacia abajo colocaba otra nota. En ambos casos el azar determinaba las notas.

El mito azaroso de las notas era una parte más de la vida en la universidad, se convertía en un imaginario que todos los estudiantes tarde o temprano conocían, se convirtió en un secreto a voces.

Actualmente, en la primera década del dos mil, tras una fuerte aplicación, consolidación e interiorización de las políticas neoliberales (aunque se diga lo contrario desde el poder estatal), basadas en la calidad y eficacia del mercado ancladas en la educación superior, se ha tendido a cambiar esa realidad no tan lejana y que incluso hoy se repite.

Los resultados a primera vista son dos: malas noches por parte de quien ahora corrige y malas caras por parte de los evaluados.

Al parecer es necesario volver al mito, al menos se evitaba las malas caras.

[1] Valga también decir que sobre todo los profesores a contrato llevaban una vida casi de militante.

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