La poética de los genitales

Por Esteban Tinajero

Fotografía: Carlos Velasco

Es insoslayable que a medida que incrementan los medios de contacto verbal (en especial, los virtuales) va enarbolándose de manera cada vez más vertiginosa el control estricto y la  exigencia institucional. Uno de los métodos de adoctrinamiento, con respecto del lenguaje verbal, aún es el uso sesgado de eufemismos. Estos ofrecen la comodidad ansiada por el individuo no solo para actuar, sino también mencionar palabras que encajen en los marcos de lo políticamente aceptable. Permite el concilio y la suavidad, puesto que no deseamos que nuestro partenario sea ofendido. Amortigua lo peyorativo, lo crudo, lo real. No obstante,  su existencia es avalada por su gruesa contrincante: la palabra tabú.

No es un secreto que alrededor de nuestro aparato reproductor los eufemismos y las palabras tabú realizan su danza de máscaras. Pene y Vagina son los términos más apodados de nuestro contexto: desde el maternal pipí hasta la patibularia verga  o desde la pueril cosita a la urbana panocha se han visto secuestrados por etiquetas particulares que desgravan los aspectos más creativos pero a la vez más protervos del ser. Pieza, pedazo, paquete, tronco, pendorcho, pito desvían de inmediato nuestra atención hacia lo fálico con tremendo potencial semiológico. Hay una tierna versatilidad en el muñeco que de paso nos remite a los ligeros chupachup o pirulín que poseen por sí mismos un carácter lúdico y sorpresivo pues estos dulces en manos de un niño son símiles perfectos de la fugacidad del acto sexual o la felación, eso que fue precisamente un caramelo en la boca y de lo que solo queda la resequedad y el empalago.

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Las referencias gastronómicas no quedan de lado y permiten registrar ya no solo de manera gráfica sino incluso olfativa, por tanto el bollo y la concha logran un poderoso efecto catártico en el interlocutor, asimismo la salchicha, el chorizo, la morcilla o la banana.

Hay asociaciones aún más poéticas y apaciguadoras: el llamarlo soldado no únicamente se concatena al hecho de que a la vagina pueda llamársele trinchera, proviene también del extenuante entrenamiento al que fue sometido durante toda la pubertad a través de los furtivos encuentros con la revista Hustler[i] guardada en el cajón de recuerdos de papá. Llamar al pene “miembro” ahora resulta tan familiar, básico, hasta incluso académico, no así el rústico, conocido y callejero  pollón o pollo, el huevo, la huevada, el pajarito, el tuco, la pinga, el mazo, la piola, el trozo, la pija, el vergón, el rabo, la tranca, el canario, el sin hueso. O para ellas: la chucha, la polla, el coño, el sapo, la boca e pescao, la cajeta, el conejo, el estropajo, la selva.

Si bien estas asociaciones obedecen al mismo campo semántico, ofrecen realidades alternas entre sí, de ahí que en distintos sectores sean consideras inapropiadas como no.  Es por eso que algunos nos limitamos a llamarlo simplemente amigo.

[i] Revista pornográfica considerada la de mayor contenido explícito y forma parte de la lista de las tres revistas más vendidas en los Estados Unidos.

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