¿Pueden los socialistas ser felices?

Les recomiendo ‘Utopía’, de Tomás Moro, que sentó las bases de todas las ficciones utopistas modernas y de algunas de sus realizaciones sangrientas

El país / 4 noviembre 2016

Por Manuel Rodríguez Rivero

Durante los años sesenta, en las fiestas de los quinceañeros y teenagers coexistían dos estilos de baile muy diferentes (además del “agarrado”, siempre más allá del tiempo). Uno era colectivo y tribal, con pasos perfectamente pautados, en el que los danzantes, organizados casi militarmente en filas, tenían que realizar movimientos coordinados, a menudo bajo la dirección de alguien que los iba “cantando”: el madison o el Loco-motion son dos ejemplos. El otro era más individualista y salvaje, más sujeto a la creatividad y a la improvisación motriz, como el twist, sin ir más lejos: cualquiera suficientemente viejo para recordar sus propias contorsiones al ritmo del inolvidable Let’s Twist Again(dicen que hasta Marías llegó a bailarlo), del genial Chubby Checker, sabrá de lo que hablo. Ambas formas de entender el baile convivían, desde luego, y, que yo recuerde, en aquellos inocentes saraos ninguna excluía a la otra. Pensé el otro día en ello mientras asistía atónito y morboso a la votación de los socialistas durante la investidura del Gran Quieto y Mudo. Mientras la mayoría (con alguna renuencia) bailaba disciplinadamente, pongamos, el Loco-motion (solo faltaba la música y la letra que cantaba la genial Little Eva: la pueden encontrar en YouTube), los minoritarios interpretaban su twist más o menos testimonial sin que el que hubiera cantado los pasos estuviera presente. Y lo que son las cosas: dado que la letra original asegura que la rítmica coreografía hará felices a quienes la disfruten incluso cuando se sientan tristes (it even makes you happy when you’re feeling blue), me vino también a la cabeza aquel estupendo artículo de George Orwell publicado en diciembre de 1943 cuyo título he robado para el de este demediado Sillón de Orejas. A propósito de Dickens y de su idea de felicidad (y, por extensión, de la utopía), tal como se plasmaba en el desenlace de su Cuento de Navidad (diciembre de 1843), con el arrepentido y feliz Scrooge enviando un suculento pavo a la paupérrima familia Cratchit, el autor de Rebelión en la granja (1945) afirmaba que el verdadero objetivo del socialismo es la fraternidad humana, no la felicidad (que tendemos a representarnos como la cesación de un sufrimiento); no que al final todo el mundo sea bueno y envíe pavos a los pobres, sino que no sean posibles los Scrooge. Tal, sostiene Orwell, sería el primer paso; lo que venga después sólo es imaginación (y, añado, a menudo, horror). En todo caso, lo primero que deberían hacer los socialistas es buscar un poco más de esa felicidad en sus hoy amarridas y aliquebradas filas. Con o sin baile. Si no lo hacen (y pronto: Rajoy sigue ahí), probablemente estaremos un poco más lejos de la de (casi) todos. Mientras tanto, les recomiendo la nueva edición de la Utopía, de Tomás Moro, que con motivo de su quinto centenario ha publicado Ariel: por solo 15 euros obtendrán, además del texto que sentó las bases de todas las ficciones utopistas modernas y de algunas de sus realizaciones sangrientas, sendos memorables ensayos sobre la utopía a cargo de dos de los grandes utopistas sci-fi británicos: China Miéville y, sobre todo, la gran Ursula K. Le Guin (recuerden Los deposeídos, 1974), una lúcida octogenaria que sigue sorprendiendo.

Bolaño

Que a Roberto Bolaño, un escritor-esponja, le interesaba también Ursula K. Le Guin y, en general, el género fantástico queda claro, entre otras cosas, con la lectura de El espíritu de la ciencia-ficción (ECF), la última novela póstuma publicada por Alfaguara, su nueva editorial (que ha podido pagar, vía Wylie, cerca de medio millón de euros por toda su obra). Supongo que a cualquier escritor/a de genio —y Bolaño lo era superlativamente— se le pueden rastrear estilemas, temas y motivos en las obras que no le dio tiempo a publicar o que no consideró publicables, fueran o no pentimentos. En ECF también los hay: inquietudes, atmósferas, lugares, situaciones, escenas, ideas, personajes. Muchos de ellos se le harán familiares al lector de sus obras publicadas en vida (incluyendo, sobre todo, la increíble Los detectives salvajes, 1998, que debe mucho a este precedente) o “recuperadas” tras su muerte. La sobreexplotación intensiva de su legado, adobada ahora con el penoso vodevil de viuda (la novela, compuesta en ¡1984!, está dedicada a la que ahora es su heredera), novia/amante, editores despechados y/o triunfantes, agente ambicioso e intérpretes de su obra, sigue su curso. Destellos de genio, desde luego, los hay en ECF, igual que riesgo compositivo y grandes dosis de melancolía y humor bolañesco, pero la historia de la literatura no se habría perdido nada especial si hubiera seguido en el cajón, al menos hasta que los profesores la rescataran dentro de unos años, cuando todo esté ya tranquilo. Adoramos a Roberto Bolaño: pero lo preferimos cuando ya fue Bolaño. Por ejemplo, y entre otras obras maestras, en Estrella distante(1996) y las admirables Los detectives y 2666. Con ese Bolaño, sus lectores ya tendríamos de sobra para muchos años.

Borges

Respuesta de Borges a Enrique Krauze cuando este le aseguró que tenía la virtud de inspirar devociones: “No, no, ustedes se equivocan conmigo. Yo soy una alucinación colectiva”. La anécdota la encontrarán en Personas e ideas (Debate), un interesantísimo volumen que recoge entrevistas del antiguo director de Vuelta con, entre otros, Vargas Llosa (que, por cierto, habla de utopías), Isaiah Berlin, Octavio Paz, John Elliott o Hugh Thomas. Para leer a ratos libres.

Fuente: http://cultura.elpais.com/cultura/2016/11/01/babelia/1478014084_575647.html

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