Ingrid García-Jonsson: “Las escenas de sexo me parecen bien”

Pasó de poner copas en Madrid a ser una de las protagonistas del Festival de Cannes. La actriz, que dice no tener miedo a los desnudos, se ha despedido de la barra del bar y estrena tres películas junto a Mario Casas y Luis Tosar.

El País / 26 mayo 2016

Por Iñigo López Palacios

Dice Ingrid García-Jonsson que en 2013 “se coló” en Hermosa juventud, la película en la que Jaime Rosales retrataba la desesperanzada juventud de la crisis. Se programó su estreno en la sección Una cierta mirada del Festival de Cannes de 2014, e Ingrid, que trabajaba en Madrid poniendo copas, tuvo que pedir días libres a su jefe. “Él no sabía ni lo que es Cannes. ‘Es un festival de cine’, le digo. ‘¿Y tú por qué vas?’, pregunta. ‘No, es que hago pelis, y han cogido una en la que salgo’. ‘Ah, ¡qué guay! Entonces no vienes el viernes, pero sí el sábado’. No veas tú qué conversación…”, recuerda riéndose. “Y luego llegas allí: Demi Moorepaseándose por el hotel como si fuera suyo, Adèle Exarchopoulos enrollándose a mi lado con su novio en el ascensor… Y yo, tan cagada por hacerlo bien, y porque la gente no se diera cuenta de que era una impostora, que ni comí ni fui al baño en cuatro días. En Cannes, de repente, era una figura. La gente sabía quién era yo, pero yo no conocía a nadie. Venían a decirme cosas buenas y no sabía qué contestar. Fue raro, muy raro”.

Mis padres lo han pasado muy mal. Quieras o no, cuando te dedicas al arte estás siempre tieso. Así que ellos quisieron que estudiásemos y fuéramosgente de bien

Lo cuenta sentada ante una cerveza en una terraza de Chueca. Ingrid acaba de terminar la sesión de fotos. Aún tiene la cara enrojecida de la última. Le hicieron colgarse bocabajo y destaca el rojo en las mejillas. Es hija de sevillano y sueca, pero los genes de su madre deben ser vikingos. Para definir su físico basta una palabra: nórdica. Alta, rubia, piel blanca, ojos claros… Pero cuando habla, poco a poco, se desliza el acento andaluz.

Cuesta no sentir curiosidad por esa mezcla de sangres. “Es básicamente una historia de amor. Mi madre quería entrar en la escuela de bellas artes de Estocolmo. Pero para eso antes tenía que pasar un año en otra universidad. Había estudiado español, aunque no hablaba ni papa, y pensó en España. La primera universidad en la que le cogieron el teléfono y medio entendieron lo que contaba fue Sevilla”. Por lo que cuenta a continuación, su determinación es herencia paterna. “Ella volvió a Estocolmo, pero mi padre estaba locamente enamorado. Vendió las figuritas de Lladró de mi abuela y su guitarra eléctrica, tocaba en un grupo de rock, Los Mu, que fueron teloneros de Barón Rojo en Ceuta, se compró un billete, fue y la trajo. Y ahí siguen. En Sevilla. Mi madre es escultora. Mi padre, profesor de dibujo y fotógrafo. Es una máquina en Instagram: tiene 60.000 seguidores”.

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Ingrid posa sobre un sofá modelo Cloud One Seater de &Tradition para Northview, bañador Eres y vaquero Replay. En los labios lleva bálsamo Lip Perfector Top Secrets de Yves Saint Laurent Beauté.ESTÉVEZ Y BELLOSO
 

En 1991 nacía Ingrid en Skellefteå, Suecia, pero cuesta obviar que creció en Sevilla. Se nota. Disculpen, pero ahora viene una buena dosis de clichés: su carácter es español; es abierta, decidida y sincera; es graciosa, irónica y echá p’alante, que dirían en Andalucía. “Creo que fue Max Aub quien dijo que uno es de donde estudia el bachillerato. Pues soy de Sevilla. Lo que pasa es que esta pinta siempre me ha condicionado. Por mucho que yo tenga una manera de ser muy andaluza, siempre está eso ahí. Así que sevillana sí, pero tampoco”.

En Cannes, de repente, era una figura. La gente sabía quién era yo, pero yo no conocía a nadie. Venían a decirme cosas buenas y no sabía qué contestar. Fue raro, muy raro

Ya podemos dejar los tópicos y pasar a otra cosa. Con 24 años, Ingrid es una de las actrices mejor encarriladas del cine español. Ahora estrena tres películas. Toro (se estrenó el pasado 22 de abril), de Kike Maíllo, con Mario Casas y Luis Tosar, Acantilado (Se estrena el 3 de junio), dirigida por Helena Taberna, y basada en una novela de Lucía Etxebarria, y Gernika(en cines el 9 de septiembre), de Koldo Serra.

Tres filmes muy distintos, pero hechos para no pasar desapercibidos. Esto, sumado a que fue candidata al Goya a actriz revelación en 2013, apuntaría a que ha metido el pie en una industria en la que no se sabe muy bien si es más difícil empezar o permanecer. “Empe… No, permane… Yo qué sé. Es muy difícil. Ser actriz es muy complicado. La gente se lo toma muy a la ligera. Parece que lo importante es ser famoso y eso no es lo que me interesa de este curro. Por eso me costó reconocer que era la única salida laboral que iba a hacerme feliz”.

Contra lo que cabría esperar, en su casa no la animaron por la vía artística. “A ver, mis padres siempre me han educado de una forma diferente. Somos de un barrio pijo, Los Remedios, muy tradicional. Iba a casa de mis amigas, veía cómo vivían ellas, volvía a la mía, veía lo nuestro y pensaba: ‘Esto no es normal’. Pero dentro de eso, mis padres lo han pasado muy mal. Quieras o no, cuando te dedicas al arte estás siempre tieso. Así que ellos quisieron que estudiásemos y fuéramos gente de bien. Yo cursé arquitectura, casi hasta cuarto. Lo que pasa es que la cabra tira al monte”.

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Chaqueta perfecto de piel Loewe y braguita Oysho. ESTÉVEZ Y BELLOSO
 

El monte fue Madrid, un sitio donde si alguien quiere interpretar pero está sirviendo copas se le define como esa actriz que trabaja en un bar, no como una camarera con pretensiones. “Es cierto, pero he estado años de camarera y cuando me preguntaban no decía que era actriz. Y eso que lo compaginaba desde Sevilla. En casa no me daban paga y yo empecé pronto a buscar trabajo de lo que me gustaba. Con 15 años ya ganaba algo con papelitos en televisión. Pero ni siquiera ahora digo que soy actriz. Si me preguntan digo que trabajo en el cine. Me da pudor decir que soy actriz”.

Creo que el morreo con Juana Acosta es un pelín demasiado largo. Pero yo me lo pasé guay morreándome con ella, así que bien

Ha tenido tiempo hasta para estar a punto de rendirse. “Antes de Hermosa juventud, yo me volvía a Sevilla a terminar la carrera. Ya lo había intentado tres años. No quería seguir poniendo copas ni seguir en el mundo de la noche. Estaba muy quemada. Lo que pasa es que me llamaron para una telenovela en Argentina y me piré”. Aquello, asegura, fue una renovación. “Me di cuenta de que lo podía hacer, de que había oportunidades para mí”. Y entonces es cuando se coló en esa película. Un guiño al público medio por parte de un director que hasta entonces parecía solo dirigir para estudiantes de cine y gente que lleva fular todo el año.

Hermosa juventud logró convencer hasta a sus detractores. Y todos destacaron la interpretación de Ingrid. “Creo que es una película muy buena. Trata un tema complicado de una forma muy objetiva. Es un retrato generacional. Para mí era importante contar esa historia. No para tratar de cambiar las cosas, sino para darle un hueco en el cine a gente que normalmente no la tiene. Y hablar de mis amigas, de compañeros de curro o de mi vecina”.

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Ingrid lleva peto Calvin Klein Jeans y sujetador Oysho. En el rostro lleva Le Teint Touche Éclat, de Yves Saint Laurent. ESTÉVEZ Y BELLOSO
 

“Estoy contenta de haber formado parte de ella, pero todos mis papeles posteriores los he afrontado acojonada. Sin saber si volvería a estar a la altura”, explica. Pero, por la vehemencia con la que habla, da la impresión de que confunde miedo y responsabilidad. “Lo que más me gusta de este trabajo es que me es difícil. La interpretación me motiva. Es algo que no tengo controlado. Aprendo todos los días. Yo soy muy empática, la gente me produce mucha curiosidad y poder conocer a alguien poniéndome en su piel me resulta muy interesante. Es un oficio muy bonito, un reto”.

No parece temerle a nada. Hay una parte de Hermosa juventud que llamó mucho la atención. Torbe, director de cine para adultos, rodaba una escena en la que Ingrid y su pareja en la película, necesitados de dinero, ejercían de actoresamateurs de porno. Jaime Rosales llegó a decir que eran “los mejores minutos de toda su carrera”. En Acantilado también hay sexo explícito, incluida una escena lésbica con Juana Acosta. “Las escenas de sexo me parecen bien, las hago, no me importa. Me pongo de mala leche si hace frío, porque no entiendo por qué tengo que estar pasando frío cuando todos están abrigados, pero por lo demás no tengo mucho problema. A ver, creo que el morreo con Juana es un pelín demasiado largo. Pero yo me lo pasé guay morreándome con Juana, así que bien. No voy a salir a la calle en pelotas a correr. Pero cuerpo tenemos todos, ¿no?”.

Fuente: http://elpais.com/elpais/2016/05/12/icon/1463062187_262952.html

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