Dos obras latinoamericanas en los albores de la constitución del Estado – Nación

Por Christian Arteaga

 

INTRODUCCIÓN

América Latina, se ha concebido desde varias aristas, y por su propia lógica intrínseca creó un palimpsesto en cuanto su constitución, no solo como continente, sino como imaginario y productor de sentidos, a más del lugar donde se conviven con visiones heterogéneas y radicalmente opuestas. Tenemos, históricamente, el campo de la literatura, que sirvió como enclave del proyecto capitalista en ascenso; asimismo, una literatura que logró introducir mediante un plus del lenguaje -al decir de Jaques Derrida1[1]– la phoné como posibilidad de resignificación del lenguaje dentro de la propia hegemonía de la gramática occidental, por tanto, se suceden varias propuestas de comprensión desde las letras. Por ejemplo, en el siglo XVI no existió ninguna posibilidad de creación épica, con la única excepción de La Araucana de Alonso de Ercilla (1533-1594), que sería el único intento de describir a América Latina y su posibilidad de justificación y resistencia hacia el conquistador. Luego, los escritos místicos de Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695) y Juan Bautista Aguirre (1725-1786), en nuestro caso, son formas comprensión desde las letras al continente. El siglo XIX facilitó la lectura de cómo Hispanoamérica erige un dispositivo dentro de la conciencia criolla, para que desate procesos independentistas y posteriormente, esa conciencia, se consolidara en las repúblicas nacientes, –descontando la debacle del proyecto bolivariano que quedó en planes tras el asesinato de Antonio José de Sucre (1795-1830) y la muerte de Simón Bolívar (1783-1830)-.

En ese contexto aparecieron autores y textos que denotaban la conciencia del XIX, verbigracia de aquello tenemos en los inicios de dicho siglo, en México a Fernández de Lizardi (1776-1828) con Vida y Hechos del famoso caballero Don Catrín de la Fachenda, más adelante estarían los cubanos José María Heredia (1803-1839) en poesía y Cirilo Villaverde (1812-1894) con la novela Cecilia Valdez o La loma de El Ángel; en el Perú Aves sin nido de Florinda Matto de Turner (1852-1909)  y De sobremesa de Asunción Silva (1865-1896) en Colombia.

En tal escenario, los casos que estudiaremos en esta tentativa es el Facundo de Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888) y Nuestra América de José Martí (1853-1895), ya que estos textos, primero, viabilizan a entender a los escritores como poetas civiles y segundo, por cuál sendero se encaminaría la lógica del Estado nación latinoamericano.

En tal plexo, hemos de iniciar por Sarmiento para posicionar una visión de América y sus letras y posteriormente con José Martí como contingencia y disputa a ese sentido de gobierno y de conciencia hegemónica que empezaría a consolidarse.

HACIA UNA LECTURA DESCENTRADA DE FACUNDO

En el presente apartado plantearemos un corpus metodológico en los siguientes términos: primero, indicaremos el contexto del debate entre civilización y barbarie en que se desenvuelve el imaginario americano desde su literatura; y segundo, los rezagos históricos de este debate tomando como referencia inicial el libro Facundo de Sarmiento.

El texto Facundo es decidor para las letras hispanoamericana en el siglo XIX, no únicamente por su esteticismo en términos de una construcción literaria que dio cuenta de varios géneros en una misma propuesta. Es decir, se desplazó del ensayo político a la descripción novelesca de la vida de un personaje –momento de la infancia de Facundo Quiroga, momentos de su vida como la anécdota del jaguar y la relación con su padre-, introdujo la entrevista como recurso literario, utilizó el flashback y el testimonio para dotar de mayor fiabilidad acerca de lo que se está narrando. Pero, además, es significativo que tal escrito sentó las bases de cierto imaginario en cuanto al debate de entre Civilización y Barbarie, ya que la obra diseñó una serie de cuestionamientos en cuanto a la identidad desde la categoría y construcción del mestizo o el criollo[2], transversalizado por la constitución tardía del Estado-nación y su analogía con el proyecto de una cultura nacional.

En esa línea, la idea de nación que cruza la obra de Sarmiento hizo énfasis en la idea estereotípica del colonialismo español como detrimento de un orden social, y más bien propuso ser cuestionado a la luz del modelo colonizador anglosajón –de ahí la admiración del autor por los gobiernos ingleses y norteamericanos- lo que posibilitó entender por qué la propuesta de civilización está enmarcada en la idea de razón, ilustración y sobre todo de intelligentzia mestiza a la cual hay que acceder por vía de la superación de lo barbárico o lo indígena. Si profundizamos más, la obra de Sarmiento no sólo es una crítica al sentido de gobierno y organización que en ese contexto se tomaba cuerpo a cargo de los chapetones criollo, a saber: la arremetida de Rosas a los unitarios, la diatriba mordaz a la figura de Quiroga como égida de lo bárbaro, el sentimiento de desastre que cubre a la República de Argentina, etc. En tanto que esa propuesta llenó esa retórica vacía que había expuesto Susana Rotker[3], no sólo con lenguaje sino con un sentido performativo, ya que se adscribe al derrotero de hacer lo que se dice, por ejemplo: la eliminación -no sólo simbólica- de los indígenas sino de manera fáctica en casi todo el territorio argentino. Lo curioso que resultó ya en perspectiva, es cómo a través de una cultura letrada, el Estado naciente elaboró un proyecto de cultura nacional excluyente, y la diferencia -en este caso el indio- sirve como fuerza de trabajo y la parte racional o “cultura de conocimiento” lo cumple el mestizo o el criollo.

Problematizando, la obra de Sarmiento enuncia un universo comprendido por las nociones de cultura letrada, de “mestizaje ideal” en analogía al discurso de las clases dominantes, que se ha perfilado como una necesidad para la constitución de un proyecto que: primero, diera cuenta de un sentido hegemónico de la historia, es decir, la visión univoca de una historia nacional. Segundo, no matizara las diferencias, al contrario, las elidiera bajo las concepciones de unidad nacional. En ese horizonte, el mestizaje ha sido reforzado a contradicción de su propio discurso, como un proyecto que no es nacionalista pues, ayudado por la racionalidad occidental propuso modelos abstractos de gobernabilidad que obnubilaron y obstaculizaron la posibilidad de cambiar las estructuras existentes, ya que a provecho de la objetividad disolvieron los procesos emancipatorios de características incluyentes. Lo que no quiere decir que no imprimiera sentido, pues en Facundo logra apreciarse que: “La actividad de la sociedad en su dimensión cultural, aun cuando no frene o promueva procesos históricos, aunque no se imponga una dirección u otra, es siempre en todo caso, la que les imprime de sentido”.[4]

Asimismo, el mestizaje ideal planteado por Sarmiento no es predeterminado, al contrario, su sentido es otorgado desde la cultura, como un cuerpo homogéneo. Pues se comprende a este como un cuerpo abstracto que poseía estrategias para calar en los imaginarios de los otros, y cuando se plantea el acercamiento al otro, no es más que su proyección de sí mismo, de sus propios deseos. Por eso se llega percibir que el ataque a lo que se considera bárbaro, sea corporalizado en el mundo indígena como fantasmático o lo que se encuentra fuera de la ciudad: la pampa inextricable. Como puede colegirse, el mestizaje se levanta en la contradicción, una cultura oral o visual frente a una cultura letrada, una violencia originaria entre palabra-imagen y letra. Esto determinó si es un proyecto nacional o no, el que requería construirse en el caso argentino. Paradojalmente, Sarmiento, enuncia en un primer momento su desprecio por el gaucho, para después transmutarlo a sujeto donde se afirmaría la identidad nacional argentina, lo que probaría cómo en un momento el sujeto ideal para Sarmiento, que es el inmigrante europeo, se trunca, para adjudicar al gaucho como posibilidad de constitución de una civilización, expresando el desbordamiento de ese mestizaje ideal a uno real.

Para concluir con este breve excurso, es importante indicar que el debate entre civilización y barbarie entra en el mismo parangón de la discusión de cultura y naturaleza, ya que en el caso de Facundo, la cultura y civilización la detentan quienes se alejan de manera absoluta con lo que implica una conciencia americana, andina o propia si se quiere; en tanto naturaleza y barbarie está inscrita en la incomplitud, sea esta geográfica o de cosmovisión en la corporalidad a la que hay que superar para convertirse en pensamiento. Empero, su contrasentido y extravagancia –en la lectura actual- es que si bien se mantiene cierta impronta del debate propuesto por Domingo Sarmiento, se lo ha puesto de cabeza y comprendido en su propia negatividad como perturbación de la materia y se convierte en ese algo que se le escapa a la letra. Podría ser el silencio.

LECTURA SOBRE NUESTRA AMERICA DE JOSE MARTI[5]

Esta sección iniciará con un análisis sobre la categoría de mestizaje como constitutivo de la formación del Estado–nación en Latinoamérica y, finalmente, una enunciación de la categoría del otro en cuanto sujeto histórico en la obra martiana.

El texto referido en el título parte de un presupuesto político y cultural que deja observarse es que la noción de cultura tiene dos aristas: la primera, supone una permanente movilidad, pues Martí enuncia cómo se ha constituido la formación histórica latinoamericana en un campo de fricción y de defensa en cuanto los sistemas interpretativos de símbolos y políticos. Y la segunda radica en una necesidad de consolidar una identidad propia mediante la ruptura moderna de naturaleza y cultura, a pesar que en el texto del poeta cubano puede leerse en determinados momentos como loas al hombre natural –en un sentido inmanente, por supuesto-. No obstante, tales encomios rebasan esa primera lectura, para llamar (en palabras de José Mariátegui: ni calco ni copia, sino creación) a construir una cultura americana, identitariamente diversa y políticamente incluyente.

Para Martí, la cultura es comprendida como los sentidos adquiridos y que el hombre americano resignifica y de acuerdo a la visión con la cual se va dotando, éste le imprime una nueva significación al mundo, pues en el poeta cubano, el mundo es perfectible de transformación.

Martí es claro en que lo que ha pervivido en América Latina a través de la historia han sido varios procesos de enquistamiento y subordinación al poder, que tienen una matriz no solo española, sino sobre todo helénica occidental que ve necesaria una igualación de toda manifestación –sea artística, intelectual, económica, cultural- en destino de su propio proyecto. Para salir de aquel proyecto, Martí indica, por un lado, la posibilidad de unidad de los “rotos de Chile(…) los cholos del Perú” (Martí, 1977 pag 24), para que las respuestas sean generadas mediante las manifestaciones culturales de los hombres naturales frente los sectores hegemónicos, y que esto sea sin ninguna guía que lleve una carga ideológica de dominación. Por tanto, “la marcha americana hacia su emancipación es emprendida por ella misma: Sola pelea. Vencerá sola” (ibid, pag 24). Por otro lado, esa unidad de los pueblos pasa inevitablemente por la invitación al conocimiento de su cultura, a profundizar en su historia, de ahí que exprese: “El premio a los certámenes no ha de ser para la mejor oda, sino para el mejor estudio de los factores del país en que se vive”(ibid, pag 28).

Esto deja entrever que Martí es también uno de los próceres que percibió la necesidad de constituir una cultura americana basada en una producción intelectual que de cuenta de su historia, de sus alcances y sus logros, rompiendo con la tradición de una cultura basada en la exclusión intelectual, y sobre todo que se ha erigido en una práctica consuetudinaria de la violencia simbólica y fáctica. Así es que expone: “Trinchera de ideas valen más que trinchera de piedras (ibid, pag 26) .

En cuanto al segundo punto propuesto para este apartado, es que José Martí maneja la concepción de mestizaje no como un “mestizaje ideal” suponiendo éste como un bastimento cultural homogéneo en ascenso. Por ello, enuncia la necesidad de ir superando en un movimiento de abajo hacia arriba la memoria originaria de los pueblos prehispánicos, para lograr como meta final, la inteligencia española, propugnando una visión taxonómica entre la corporeidad indígena[6] y la inteligencia criollo mestiza. Donde la segunda, era el grado más alto en la construcción de una identidad nacional. En tales condiciones, el político cubano critica estos fenómenos de aculturación que ha sufrido Latinoamérica, su pérdida cultural fue a condición de  las disputas de poder de las propias clases dominantes (no se diga en detrimento de los explotados) en la que la resistencia no ha sido suficiente, pues su merma es también dispuesta como un gran proyecto histórico: superar a la naturaleza[7] e imponer la cultura.

En aquel momento, imponer la cultura era hablar en singular, esa es la diatriba que hace Martí. Ese hablar en singular es obligar a la pérdida de manifestaciones únicas y particulares. Por eso el escritor cubano llama a edificar un nuevo mestizaje, un nuevo Estado-nación que de cabida a todas las particularidades de la región. Lo que sería equivalente a pensar en la cultura (y el mestizaje como parte de ésta) como un camino en permanente transitividad. Esto puede colegirse cuando en forma tajante escribe en analogía al nacimiento de los Estados-nación como un resultado de procesos de arrasamiento cultural, por ello dice: “De factores tan descompuestos jamás, en menos tiempo histórico, se han creado naciones tan adelantadas y compactas”. (ibid, pag 27).

Observamos, entonces, que su contrario ya estaba implícito. Aquellos factores descompuestos a los que se refiere Martí, son entre otras cosas la imposición de una cultura sobre las culturas existentes, la aniquilación de saberes, etc. Por tal motivo, llama a construir un Estado-nación basado en la unidad de los pueblos americanos, y de los hombres mestizos. Esto es muy importante, pues el desafío que propugna Martí no es únicamente en el quehacer de los pueblos frente a una fuerza extranjera, sino de racionalidades. La racionalidad mestiza toma la posta a la racionalidad foránea que ha calado en los letrados oficiales como él los adjudica. Supone, además, un nuevo tipo de racionalidad, una nueva forma de conectar la práctica política con la cultura. Pues advierte en lo político, no la suma de procesos pragmáticos con arreglo a fines, sino como una lúdica agencia de independencia de los pueblos: “De ahí el planteamiento que un Gobernante, en un pueblo nuevo, quiere decir creador “(Ibid, pag 28.) .

El tercer punto de este trabajo se articula con la categoría del Otro. Esta relación puede ser un especial punto de fuga en la enunciación del revolucionario cubano por las siguientes razones:

En un primer momento, este planteó la necesidad de constituir un nuevo sujeto desligado de la razón y las máscaras que procedían de las clases dominantes. Esta idea surge porque Martí coligió la posibilidad de crear nuevas interlocuciones y nuevos interlocutores. Estos son los sujetos históricos que no han sido visibilizados –sino como fuerza de trabajo- por los sectores colonial-hegemónicos. Efectivamente, la noción del otro, que parte desde las esferas oficiales nacionales y extranjeras, es solo una proyección de sí mismo. Y este enfoque constituye una amenaza pues propugna al otro en su mismidad, siendo esto un punto de vista reduccionista y reaccionario. Martí en cambio esbozó la constitución del sujeto a través de la historia, y que ese sujeto entiende al otro como su otredad, es decir, en su absoluta diferencia. De ahí que América Latina para Martí sea la absoluta diferencia, partiendo desde la metáfora del lenguaje, y desconstruyendo la idea de oposición binaria cuando expresó: “No hay odio de razas, porque no hay razas” (ibid, pag 32) Justamente, define o redefine al otro en su punto nodal, que es su propia transformación. Por esta razón, el escritor puso de manifiesto este “grado cero” al que se refiere Antonio Cornejo Polar (1933-1997), en cuanto yuxtapone a la idea de estructura y sociedad, un indecible que para ese momento era negado, y era la idea de sujeto. A las sociedades americanas se las comprendía en dos ámbitos definidos: en cuanto a estructura de perennizar un orden prefijado y en cuanto a sociedad como resolución de ese manojo de reglas de la estructura.

La incorporación del sujeto puso de cabeza tal perspectiva, pues la inclusión de este en la concepción martiana, es incluir al otro y a los otros. El incluir la otredad es transformar la sociedad rompiendo el campo de lo admisible, pues el sujeto es en cuanto ser social y el otro en cuanto lenguaje de un locus de enunciación que trae lo indecible. Y tal vez ese indecible sea la palabra recuperada. Por tanto, una hermenéutica de transformación tajante.

CONSIDERACIONES FINALES

Como ha podido columbrarse en este documento, si bien es un pequeño acercamiento a la noción de América Latina en su formación social desde la literatura, es menos cierto que tales propuestas perduran por cuanto todavía el continente está en construcción y disputa, no es gratuito por ejemplo, -como un epifenómeno de la dicho anteriormente- el aparecimiento de las vanguardias o el propio boom latinoamericano como expresión de un quehacer propio en cuanto al campo de las narrativas en la formación social.

Es cardinal anotar que tales autores –Martí y Sarmiento- son entendidos como sujetos históricos que han planteado modelos y proyectos opuestos. Sin embargo, fueron los derroteros de la autoafirmación de una conciencia latinoamericana sea como gobierno a construir o como literatura a producirse. Lo interesante de tales personajes es que no autonomizan del papel escritor-político necesario para consolidar el Estado naciente, a diferencia de Silva en De sobremesa, por ejemplo. Justamente, podemos entender tales manifestaciones como influencia para el posterior desarrollo de América en el siglo XX en lo que a las narrativas se refieren.

Lo que se busca dejar sentado con estas líneas es evidenciar cómo nuestro continente fue constituido mediante procesos excluyentes por un lado, y de creación y agenciamiento de la historia por otro, expresando lo que Roland Barthes decía: jamás se consigue hablar de lo que se ama.

[1] Jacques Derrida. Memorias para Paul de Man. España. Ed. Gedisa, 1989

[2] El debate de la conciencia criolla como posibilitadora de la conciencia y praxis latinoamericana concretizada en el barroco se lo puede encontrar en las propuestas de Mabel Moraña, Samir Bechara y Solage Alberro

[3] Susana Rotker. “Simón Rodríguez: tradición y revolución”. En Miserias y esplendores del s. XIX. Venezuela, 1994

[4] Bolívar Echeverría. “Definición de Cultura”. Cap. I. La dimensión cultural de la vida social. CCE “Benjamín Carrión”, 2002

[5] Para este breve estudio se tomará como referencia las obras completas de José Martí publicada en la Editorial Ayacucho, Venezuela, de 1977.

[6] Las culturas indígenas fueron vistas como cuerpo, es decir mano de obra barata constriñendo su capacidad intelectual que fue transferida a los mestizos o criollos mestizos.

[7] Esta proclama de superar la naturaleza, nos recuerda a Max Horkheimer (1895-1973) y Theodor Adorno (1903-1969) cuando reflexionaron que el sentido de la modernidad era  superar la naturaleza inconsciente, es decir, la base material como son las montanas, ríos, volcanes, selvas inhóspitas, territorios extraños, pues estaba implícito el sometimiento de esa gran masa de hombres y mujeres heterogéneos, que hablaban diferente y concebían a la vida de manera distinta.

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