Requiem por un dealer

A los 84 años murió Toño Acuña, el ‘dealer’ muy popular en la Cali de los 70. Luis Ospina lo recuerda

Las 2 orillas / 13 junio 2016

Por Luis Ospina / Fotografía Susana Carrié

Me acabo de enterar que falleció en Cali a la edad de 84 años “Toño” Acuña, benemérito proveedor desde principios de los años 70s hasta el final de sus días de la más pura especie de mango viche punto rojo. Todos los buenos catadores del ahora medicinal bálsamo recordamos con cariño y gratitud a este personaje inolvidable, por más que digan que la cannabis acaba con la memoria. Acuña fue un dealer indispensable en ese paraíso artificial que fue el Cali de los años 70s y 80s, hasta que llegaron los hermanos Rodríguez y diversificaron la venta de estupefacientes gracias a su larga experiencia como farmacodependientes, es decir, como dependientes de las droguerías Drogas La Rebaja.

A “Toño” lo conocí en la Ciudad Solar en 1971 como zapatero ya que le reparaba los zapatos a Hernando Guerrero, fundador de dicho centro cultural cum comuna hippie. Luego sus visitas se volvieron más frecuentes porque en esa vieja casona del centro de Cali encontró más clientela para la venta de bareta que para la reparación de calzado. Acuña hacía su ronda diurna por sitios estratégicos del centro de la ciudad que iban desde la Gobernación, donde tenía clientes de la política local, al Café Tabú, donde su clientela era de viejos marihuanos, el TEC, donde el teatro se dividía entre los que la consumían y los que la satanizaban, hasta terminar en el Café de los Turcos, donde era conocido como “El psiquiátra” por sus clientes asiduos, entre los que nos contamos los cineastas del Grupo de Cali, activistas políticos vergonzantes de todas las doctrinas: mamertos, socialistas y maoístas, así como hippies de todos los países y pelambres que venían de paso en busca de paraísos artificiales a precio de realización.

dealer

Acuña, aparte de ser un gran conversador, también era un inverosímil prestidigitador; con la habilidad del pickpocket de Bresson introducía en nuestros bolsillos su mercancía sin uno darse cuenta. Habilidad que adquirió cuando pasó una temporada en el infierno de Nueva York practicando el “cosquilleo” en los ascensores de los rascacielos de Wall Street. Su película preferida era “El Rata” (“Pick Up on South Street”) de Samuel Fuller con Richard Widmark como un carterista de poca monta que roba por equivocación un secreto atómico en el metro de Nueva York. A “Toño” le encantaban las películas de gangsters y de cine negro, especialmente aquellas protagonizadas por James Cagney, que él pronunciaba como “Jámes Cagnéy” y, desde luego, Richard Widmark. Disfrutaba mucho contando la escena cuando este villano rubio y exaltado arroja con una brutalidad apabullante a una indefensa mujer en silla de ruedas por las escaleras. Pero su pasión por el cine no paraba ahí. Como sabía que yo era cineasta me prensaba y empacaba en un rodillo su mercancía y lo personalizaba dibujando una cámara de cine con una dedicatoria que decía: “Para el gran Poncho.” Además de servir de inspiración con su producto excelso para la gran mayoría de las películas que rodé en Cali, Acuña participó como actor en algunas películas caleñas. En “Carne de tu carne” (1983) de Carlos Mayolo hizo su debut en la gran pantalla haciendo de campesino guaquero acosado las fuerzas del mal , en mi documental “Arte sano cuadra a cuadra” (1998) hace un cameo a lo Hitchcock en un plano secuencia de tres cuadras rodado en la mítica Avenida Sexta y en “Entrecuartos” (2002) de Luis Merino como “un anciano taciturno entregado a la tarea de liar cigarrillos”. En los créditos de algunas películas mías aparece en la sección de agradecimientos ya que gracias a sus buenos oficios lo considero como una suerte de coautor intelectual de mi trabajo cinematográfico desarrollado en Cali.

Cuando abandoné Cali y me fui a vivir a Bogotá en 1995 “Toño” Acuña, que no era su verdadero nombre, siguió siendo mi proveedor y me mandaba por Expreso Bolivariano unas panelas de cuarto de libra empacadas impecablemente y selladas con goma de zapatero que ni el perro más avorazado podría detectar. Hasta que un buen día el paquete no llegó y ni modo de hacer el reclamo. En consecuencia tuve que cambiarlo por un jíbaro local.

Desde ese entonces solo lo vi una vez hace unos seis años. Conseguí su teléfono, que ya era celular, y nos pusimos una cita para hacer la entrega. Esta vez el lugar señalado fue al frente de la sede del TEC. Apareció impecablemente vestido de blanco. Volvimos a trabar amistad, hablamos de los viejos tiempos y nos despedimos no con un adiós sino con un hasta luego.

Cuando estuve gravemente enfermo de cáncer durante mi película “Todo comenzó por el fin” una amiga actriz caleña, por su cuenta y riesgo, me trajo en el avión un paquete de parte de “Toño” con unos magníficos moños de la mejor bareta de Corinto como medicina para mi padecimiento. Creo que funcionó porque ahora gozo de buena salud.

Acuña, los marihuaneros no te olvidamos.

Fuente: http://www.las2orillas.co/la-muerte-del-primer-jibaro-de-cali2/#.V2LQmv0ucVI.facebook

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