Quito, la fiesta y la ciudad

Por Patricio Pilca

La ciudad establece imaginarios que demarcan una identidad y construyen una memoria colectiva. En este afán son fundamentales las fiestas, porque a través de sus rituales, aportan en la constitución de un tipo de memoria particular. En esta relación que junta ciudad y fiesta se va dotando de sentido a la ciudad, se la reconfigura.

En este sentido, las ciudades y sus fiestas rompen con la cotidianidad de la vida, tal como sostiene Bolívar Echeverría es una ruptura que reconfigura al individuo y a la sociedad en su totalidad.

El presente escrito pretende mostrar, en la medida de lo posible, el desarrollo de las fiestas de Quito desde finales de los años cincuenta hasta la actualidad. Es mirar los giros y nodos desde donde se han ido configurando los festejos, para desde ahí reflexionar críticamente sobre las fiestas que se hacen anualmente.

La ciudad de Quito en la década del sesenta vivía un momento transformador en sus formas geográficas, políticas, sociales, culturales, económicas e imaginarias. Fruto del boom petrolero la ciudad empieza a modernizarse. Tal como sostiene Raúl Andrade (uno de los cronistas más importantes que tuvo la ciudad de Quito): “El arrabal se despereza y empieza a despertarse”. Quito se iba reconfigurando. Empieza la segunda ola migratoria que transforma la vida de la ciudad, nuevos habitantes llegan a habitar Quito. Los llamados “chagras” se convierten en esos sujetos que reconstituyen la identidad quiteña. Se da el gran paso del Quito rural al Quito urbano, y con esto se introduce la modernidad, una periférica, como la llamaría Eduardo Kingman. La ciudad se amplía en su forma geográfica e imaginaria, se establecen claramente los ciudadanos, a través de la división geográfica, que habitan esta ciudad. En la primera planificación de la ciudad se establece que el centro es la parte que alberga una mixtura entre la vieja elite aristocrática y las olas de migrantes que llegan al centro histórico (sobre todo sectores como la Aguarico, El Tejar, La Colmena). El sur es determinado para todos los obreros del ferrocarril y las fábricas, mientras el norte se convierte en la zona residencial de la ciudad. En esta división nace la idea de los ciudadanos de primera, segunda y tercera clase, cada uno condicionado por el sector donde vive.

En esta década, donde los cambios son notorios y donde se transforma la ciudad en su conjunto, se crean las fiestas de Quito. De la mano del diario Ultimas Noticias (1938), las fiestas van tomando forma. En un primer momento se determino que los festejos a la ciudad sean en el mes de noviembre, exactamente el 21 de noviembre de 1959. La base de estas festividades fueron las serenatas quiteñas que se venían desarrollando desde hace algunos años antes, sobre todo en la calle La Ronda. Este sería el punto de arranque de las fiestas.

Al año siguiente, en 1960, los festejos se trasladan al 6 de diciembre, fecha en que fue fundada la ciudad. Varios periodistas (principalmente César Larrea), encabezados por el alcalde de aquel entonces, Jaime del Castillo (1967 -1970), legitiman los festejos desde la municipalidad. A estos festejos se junta una empresa licorera que producía un producto llamado “paico” y que auspicia los festejos. Como se puede observar las fiestas, iniciadas desde el poder se va incrustando en la sociedad quiteña y van instaurando una forma particular de vivir la fiesta. Aquí se muestra una primera forma de festejar a la ciudad. En este contexto nace la frase: “Viva Quito, salud con paico”. Tal como sostiene César Larrea, el objetivo era reivindicar la quiteñidad en base a la fiesta. Se pasó de la serenata al festejo público.

El sentido de festejar estas fiestas fue, desde la del década del treinta (1934), tal como sostiene Guillermo Bustos, el hispanismo. Incluso se podría decir que era el blanqueamiento. Ese al que muy bien se ha referido Icaza en su obra El Chulla Romero y Flores. Era volver sobre las raíces hispanas despojando de su parte india. Se trataba de construir una identidad de lo “quiteño” desde el poder. El objetivo era trasladar del registro historiográfico, basado en la fundación española, a la arena política. En este afán era necesario crear un nuevo imaginario que reafirme esta idea y para esto se llevaron a cabo una serie de actos que vinculaban a la población en general. Al revisar una de los documentos que muestra las diversas actividades que se realizaban en el año 67, se puede notar como hay un vínculo directo con actores de la sociedad quiteña. Estaban involucrados desde la iglesia, pasando por la FEUE-filial Quito, colegios de profesionales, asociaciones y medios de comunicación.

Es decir que el municipio se valió de todas las argucias políticas, entre ellas crear vínculos directos con los principales actores sociales y habitantes en general, para hacer posible su objetivo, desplegar la hispanidad. Solo en este sentido se puede entender que el municipio auspició orquestas de música, juegos de cuarenta, canelazo, en los barrios tradicionales de la ciudad. Se iba generando una estrategia política que configuraba esta nueva identidad quiteña.

La década del sesenta será la que crea las condiciones para las fiestas de Quito. No es casual y más bien reafirma la hispanidad, cuando se inaugura el 5 de marzo de 1960 la Plaza de toros Iñaquito. Las corridas denominadas Jesús del Gran Poder son el homenaje a la fundación española de la ciudad. Cabe recalcar que en las décadas del sesenta, setenta y ochenta fue la Unión Nacional de Periodistas la que organizo estas corridas. Desde el año 1997 se encargó la empresa de entretenimiento Citotusa de realizar las corridas de toros.

Con todo esto se observa cómo se van introduciendo nuevos valores a los habitantes de la ciudad.

En la década del setenta (1978), al ser declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad, la identidad de los quiteños toma otra matiz. El realce de las fiestas va a tornarse más importante, se festejaba la quiteñidad reconocida desde la institucionalidad internacional.

En las décadas del ochenta y noventa las fiestas van trasladándose a los diversos barrios de la ciudad. Aparecen el chavezaso, el machalazo, y todos los azos que vinculan un festejo con la cultura popular. Se funde un nuevo momento festivo-identitario desde el poder, vinculando a los sectores populares.

A finales del noventa e inicios del dos mil, se vinculan a los sectores urbano-periféricos de la ciudad, los festejos pasan de estar concentrados en el centro hacia los sectores que se encuentran en los márgenes de la ciudad. La municipalidad amplia los festejos a otros sectores, y con esto amplía su imaginario hegemónico basado en la hispanidad. En este nuevo momento hay un cambio notorio, se pasa a ser consumidor de espectáculos auspiciados desde el municipio. Es decir que se crean los festivales masivos que promocionan la ciudad a los turistas. Empiezan a llegar artistas internacionales que encabezan los festejos.

La estrategia política, desplegada desde el municipio, se vincula y encuentra en la cultura popular y sus diversos sectores su anclaje legitimador. Desde mi punto de vista ahí se encuentra un componente que se ha vuelto problemático hasta la actualidad, porque la ciudadanía, al sentirse parte de los festejos, legitima las fiestas. Si bien hay un problema colonial que se observa en todas las acciones que realiza el municipio, ese vínculo con lo popular hace que las cosas se complejicen de forma tal que todos queremos fiestas y muy pocos pensamos el porqué de estos festejos.

Como se puede apreciar a lo largo de la historia se trató de consolidar un imaginario hispanista en la ciudad, resaltando la fundación española de Quito. Se podría decir que se promocionó, desde el municipio, un modelo español patriarcal. Ejemplo de esto son el festival del piropo, la elección de la reina de Quito y las serenatas quiteñas como forma de conquista a la mujer. Es decir que el municipio legitima un imaginario patriarcal. Pero además lo adosó de un conservadurismo rampante y con expresiones populares como el baile y la fiesta. El poder condiciona las festividades.

Lo sintomático de estas fiestas es su vínculo con los sectores populares y su organización (valga decir que muchos barrios se organizan entorno a esto) estableciendo una complejidad difícil de descifrar, sobre todo porque la fiesta se convierte en una figura que tiene un vínculo directo con la sociedad. “La originalidad de la cultura popular reside esencialmente en su autonomía”, tal como manifiesta Martín Barbero. En el caso de las fiestas de Quito esta autonomía se funde en una sola con la institucionalidad del municipio.

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