La soberbia (Para R. C.)

Por Xavier Silva

 

Él.

 

El primero.

El ejemplar.

El único.

 

El predilecto.

El mejor dotado.

 

El emperador en sus actos.

El que jamás se arrima.

 

Él.

 

El solo,

 

el que empieza y termina,

¡cómo no!,

en él mismo.

 

El infalible.

 

El que sabe y puede todo.

El riguroso hasta el hartazgo.

 

El más.

 

Él.

 

El que,

si desacierta, arde.

El que,

si lo adelantan

exige, en buena lid,

su revancha.

 

El que

no privaría

al mundo

de conservar

su huella

impresa

en el paseo dorado

de la posteridad.

 

Él.

 

El que confunde honor

con cojones.

 

El más encantador.

 

El deslumbrante padre,

hijo, hermano,

amigo y sabueso

de sí mismo.

 

El que,

por compasión,

ha de convivir

con los que se equivocan.

 

El indispensable.

 

El que

cabalga convencido

de que trae

a todas

zigzagueantes.

¡Dispuestas

a clavar los colmillos

por él!

 

Él.

 

El que, para imperar,

no hizo más que

obsequiarnos su aparición

en ese empaque

tan viril, tan apuesto,

tan divino.

Y derramar sapiencia,

claro,

así,

como corresponde

a la grey de los mejores.

 

Él.

 

El que,

de tanto en tanto,

sólo de tanto en tanto,

concederá

a su  audiencia

el sacrificio

de empequeñecerse

declarando que,

incluso él,

no alcanza a estar en todo.

 

Él.

Sí, él.

El elegido.

 

El que,

una buena tarde,

decretará:

no me sueñen,

no me adoren,

no me canten.

Quedan prohibidas:

fotos,

placas,

estatuas

o ceremonias

que ensombrezcan

la humildad con que he vivido.

 

Él.

 

El que no vacila

en anteponer

su pecho

cuando amenazan

las fieras,

sobre todo si

la proeza

es transmitida

por televisión.

 

¡Ay!… Él…

Él…

Él mismo su propia luz.

 

Nada se aproxima

sin que lo escuche él.

Nada se desliza

sin que lo detecte él.

Nada huele

sin que lo olfatee él.

Nada se trama

sin que lo descubra él.

 

Ninguna fiesta, en viernes

o en sábado,

valdrá la pena recordarse

si no ha sido

gentilmente bendecida

por la voz discordante,

pero extraordinariamente sincera,

de él.

 

Él.

Él.

Él.

 

El que,

después de todo,

también guarda

otras historias:

 

Un día,

no hace mucho,

él olvidó su niñez

empinada sobre dos babuchas

de lona remendada y triste.

 

Olvidó esas tardes de domingo,

la babita chorreando

frente al señor de los helados.

 

Olvidó ese encogerse de hombros

cual si no pasara nada,

como cuando la puteada provino

de uno de esos tantos cualquieras

que deambulaban por el malecón.

 

Olvidó que,

en este siglo caníbal,

poner un gramo de oro

en la caja del banquero

significa, ineludiblemente,

una patada

en las espaldas

de quienes lo extrajeron.

 

Ah.

Y extravió en juegos

para grandes,

en alguna alcantarilla ingrata,

el eslabón sutil,

la rama dulce

que hasta ayer lo uniera,

sangre con sangre,

a un muy hermano suyo.

 

¡Él!

¡Ay!

¡Siempre él!

¡Sólo él!

¡Nadie más que él!

 

…El que,

en su abnegación

diaria y santa

conoce,

desde lo más secreto

de su gracia,

cuánto hemos sufrido,

estas pobres bestias,

para que él

nos redima.

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